Ayer, en el corazón de Corrientes, el silencio de los esteros del Iberá en las inmediaciones de Colonia Carlos Pellegrini, se interrumpió por un asombro colectivo. No fue el vuelo de un jabirú ni el sesteo de un carpincho lo que detuvo el tiempo para tres grupos familiares de turistas; fue la figura maciza, dorada y manchada de Ombú, un joven yaguareté que caminó frente a ellos con la parsimonia de quien se sabe dueño de casa.
Un linaje de libertad
Ombú, con apenas 1 año y 8 meses, carga sobre su lomo la historia viva de la restauración ecológica en Argentina. Nacido en septiembre de 2024, es hijo de Porá y Colí, nombres que ya son leyenda en el Proyecto Iberá por ser parte de los pioneros liberados. Pero Ombú representa algo más profundo: es la segunda generación nacida en total libertad.
«Durante mucho tiempo, su presencia era apenas un destello captado por cámaras trampa, una imagen fugaz que confirmaba que estaban allí, resistiendo en silencio. Hoy, volver a verlos caminar libres sobre el monte correntino nos demuestra que su presencia no solo es posible, sino profundamente necesaria. El yaguareté vuelve a ocupar el lugar que nunca debió perder, recordándonos que su existencia es clave para la salud y el equilibrio de nuestros ecosistemas», señaló el ambientalista Luis Martínez en sus redes sociales.
El «efecto Iberá»: de lo imposible a lo cotidiano
Lo que comenzó como una jornada de observación de aves terminó en una experiencia imborrable y quizá irrepetible para estos turistas. El hecho de que hayan podido contemplar a Ombú en su hábitat natural es el fruto de un diseño de convivencia donde el Iberá se posiciona como un faro de esperanza mundial.
«El Iberá siempre deleitándonos con su belleza», expresó el gobernador Juan Pablo Valdés a través de sus redes sociales, celebrando que, por primera vez, un visitante lograra registrar a este ejemplar en el Parque Provincial. «Es una alegría y un orgullo inmenso ver cómo el compromiso por nuestra fauna da sus frutos», añadió.
La responsabilidad del asombro
La presencia de Ombú es el indicador más fiel de un ecosistema sano. Como predador tope, su regreso regula la vida en el humedal, manteniendo el equilibrio de todas las demás especies. Pero su aparición también nos impone un contrato ético: el de garantizar que ese andar tranquilo no vuelva a ser interrumpido por la persecución o el desinterés.
Para Martínez, en Corrientes, lo que hace una década parecía imposible, hoy empieza a volverse una costumbre» maravillosa. La huella de Ombú sobre la tierra, en definitiva, la huella de una provincia que decidió no darse por vencida y proteger sus tesoros naturales para las generaciones que vendrán.
Fotos y video: redes sociales

