Con una intensa experiencia misionera en los barrios y sectores más vulnerables de Curuzú Cuatiá, sacerdotes y diáconos de la Diócesis de Goya llevaron a cabo el pasado martes 1 y miércoles 2 la Misión de la Reconciliación, encabezada por el obispo, monseñor Adolfo Ramón Canecín.
La misión comenzó con una misa en la parroquia San Juan Bosco, comunidad atendida por los sacerdotes salesianos, y concluyó en la parroquia Nuestra Señora del Pilar con una misa concelebrada.
Los ministros consagrados recorrieron distintos barrios, especialmente los más alejados del centro urbano, llevando la cercanía de la Iglesia a personas y familias que viven situaciones de pobreza y vulnerabilidad. Visitaron enfermos, ancianos y personas privadas de la libertad, administraron el Sacramento de la Reconciliación, llevaron la Eucaristía y celebraron la Unción de los Enfermos.
Monseñor Canecín visitó particularmente a los internos de la Comisaría, acompañado por el sacerdote, Miguel Galeano.
INVOLUCRADOS
EN LA REALIDAD
El Obispo destacó la «hermosa experiencia de ‘koinonía’, es decir de comunión y de ser miembros de un mismo Cuerpo», al señalar que el Sacerdocio y el Diaconado permiten experimentar que cada uno está llamado a hacerse presente en las distintas realidades de la comunidad.
Invitó a escuchar al Espíritu Santo no solamente en la Palabra y la oración, sino también en la realidad concreta, especialmente allí donde aparecen «enormes desafíos que a veces nos superan».
Para el Obispo, la misión permite que la Iglesia se reconozca presente en las distintas situaciones humanas y que sus miembros descubran que «no nos falta ningún carisma» cuando todos se sienten parte de ella y buscan «latir con el corazón de la Iglesia». «En la Misión de la Reconciliación, la Iglesia sale al encuentro de las periferias geográficas y existenciales, llevando consuelo, escucha y los sacramentos a quienes muchas veces se encuentran alejados o en situaciones de especial vulnerabilidad», dijo.
En la segunda de las jornadas, además, los sacerdotes se congregaron en una de las comunidades parroquiales para centralizar la celebración del Sacramento de la Reconciliación y ofrecer un espacio amplio de confesiones para todo el Pueblo de Dios.
LA BIBLIA
Monseñor Canecín vinculó la misión con el comienzo de septiembre, Mes de la Biblia y tiempo en el que comienza la primavera, cuando todo se renueva y florece, como debe suceder en la fe de todo bautizado y en la tarea de la Iglesia, que conforman precisamente todos los bautizados y no sólo «los curas» o «las monjas».
El Pastor mayor de la Iglesia diocesana invitó a las familias a entronizar la Sagrada Escritura en sus casas: «Pongan la Biblia abierta, pongan una flor y enciendan una vela», propuso, animando a leerla diariamente y a invocar siempre al Espíritu Santo para comprenderla desde el mismo Espíritu con el que fue escrita.
Al recordar que «quien conoce la Biblia, conoce a Jesucristo», el Obispo exhortó a que la vida cristiana sea «una eterna primavera», renaciendo continuamente al encarnar los valores permanentes del Evangelio e instó a asumir una actitud responsable frente al cuidado de la «Casa común», en referencia a la enseñanza del Papa Francisco en su segunda encíclica Laudato si’.
FENÓMENO
EL NIÑO
Ante los pronósticos relacionados con el fenómeno meteorológico El Niño, pidió no caer en alarmismos, pero sí actuar con previsión, responsabilidad y corresponsabilidad, promoviendo también el compromiso de las autoridades y de toda la sociedad.
Finalmente, sintetizó el sentido profundo de la misión que se realizó con una invitación a vivir la reconciliación de manera integral: «La reconciliación y la misión que estamos realizando tendría que poder ayudarnos a reconciliarnos en cuatro direcciones: con la Creación, siendo administradores y cuidadores; con uno mismo, con la propia historia; con todos los seres humanos, sean quienes fueren y con Dios».
«Quiera Dios regalarnos la gracia de la reconciliación, para que venga la armonía, la paz que tanto anhela el corazón humano», concluyó monseñor Canecín.

