Que el corazón se detenga no siempre es el punto final. Hay un breve espacio entre el último latido y el adiós definitivo al que llamamos «muerte clínica». Muchos caminaron por ese umbral y regresaron para contar qué pasa en esa otra orilla.
Con ligeras variantes culturales, sus relatos convergen en un mismo paisaje: el tránsito por un túnel, la percepción de flotar sobre sí mismos y una paz tan inmensa que vuelve insignificante cualquier temor previo.
Quizás sean solo neuronas reaccionando al colapso sistémico, como sugiere la neurociencia, pero hay una verdad que escapa a cualquier laboratorio: nadie regresa igual de esa frontera. Asomarse a ese límite tiene la fuerza de reordenar nuestras prioridades y resignificar el camino restante.
COINCIDENCIAS DEL RELATO
El aprendizaje que une los relatos de Teresa Calandra, María de los Ángeles Rodríguez y Javier Casas es que en la cercanía a la muerte se experimenta un estado de plenitud y lucidez sensorial. Ya sea el descubrimiento de ese «otro plano» luminoso que percibió Calandra o la comprobación de que el más allá tiene texturas, aromas y caras de seres amados.
Y más adelante, una paradoja inquietante: la percepción extracorpórea se siente más real que la vida misma. Al observar su propia elevación desde lo alto, se sugiere que el ser se desprende de la biología no como una pérdida, sino como un triunfo.
En ese momento, los médicos intervienen con electroshock o el masaje cardíaco, pero según los testimonios, eso no se siente como un rescate sino como la interrupción forzada de esa paz infinita. El retorno, ese tirón violento, termina siendo el único momento de verdadero dolor para muchos de ellos.
UN UMBRAL DEFINITIVO
Finalmente, llegamos a la frontera simbólica que marca el límite con lo humano. Sea una plaza soleada, una puerta custodiada o un pasillo infinito, los testigos se detuvieron ante un umbral que parecía definitivo. Allí, la vuelta no fue una elección, sino el impacto de una descarga que los reclamó antes de trasponer la puerta final.
Quizás estas visiones sean el último esfuerzo de un cerebro en crisis por dar sentido al caos o tal vez sean la prueba de que en ese borde existe una frontera real que -por alguna razón- ellos no llegaron a transponer.
- Por Daniel Malnatti,
periodista, publicado en el reconocido canal de televisión
Todo Noticias (TN).
Se despertó en la morgue y contó lo que vio en «el más allá»
En un relato que desafía tanto a la ciencia como a la religión, Dannion Brinkley, un escritor y orador estadounidense de 74 años, asegura haber visto «el otro lado» al menos tres veces. Su historia, que también publicó el canal de televisión Todo Noticias el 10 de abril del año pasado, comienza en 1975, cuando un rayo lo impactó mientras hablaba por teléfono, al dejarlo ciego y paralizado. «Me lanzó por los aires, vi el techo, me derribó», recordó Brinkley sobre aquel día que cambió su vida para siempre.
Durante 28 minutos, afirmó que su conciencia viajó a través de un túnel, se encontró con un ser de luz y revivió toda su vida. Despertó en la morgue del hospital, para sorpresa de los médicos que lo habían declarado muerto.
Brinkley no solo vivió una experiencia cercana a la muerte (ECM) en 1975. En 1989, durante una cirugía a corazón abierto, volvió a «fallecer» y asegura que visitó otra vez lo que percibía como «el más allá». Su relato es objeto de escepticismo, pero él se mantiene firme en su convicción de que la muerte no es el fin y asegura que «cuando aprendes que no mueres, cuando aprendes que eres un ser espiritual, no irás al infierno. Eso es suficiente para inspirarte a cambiar».
Brinkley pasó decenas de miles de horas junto a los moribundos, acompañando a más de 2.000 personas en su fallecimiento. Su pasión lo llevó a crear la Brigada Crepúsculo, un programa que trabaja con la Administración de Veteranos de guerra para garantizar que ningún veterano muera solo.
Pese a las críticas y el escepticismo, comparte su mensaje: «Nadie muere. Nunca sucede. No es parte de la naturaleza de la realidad».
Por cierto, algo que los cristianos lo anuncian hace 2.000 años como esencia de su fe en la Resurrección de Jesús de Nazaret.

