Por Inés Presman *
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as universidades tienen una responsabilidad fundamental al abordar el concepto de ambiente. La formación de profesionales comprometidos con el desarrollo sostenible, la producción de conocimiento científico, la investigación aplicada y la transferencia de resultados hacia la sociedad constituyen aportes esenciales para comprender y abordar la complejidad de los desafíos ambientales contemporáneos.
Desde la arquitectura, el urbanismo, el turismo, las ciencias ambientales, las ingenierías, las ciencias sociales y numerosas disciplinas, se construyen diariamente herramientas para interpretar los territorios, evaluar impactos, formular proyectos y diseñar soluciones innovadoras. El ambiente requiere necesariamente una mirada interdisciplinaria, capaz de integrar saberes y promover respuestas articuladas frente a problemáticas cada vez más complejas.
Mi experiencia como docente e investigadora universitaria me ha permitido confirmar que la educación superior constituye uno de los espacios más valiosos para formar ciudadanos y profesionales capaces de comprender que cada proyecto, cada intervención y cada decisión sobre el territorio posee también una dimensión ambiental.
A lo largo de mi trayectoria profesional he tenido la oportunidad de participar en procesos vinculados a la planificación territorial, la gestión turística, la conservación de recursos naturales y el fortalecimiento institucional de organismos públicos relacionados con estas temáticas.
Entre ellos, la creación del Ministerio de Turismo de la Provincia de Corrientes en el año 2013 constituyó una experiencia particularmente significativa. A través de la Ley de Ministerios N°6.233, se elevó el rango de la entonces Subsecretaría de Turismo dependiente del Ministerio de la Producción, Trabajo y Turismo a la categoría de Ministerio.
Aquella acertada decisión del Poder Ejecutivo provincial representó mucho más que una modificación administrativa. La incorporación a la estructura ministerial de áreas como la Dirección de Parques y Reservas y la Dirección de Recursos Naturales reflejó una visión integradora que entendía al turismo, la conservación y el desarrollo territorial como componentes inseparables de una misma política pública.
Esa concepción partía de una premisa fundamental: naturaleza y cultura no son realidades independientes. Por el contrario, conforman un patrimonio común cuya preservación y valorización requieren enfoques integrales y sostenidos. El concepto de patrimonio mixto promovido por la Unesco resulta particularmente esclarecedor en este sentido, al reconocer que los valores naturales y culturales coexisten, se complementan y se enriquecen mutuamente.
Desde esta perspectiva, el ambiente deja de ser solamente el soporte físico de nuestras actividades para convertirse en el escenario donde se desarrollan las relaciones entre naturaleza, cultura, economía y sociedad. Corrientes ofrece innumerables ejemplos de esta interacción. Sus paisajes naturales, sus pueblos históricos, las expresiones culturales asociadas al agua, la tradición guaranítica, las festividades populares, las actividades productivas, la gastronomía, la música y las formas de habitar el territorio forman parte de una identidad construida a partir del diálogo permanente entre las personas y su ambiente.
Por ello, conservar no significa inmovilizar. Conservar significa conocer, valorar, proteger y gestionar responsablemente. Significa comprender que los recursos naturales y culturales constituyen activos estratégicos para el desarrollo y que su preservación representa una inversión para el futuro. Los eventos registrados durante los últimos años nos recuerdan la importancia de esta visión. Las prolongadas sequías, las bajantes de los ríos, las inundaciones, los incendios rurales y forestales que afectaron vastas superficies de nuestro territorio y las consecuencias derivadas de fenómenos climáticos como El Niño y La Niña ratifican permanentemente la vulnerabilidad de nuestros sistemas naturales, productivos y sociales. Estos episodios no pueden ser interpretados como acontecimientos aislados. Forman parte de una realidad más compleja donde interactúan factores climáticos globales, regionales y locales, generando escenarios que requieren una capacidad creciente de adaptación, prevención y respuesta.
Frente a estos desafíos, la improvisación no constituye una alternativa. La planificación resulta imprescindible y, cuando las contingencias se producen, la solidaridad de nuestras comunidades vuelve a demostrar su valor insustituible. La experiencia demuestra que la protección ambiental efectiva exige políticas públicas consistentes, planificación territorial, gestión estratégica, monitoreo permanente, evaluación de impactos, mitigación de riesgos, prevención y capacidad de respuesta ante contingencias y emergencias.
La sostenibilidad no es un capítulo de la planificación. La sostenibilidad es la condición que debe atravesar toda planificación. No existe conservación efectiva sin planificación. No existe desarrollo sostenible sin gestión. No existe crecimiento duradero sin evaluación de impactos. No existe protección ambiental sin participación ciudadana. No existe calidad de vida sin equilibrio entre desarrollo y conservación.
Y no existe futuro posible sin una visión estratégica capaz de integrar todas estas dimensiones. Por ello, la educación ambiental ocupa un lugar fundamental. Porque nadie protege aquello que no conoce. Difícilmente valoremos aquello que no comprendemos; como suele afirmarse, «lo que no se conoce no se valora».
Y resulta imposible gestionar adecuadamente aquello que ignoramos. Todos somos responsables de nuestros ambientes. Por acción y por omisión. Cada decisión cotidiana genera consecuencias. Desde la forma en que utilizamos los recursos hasta las políticas que impulsamos; desde nuestros hábitos de consumo hasta la manera en que cuidamos los espacios comunes; desde la educación que promovemos hasta las prioridades que establecemos como comunidad.
El Día Mundial del Ambiente nos invita precisamente a reflexionar sobre esa responsabilidad compartida, para transformar la preocupación en compromiso y el compromiso en acción.
A lo largo de los años he aprendido a sostener dos definiciones que considero plenamente vigentes. La primera es que «la peor gestión es la que no se hace». La segunda es que el «no» ya lo tenemos; por eso debemos animarnos a buscar el «sí». El sí a la planificación estratégica. El sí a la conservación. El sí al desarrollo sostenible. El sí a la educación ambiental. El sí a la innovación. El sí al trabajo articulado y cooperativo entre instituciones. El sí a la participación ciudadana. El sí a la construcción colectiva de diagnósticos y soluciones. Porque conservar para desarrollar, desarrollar para mejorar la calidad de vida y planificar para garantizar que ese desarrollo sea posible también para las generaciones futuras constituye uno de los grandes desafíos de nuestro tiempo.
En una provincia privilegiada por su naturaleza y por su cultura, una provincia que defino «por descubrir», el compromiso ambiental debe entenderse como una política de Estado, pero también como una responsabilidad individual y colectiva.
Que el lema de este año, «#PorElClimaYa», no quede reducido a una consigna circunstancial o publicitaria; que se transforme en una invitación permanente a actuar ya, con responsabilidad, conocimiento y compromiso. Porque el ambiente no es solamente el lugar donde vivimos: es la herencia que recibimos, la responsabilidad que asumimos y el legado que dejaremos a las generaciones futuras.
- Magíster Arquitecta. Docente investigadora de la Universidad Nacional del Nordeste (Unne). Exministra de Turismo de la provincia de Corrientes (2013-2017). Exsubsecretaria de Turismo de la provincia de Corrientes (2009-2013).

