Hacia el final del año escolar, la rutina de miles de estudiantes de 16 a 18 años suele transformarse en un escenario «donde todo se vuelve un caos». Entre las exigencias académicas y la urgencia por definir un porvenir, la presión del entorno se intensifica: «empiezan las expectativas de los padres y de las instituciones a intentar forzar por ahí a los chicos a que tengan que decidir un futuro inmediato», advierte en diálogo con EL LIBERTADOR la psicóloga Elizabeth Morales, especialista con 15 años de experiencia clínica.

A este panorama se suma el ritmo acelerado de una sociedad en la que los jóvenes conviven permanentemente con las redes sociales. Aunque reconoce que estas plataformas son espacios válidos de encuentro, expresión y aprendizaje, Morales señala que también operan como focos de tensión sobre la imagen y la autoestima, empujando a la creencia colectiva de que «uno tiene que tener las elecciones ideales ahora».
Frente a esa demanda constante de certezas, la especialista subraya que desde el mundo adulto muchas veces se esperan respuestas inmediatas, olvidando que los chicos «están atravesando como un proceso de construcción personal y no siempre van a tener todas las respuestas ya». Para la psicóloga, la orientación no consiste en «hacer un test como para obtener el resultado de una carrera», sino en forjar un camino de «autoconocimiento que permita tomar decisiones más conscientes y personales».
El ámbito familiar y las instituciones educativas cumplen aquí un rol insustituible. Morales recalca que acompañar a un hijo «no significa que uno tenga que tener todas las respuestas ni tampoco decidir por él». Si bien la insistencia suele nacer del afecto, advierte que en la práctica es muy común que los padres, sin advertirlo, proyecten en sus hijos sus «propios sueños o sus propias experiencias».
Por eso, resulta fundamental que los adultos aprendan a «diferenciar nuestras expectativas de los deseos de los chicos», abriendo canales seguros para «escuchar sin juzgar» y «preguntar sin presionar». La especialista destaca la importancia de habilitar conversaciones sobre dudas y temores, recordando que cada adolescente tiene sus tiempos y que no todos van a descubrir de inmediato qué estudiar ni van a transitar el mismo camino en simultáneo.
Este dilema se manifiesta con frecuencia en los mandatos familiares, como cuando se espera que el hijo continúe una tradición profesional. En esos casos, Morales explica que el desafío consiste en ayudarlos a tomar conciencia de por qué eligen esa opción: si lo hacen porque genuinamente «es algo que él quiere o que cree que debe hacer», garantizando que la decisión nazca del propio deseo y no de mandatos externos.
A quienes sienten angustia ante la indefinición, Morales les transmite tranquilidad y recuerda que no saber qué estudiar «no significa que uno esté perdido o que no tiene un futuro», sino simplemente que «muchas veces todavía hay un proceso por hacer». En la misma línea, descarta la idea de elegir una carrera para el resto de la vida, catalogándola como una «frase tan terminal» que genera un peso desmedido.
En ese sentido, la psicóloga es categórica al desarmar esa exigencia y recordar que «elegir qué estudiar no es un contrato que se firma para siempre». Morales insiste en que «nada de lo que uno pueda elegir es inamovible», ya que en el camino uno sigue madurando y sumando vivencias que pueden redefinir el rumbo; por eso, lo esencial al principio es conectar con los propios intereses y asegurarse de «que lo que elijas te guste».
Esta plasticidad también interpela las resistencias que los padres suelen manifestar frente a carreras no convencionales, artísticas o tecnológicas. Morales remarca que el mundo cambia con velocidad y que disciplinas como la ingeniería de software ganan terreno como «una buena fuente laboral», por lo que convoca a las familias a procesar sus propias dudas e informarse sobre la nueva oferta académica.
De acuerdo con su experiencia, es cerca de los 16 años cuando los estudiantes «empiezan ya a hacerse preguntas» y a buscar un rumbo, momento en el que resulta clave el apoyo escolar mediante talleres introductorios. Para responder a esta necesidad, la profesional encabeza Rumbo Cero, un programa pensado para que los jóvenes puedan «descubrir sus intereses, reconocer sus habilidades, explorar posibilidades y construir decisiones más conscientes».
El proyecto, al que se accede mediante redes sociales (Instragram: rumbo.cero.corrientes) y su web (rumbocero.com.ar), propone un espacio donde los chicos no sientan la exigencia de llegar con todo resuelto, sino de comenzar a construir un proyecto con sentido propio. Como síntesis, Morales concluye que las nuevas generaciones «no necesitan que les resolvamos la vida; necesitan que los acompañemos a construirla», confiando en sus capacidades aun cuando persistan las dudas.

