Ante la situación económica, el estilismo masculino se consolida en la capital correntina como una salida laboral de rápida capacitación, un refugio de autoempleo para menores de 25 años y el nuevo club social de los barrios.
La fisonomía de los barrios de la capital correntina está cambiando al ritmo de la cumbia, el rock nacional y el sonido metálico de las tijeras. En los últimos años, cientos de barberías abrieron sus puertas fuera de las cuatro avenidas céntricas, trasladando una fuerte tendencia estética y social directamente al corazón de las comunidades vecinales.
Un ejemplo representativo de esta descentralización es el de Lucas Mierez, dueño de Mierez Barber Club, quien tras trabajar seis años en la tradicional esquina céntrica de San Martín y San Juan debió mudar su local a la avenida Iberá, en el barrio Ex Aeroclub.
«Estamos cómodos, estamos bien y surgiendo de vuelta de a poco», relató a EL LIBERTADOR Lucas, marcando una realidad compartida por muchos emprendedores que eligen la cercanía y el dinamismo del barrio frente a los altos costos de alquiler del centro capitalino.
Para la juventud correntina, este fenómeno representa mucho más que una moda: se convirtió en un canal crucial de inserción laboral en medio de un contexto de recesión.
El interés por las herramientas comienza de forma muy temprana; es común ver a adolescentes de 15 o 16 años que ya quieren estudiar el oficio o que empiezan cortándole el cabello a sus amigos como un pasatiempo, aunque el grueso de los profesionales se dedica de lleno a partir de los 19 o 20 años.
AUTONOMÍA
En locales como Maca Barber, del barrio 17 de Agosto, los estilistas trabajan bajo un esquema de comisión del 50 por ciento para el local y 50 por ciento para el barbero. Con su mitad de las ganancias, cada joven adquiere y mantiene sus propias máquinas y herramientas de trabajo, administrando sus ingresos diarios o semanales según su preferencia.
Tomás, un joven barbero de ese local, comparte su experiencia de inserción: tras obtener su título, debió sortear un riguroso proceso de selección llevando tres modelos semanales durante tres semanas para demostrar su nivel técnico antes de ser incorporado.
Hoy comparte el salón con otros dos compañeros, mientras esperan sumar un cuarto integrante para cubrir la demanda. La rapidez con la que se puede acceder al mercado laboral es otro de los grandes motores de este auge.
La formación básica de un barbero suele demandar apenas tres meses, permitiendo que quienes demuestren destreza puedan pensar en abrir su propio local o independizarse rápidamente.
Las vías de capacitación en la provincia son diversas y accesibles: combinan la educación pública gratuita a través de la Escuela de Oficios de la Provincia con perfeccionamientos privados dictados por profesionales que viajan desde Buenos Aires o el exterior (Paraguay, Colombia y Perú).
Asimismo, los cursos virtuales (una modalidad consolidada tras la pandemia) facilitan que los jóvenes sigan actualizándose sin salir de sus casas. Esta facilidad de acceso nutre una red de locales que, lejos de desgastarse en una competencia feroz, funciona bajo una lógica de ayuda mutua.
«Somos todos una comunidad, trabajamos todos juntos por más que haya competitividad», asegura Tomás.
COMPETITIVIDAD
Actualmente, el corte básico en estos barrios ronda los 10.000 pesos. Para incentivar la asistencia de los más jóvenes frente a la caída del consumo, las barberías apelan a la creatividad: Mierez Barber Club, ubicado por avenida Iberá, ofrece durante todo septiembre un precio especial de 8.000 pesos para estudiantes, además de un descuento del 20 por ciento los martes y miércoles para quienes asistan con un amigo.
En tanto, en Maca Barber los servicios se extienden a trabajos complejos como reflejos con color global (entre 30.000 y 40.000 pesos con corte incluido) y la perfilación de cejas sin costo adicional.
El volumen de trabajo varía según el bolsillo y, curiosamente, el clima: los días de lluvia el movimiento callejero se apaga y los salones quedan pacientes, mientras que los días calurosos reactivan la demanda de inmediato.
Más allá del corte de pelo y del arreglo de barba (que Lucas Mierez define con humor como «el maquillaje del hombre» que llegó para quedarse) las barberías de barrio han asumido un rol social idéntico al que históricamente tuvieron las peluquerías tradicionales. El hombre correntino encontró allí su propio espacio de catarsis, esparcimiento y encuentro.
Frente a los prejuicios de algunos vecinos que a veces se quejan en redes sociales por la acumulación de motos o música en las puertas, los estilistas aclaran que se trata de una mirada exagerada.
La barbería funciona hoy como un club: un punto de encuentro donde los clientes, mayormente jóvenes de entre 16 y 25 años, van a tomar mate, jugar a la PlayStation, mirar un partido de fútbol, charlar con tranquilidad y conocer gente nueva en un ambiente cómodo, sintiéndose parte de una gran comunidad.

