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    Transitamos momentos en que el mundo está empeñado en exhibir una imagen borroneada de Dios

    28 de marzo de 2022
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    Por Domingo Salvador Castagna*
    Arzobispo emérito de Corrientes, Ciudadano Ilustre de la provincia

    Una imagen borroneada de Dios.

    La segunda parte del texto de San Lucas nos presenta la bellísima parábola del «hijo pródigo». Ha sido motivo de diversas y lúcidas lecturas.
    La tradicional enfoca nuestra atención en la ternura conmovedora del Padre, en la liviandad y extravío del hijo menor, y en la indiferencia y mezquindad del hermano mayor.
    La intención de Jesús ante la despiadada descalificación de los escribas y fariseos -«Este hombre recibe a los pecadores y come con ellos» (Lucas 15, 2)-, es exponer la misericordia de Dios, como verdad principal. Si no se considera a Dios como Padre misericordioso, se borronea o desfigura su imagen.
    Estamos transitando momentos en que el mundo está empeñado en exhibir una imagen borroneada de Dios.
    Urge la necesidad de que Cristo, mediante la Iglesia, fundada en los Apóstoles y Profetas, muestre la imagen verdadera de Dios y establezca una auténtica relación con Él.
    Es oportuno recordar la escena relatada por San Juan: «Si ustedes me conocen, conocerán también a mi Padre. Ya desde ahora lo conocen y lo han visto. El que me ha visto, ha visto al Padre» (Juan 14, 7. 9).

    1. Dios Padre misericordioso.

    La respuesta de Jesús a la crítica de los escribas y fariseos es una obra maestra de catequesis.
    Es allí donde define a su Padre con la palabra que el Papa Francisco ha viralizado, me refiero al calificativo: «Misericordioso».
    El amor de Dios es esencialmente misericordioso.
    Santa Faustina Kowalska ha recibido unos mensajes privados de enorme gravitación en la vivencia actual de la fe. Tuvieron el aval destacado de San Juan Pablo II. En la misma línea de la parábola, que nos ocupa, actualiza la devoción al Sagrado Corazón de Jesús que había hallado -dos siglos antes- en Santa Margarita María de Alacoque, su principal difusora.
    Es oportuno recordar la respuesta de Jesús a Felipe: «El que me ha visto, ha visto al Padre». Cristo, como transparencia del Padre, expresa y ejecuta la misericordia paterna de Dios.
    La parábola constituye su exacta formulación.
    Es clara la centralidad del Padre en una pequeña familia compuesta por dos hijos varones. El menor reclama su parte de la herencia y se aleja del hogar para malgastarla. El mayor permanece junto al padre, al amparo de su bien conservada y preservada fortuna.

    1. Un «entre líneas» de la parábola.

    Jesús dice mucho más de lo que dicen sus palabras.
    La parábola es una creación destinada a ser expresión o lenguaje de una verdad que trasciende el bello relato bíblico. Requiere ser leída, además del texto escrito, en su contenido integral. Es asombroso lo que aparece entre líneas.
    En la parábola, Jesús nos habla de dos hermanos: el menor que exige caprichosamente la parte de la herencia familiar y el mayor que la guarda, al amparo del bondadoso padre.
    Incalificable el comportamiento del hermano menor que, en la vivida relación evangélica, desbarata su herencia, hasta liquidarla por completo. En su descenso al descalabro moral y económico, el joven, asediado por el hambre, decide regresar humildemente al hogar abandonado. Este es el momento de extraer, de la lectura “entre líneas”, todo el contenido de la parábola.
    Jesús deja a nuestra espiritual comprensión, que despleguemos ampliamente el contenido de su enseñanza.
    El hecho nos inspira la existencia de un tercer hermano que ama más que ninguno a su padre, que no despilfarra su herencia, como el alocado menor, ni tampoco pretende guardarla mezquinamente como el mayor.

    1. Papá te ama y te espera, volvamos a casa.

    Porque ama a su padre, ama a sus hermanos, particularmente al extraviado, y se ofrece a devolverlo a su acongojado padre.
    Con la bendición paterna se aventura por los escabrosos caminos que alejaron a su pobre hermano menor, sin desbaratar su herencia personal, hasta encontrarlo. Se hace conocer y le comunica la Buena Noticia: «Hermano, papá te ama y te espera con ansiedad. ¡Levántate y volvamos a casa!».
    A esta altura de nuestra reflexión, nadie puede permanecer en la ignorancia de Quién es ese tercer hermano, revelado en la bella parábola: es Jesucristo. Viene en busca de todos los hombres, representados por el hijo menor que, al pecar, malgasta su herencia y queda sumergido en la indigencia.
    Mediante la Encarnación, se identifica como enviado del Padre, con la misión de ofrecer al mundo una herencia nueva -la suya- y a convertir a todos en coherederos suyos.
    La evangelización consiste en comunicar esa «Buena Nueva»: «Papá te ama y te espera. ¡Volvamos a casa!».
    Él no reduce su acción en orientar y acompañar el regreso de su hermano, se convierte en el Camino: «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida…» (Juan 14, 6).

       * Homilía del domingo
                    27 de marzo.

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