Por Domingo Salvador Castagna,
arzobispo emérito de la Arquidiócesis de Corrientes*
- La santidad es obra artesanal del Espíritu.
- Jesús se encuentra con conciudadanos, que presumen de una santidad que no poseen, pero que se empeñan en conformarse inútilmente con ella. La santidad es obra artesanal exclusiva del Espíritu.
- Cuando intentamos convertirla en «nuestra obra» no acertamos ponernos en camino e iniciarla correctamente. Son desalentadores los resultados de nuestra confianza depositada en los esfuerzos ascéticos desvinculados de la gracia pero -al «ciento por uno»- lo logran los pobres de corazón. Dios lo hace todo, por su acción santificadora, pero no sin nosotros. Nuestro empeño por hacer su voluntad puede ser confundido con la idea de que somos los artesanos principales de nuestra santificación. Dios obra en cada uno de nosotros cuando, mediante la obediencia, lo dejamos hacer.
- Nuestra relación con Dios, que se realiza en el amor, también es confianza y abandono. El Evangelio no es entendido, si no se lo recibe con un corazón pobre. Sin dudas, enfrenta el mayor riesgo ascético y desalienta la pretensión de poner filtro a la Palabra de Dios. Los preconceptos, o prejuicios, se confabulan en la trastienda de los intentos humanos, tan opuestos a lo que Dios hoy nos manifiesta como su voluntad. Jesús desacredita toda presunta autorealización, constituyéndose en la Verdad, y en el único Camino para acceder a su conocimiento.
- Jesús no vino a abolir la Ley.
Profesar lo que la Iglesia cree, excluyendo cualquier otra «lectura» que se le oponga, no es cerrazón intelectual. Mucho menos fanatismo, cuya intención intentaría invalidar el ejercicio auténtico de la razón.
Los grandes intelectuales creyentes, como los Padres de la Iglesia y los teólogos más destacados, se han empeñado en construir una teología fundamental, al servicio de la fe de los bautizados.
Jesús vino a perfeccionar la Ley, hasta entonces profesada por su pueblo, no a negarla, en pro de una interpretación farisaica, oportunamente denunciada por el mismo Maestro. La Ley debe ser cumplida, hasta su mínimo ápice. Cristo no vino a abolirla sino a darle cumplimiento. Un mensaje directo a los escribas y fariseos, rígidos exigentes de la observancia de una Ley que ellos no cumplían.
La Ley es expresión de la voluntad del Padre. Únicamente el amor hace posible el cumplimiento perfecto de la Ley. «Cumplir la Ley» es hacer la voluntad de Jesús, que es la del Padre: «Si ustedes me aman, cumplirán mis mandamientos» (Juan 14, 15). No existe otra manera de amar a Dios que obedeciendo sus mandamientos.
La soberbia impide entender la Ley, como una respuesta de amor a Dios. No así lo entiende el mundo y, por ende, muchos legisladores y quienes pretenden ocupar «los principales lugares»: «No son los que me dicen: «Señor, Señor, los que entrarán en el Reino de los Cielos, sino los que cumplen la voluntad de mi Padre que está en el cielo» (Mateo 7, 21). - La perfección de la Ley es el amor.
El cumplimiento de la Ley, como acatamiento de la voluntad de Dios, solo es posible si es una respuesta de amor «a Quien nos amó antes». Llegamos al convencimiento de que es posible la obediencia perfecta a la voluntad de Dios cuando nuestra vida moral está inspirada por el amor a Él.
La enseñanza de Jesús logra su síntesis y perfección cuando el primer Mandamiento es cumplido. En él toda ley es observada, y fuera de él, toda ley es incumplida, hasta convertir al hombre en un delincuente. La perfección de la Ley es la caridad, y su cumplimiento es posible, mediante su transformación en amor. El modelo del mismo es el Espíritu Santo, el Amor del Padre y del Hijo. Encarnado en Cristo, cuyo amor al hombre constituye a sus discípulos en «madres hermanos y hermanas», o sea, en su auténtica Familia.
El primer mandamiento tiene, en el Antiguo Testamento, imperfectas expresiones. Sus exigencias, en el Nuevo Testamento, manifiestan difíciles, hasta escandalosas formas de expresarse: «Ustedes han oído que se dijo: Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo. Pero yo les digo: Amen a sus enemigos, ruegues por sus perseguidores; así serán hijos del Padre que está en el cielo» (Mateo 5, 43-45).
El mandato primitivo es llevado a la perfección por el de Cristo. El secreto de la santidad consiste en conformarse con Jesús «manso y humilde». Dios quiere que nos comportemos así con nuestros semejantes, porque Él así lo es con nosotros.
Los mandatos evangélicos poseen la novedad pascual que Cristo les imprime, con la carga de «definivez» que reclamamos de la vida. Vivir muchas décadas constituye un desafío para quienes consideran su extinción temporal como una tragedia ineludible; la vida «para siempre» no corresponde a la dimensión temporal que intentamos apropiarnos con obstinación. La Vida eterna, prometida por Jesús, es nueva y perfecta. - «Yo soy la Resurrección y la Vida».
Es un momento oportuno para revisar nuestras ideas sobre la vida y la muerte, sobre la eternidad o la Vida que no acaba.
Para ello, será necesario que incorporemos a nuestra actual vida frágil, el futuro prometido por Jesús, a quien Marta de Betania reconoce con extraordinaria precisión: «Tu hermano resucitará». Marta le respondió: «Sé que resucitará en la resurrección del último día». Jesús le dijo: «Yo soy la Resurrección y la Vida. El que cree en mí, aunque muera, vivirá…» (Juan 11, 22-25).
Jesús da la vida a los muertos porque Él es la Resurrección y la Vida, para quienes han muerto por el pecado. Al creer en Él, quienes han muerto lograrán la Vida por la fe: «El que cree en el Hijo tiene Vida eterna» (Juan 3, 36). - Homilía del
domingo
15 de febrero de 2026.

