El próximo 31 de mayo, la estación Shell ubicada en la intersección de avenida Armenia y calle Estados Unidos dejará de funcionar definitivamente. Su responsable advirtió sobre la falta de sintonía entre las petroleras y la realidad económica local: «Corrientes es una provincia que vive del empleo público y no tiene poder adquisitivo».
El paisaje cotidiano de los vecinos de la zona noreste de la Capital se verá alterado de forma irreversible en apenas unos días. Tras 32 años de actividad comercial, la histórica estación de servicio Shell de las avenidas dejará de operar.
La noticia, que sacudió el tablero mercantil, no solo representa la pérdida de un punto de referencia urbano, sino que expone la crudeza de una crisis que combina inflación, caída del consumo y un esquema financiero que asfixia a los expendedores.
La voz del responsable: «Hace dos años venimos perdiendo»
En declaraciones a la prensa capitalina, el titular de la firma, Federico Romero Bieber desnudó los motivos detrás de esta drástica decisión, apuntando a un divorcio total entre las políticas de la petrolera y la capacidad de bolsillo del correntino. «Hace dos años venimos negociando la renovación de contrato y hubo desacuerdo», explicó el empresario, señalando que la bandera comenzó a subir los precios de manera desmedida comparado con la competencia.
Para el responsable del establecimiento, la falta de lectura sobre la plaza local fue determinante: «La petrolera no quiere entender que Corrientes es una provincia que vive del empleo público, una provincia que no tiene poder adquisitivo». Con una brecha de precios cada vez más ancha, las ventas se desplomaron, y el modelo de negocio se volvió inviable bajo las condiciones impuestas.
La trampa del «desfasaje financiero»
Más allá de la caída en el volumen de ventas, el cierre pone de relieve un problema estructural que afecta al sector: la distorsión que generan los medios de pago digitales en una economía inflacionaria. El responsable detalló que la mayoría de las transacciones hoy se realizan mediante tarjetas de crédito, aplicaciones y códigos QR, fondos que el comercio termina percibiendo recién entre los 21 y 28 días después.
«Hay un desfasaje financiero que no queremos que se nos produzca en la empresa», sentenció, dejando en claro que el costo de «financiar» el combustible al consumidor —mientras se debe reponer el stock a precios nuevos casi de inmediato— terminó por dinamitar la rentabilidad del negocio.
Un impacto humano y comercial
Mientras se concreta el proceso de cierre, el panorama en la playa de maniobras es de desolación. La firma ya inició la liquidación de productos de su sector de shop, incluyendo bebidas y alimentos. Pero lo más doloroso es el impacto en el capital humano: la estación contaba con empleados de entre 25 y 30 años de antigüedad, quienes ya comenzaron a recibir sus indemnizaciones tras una vida dedicada a ese surtidor.
Este cierre se produce en un contexto nacional asfixiante, donde la nafta Súper de YPF ya superó la barrera de los 2.000 pesos, marcando un ritmo de aumentos que parece no tener techo. La salida de servicio de este punto tradicional en Armenia y Estados Unidos es, quizás, el síntoma más claro de una economía local que ya no resiste la presión de los costos operativos y el retroceso del salario real. El 31 de mayo, se apagará un surtidor, pero también una parte de la historia comercial de Corrientes.

