Abundio Escobar, un vecino que vive a pocos kilómetros del lugar donde Loan Danilo Peña fue visto por última vez, declaró este jueves ante el Tribunal Oral Federal de Corrientes y aportó uno de los testimonios más perturbadores del juicio: cerca de las 17.30 del 13 de junio de 2024, horas después de que el niño desapareciera, escuchó tres gritos que describió como «ahogados, como si le taparan la boca a una persona».
Escobar se desempeña como chofer de ambulancia del Hospital de 9 de Julio y es esposo de la directora de ese establecimiento. Su domicilio está próximo a la zona del Algarrobal, donde ocurrió la desaparición.
Lo que vio ese día
El testigo reconstruyó con precisión lo que observó a lo largo de esa jornada. Cerca del mediodía vio pasar por el camino, rumbo a la casa de la abuela Catalina Peña, la Ford Ranger blanca de Carlos Pérez y Victoria Caillava, dos de los principales acusados. Los vio retornar hacia 9 de Julio pasadas las 14. Muy temprano, alrededor de las 7.30, había visto ingresar a Antonio Benítez y Laudelina en moto, aunque dijo que eso no le llamó la atención porque visitaban casi a diario a Catalina.
Los gritos
Cerca de las 17.30, cuando Loan ya era buscado, Escobar escuchó algo que lo inquietó. «Fue cerca de las 17.30, venía de la zona de una forestación. Fueron tres gritos como ahogados, como si le taparan la boca a una persona», declaró ante el tribunal. Inmediatamente se lo comunicó a un equipo de bomberos voluntarios y a un policía apodado «Hueso», quienes ingresaron a la zona casi una hora después.
Sin embargo, Escobar no pudo confirmar que los gritos fueran de Loan. Descartó que pudieran ser de animales, pero admitió que podrían haber sido de los nietos de sus vecinos, que a esa hora solían salir al campo a encerrar los chivos para la noche.
Al día siguiente recorrió a caballo la forestación de donde provenían los gritos, pero no encontró nada que le llamara la atención.
Benítez sin camisa, corriendo hacia el monte
Al anochecer del 13 de junio, Escobar vio a Benítez bajarse de una camioneta en la que llegaban personas a sumarse a los rastrillajes. Estaba sin camisa. «Es normal andar en cuero en el campo», aclaró el testigo, aunque también contó que «se bajó, abrió una tranquera y fue corriendo hacia el monte».
Cuando se acercó a la casa de Catalina esa noche para ofrecer su colaboración, Pérez y Caillava ya no estaban en el lugar.

