Este lunes, se dio inicio al ciclo lectivo 2026 en la provincia de Corrientes. En la cual, miles de alumnos regresaron a las aulas en la mayoría de los niveles. Sin embargo, este fin de las vacaciones no solo representa un cambio de calendario para el cerebro de niños y adolescentes, sino una transformación estructural donde la vuelta a la rutina escolar se retoma de forma abrupta.
Respecto al tema, en diálogo con EL LIBERTADOR, el médico psiquiatra Emilio Hidalgo (M P 3.082) contó como este proceso de adaptación suele manifestarse a través de síntomas que muchas veces confundimos con falta de voluntad. Por este motivo, explicó el impacto que genera en la salud mental durante los primeros días de clases, las estrategias para un regreso gradual y el rol que juega la familia.
¿Cómo suele ser el impacto en la salud mental?
-El inicio de clases es un cambio de contexto. Y el cerebro humano (sobre todo el cerebro adolescente) es muy sensible a los cambios. Lo que vemos con frecuencia es un aumento transitorio de ansiedad, irritabilidad, dificultades para dormir, somatizaciones (dolor de panza, cefalea), y en algunos casos tristeza anticipatoria. No es enfermedad, es adaptación. El problema aparece cuando el malestar es intenso, persistente o interfiere significativamente en la vida diaria. Ahí ya hablamos de algo más que «nervios normales». En términos neurobiológicos, el cerebro pasa de un modo más flexible y desestructurado (vacaciones) a uno que exige planificación, control inhibitorio y organización (funciones del lóbulo prefrontal) que todavía está en desarrollo en niños y adolescentes.
¿Qué factores influyen y convergen en los primeros días?
-Hay una convergencia interesante de variables. Desde expectativas académicas (propias y familiares); la presión social y dinámica de pares; los cambios corporales en la adolescencia; el uso excesivo de pantallas durante vacaciones; la alteración de ritmos de sueño; y las situaciones familiares previas no resueltas. En adolescentes, además, el sistema dopaminérgico es muy sensible a la recompensa social. La escuela no es solo un lugar académico, es un escenario social. Y eso puede ser excitante… o angustiante.
¿Cuáles son las primeras dificultades en la vuelta a la rutina y horarios fijos?
-La más frecuente es el sueño. Durante vacaciones se retrasa el horario de dormir. El cerebro se adapta rápido al desorden, pero le cuesta más volver a la estructura. Aparece lo que llamamos «jet lag social»: el reloj biológico no coincide con las obligaciones externas. También surgen la falta de concentración; la fatiga matinal; irritabilidad; y dificultad para organizar tareas. No es pereza. Es desajuste circadiano.
¿Cómo hacer más llevadero este inicio?
-La clave es anticipación y gradualidad. Con regular el horario de sueño una o dos semanas antes; reinstalar pequeñas rutinas progresivas; conversar sobre expectativas reales; y validar emociones («es normal que te cueste volver»). El cerebro ama la previsibilidad. Cuando algo es previsible, se activa menos la respuesta de amenaza.
¿Qué se recomienda en la transición de las vacaciones a las aulas?
-No pasar de 0 a 100 en 24 horas. Sino de ajustar horarios de manera progresiva; reducir pantallas nocturnas; volver a hábitos básicos: alimentación ordenada, actividad física; y retomar contacto con compañeros antes del inicio si es posible. En términos psicológicos, eso disminuye la incertidumbre, y la incertidumbre es el combustible principal de la ansiedad.
¿Cuál es la importancia del rol presente de los familiares?
-Un adulto emocionalmente disponible funciona como regulador externo del sistema nervioso del niño o adolescente. La presencia calma, la escucha ordena. No se trata de resolver todo, sino de escuchar sin minimizar. No sobrecargar con exigencias el primer día; detectar señales de alarma; y modelar regulación emocional. Los chicos no aprenden calma por instrucción, la aprenden por contagio emocional.
Volver a instalar la escuela como un espacio placentero.
-Esto es cultural. Si la escuela solo se asocia a rendimiento y exigencia, el cerebro la registra como amenaza. Conviene reforzar la idea de la escuela como un espacio de encuentro; lugar de crecimiento; territorio de descubrimiento; de escenario de vínculos. El aprendizaje es un proceso biológicamente placentero cuando se activa la curiosidad. Y la curiosidad es una forma elegante de dopamina. El inicio de clases es un proceso adaptativo a acompañar. Cuando lo entendemos así, dejamos de dramatizar y empezamos a construir herramientas. Y algo más interesante todavía, cada inicio de clases es un pequeño ensayo de cómo manejamos los cambios en la vida. Y la vida está hecha, casi exclusivamente, de cambios.
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- Diario Digital 3 de marzo de 2026
