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    Opinión

    Las crisis petroleras ya no son tan críticas

    13 de agosto de 2026
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    Por Nouriel Roubini

    El golfo Pérsico está en un desequilibrio inestable. No ha habido un acuerdo duradero para la reapertura del estrecho de Ormuz; Estados Unidos e Irán siguen manteniendo demandas muy contradictorias, con los iraníes en posición ventajosa respecto del presidente Donald Trump, que en noviembre enfrenta una elección legislativa intermedia. La inexistencia de un acuerdo integral hacía muy probable un reinicio de las hostilidades, en el contexto de un riesgo creciente de volver a la guerra total.

    Pero las bolsas subieron, impulsadas por la expectativa de que el alto el fuego temporal diera paso a un acuerdo definitivo, y las reacciones de los mercados frente al último aumento de tensiones fueron moderadas. El impacto sobre la economía mundial (en términos de crecimiento e inflación) no ha sido muy grande; aunque estamos ante la mayor disrupción de la historia en el suministro mundial de petróleo, los shocks petroleros de los años setenta tuvieron más repercusiones.

    La estrategia iraní sigue centrada en la instrumentalización agresiva del petróleo, práctica que ya tiene una larga historia. Algunos historiadores sostienen que una de las razones de la derrota de Alemania en la Primera Guerra Mundial fue que el bloqueo marítimo de los Aliados la privó del acceso a petróleo. Asimismo, el imperio japonés tomó la fatídica decisión de atacar la flota estadounidense en Pearl Harbor en respuesta al embargo petrolero que le había impuesto el presidente Franklin Roosevelt por la invasión a China; y más tarde Stalin aseguró que los nazis perdieron la Segunda Guerra Mundial porque los soviéticos impidieron a las potencias del Eje la captura de los yacimientos petrolíferos del Cáucaso.

    Después de la guerra, la Crisis de Suez (1956) afectó el suministro de petróleo desde Medio Oriente a Europa y llevó a Francia, el Reino Unido e Israel a lanzar una operación para capturar el canal de Suez, que Egipto había nacionalizado. (Al final tuvieron que retirarse bajo presión de Estados Unidos, que quería evitar un conflicto que pudiera arrastrar a los soviéticos.) Un decenio después, el detonante inmediato de la Guerra de los Seis Días entre Israel y varios Estados árabes fue el intento egipcio de bloquear el flujo de petróleo iraní a Israel a través del estrecho de Tirán.

    Las perturbaciones geopolíticas de los setenta provocaron una década perdida de estanflación (varias recesiones con alta inflación), debilidad en las bolsas mundiales y rendimientos de los bonos que llegaron a dos dígitos. Las consecuencias fueron tan graves que la década de 1970 todavía está muy presente en la memoria colectiva. Pero los shocks petroleros con causas políticas que vinieron después (tras la invasión iraquí de Kuwait en 1990, la crisis de precios del petróleo en 2000‑01, la invasión estadounidense a Irak en 2003 y la guerra de doce días contra Irán el año pasado) tuvieron, lo mismo que la guerra de este año, efectos mucho más moderados en la economía y los mercados.

    Hay varias razones que lo explican. La primera es que después de los setenta, los miembros de la OPEP se dieron cuenta de que la instrumentalización agresiva del petróleo puede resultar contraproducente. Un encarecimiento de esta materia prima que sea lo bastante grave como para provocar una estanflación mundial derivará tarde o temprano en un derrumbe de la demanda de petróleo y de sus precios, como ocurrió en 1981‑82. Por eso, algunos actores responsables (entre ellos Arabia Saudita y los Estados del Golfo) han mostrado voluntad (y capacidad) para aumentar la oferta frente a grandes subidas de precios del petróleo derivadas de perturbaciones geopolíticas.

    Además, después de los setenta, las mejoras de eficiencia energética han tendido a reducir la participación del petróleo importado en la producción y el consumo. Y el poder de mercado de la OPEP fue disminuyendo al anteponer sus miembros sus propios intereses a la necesidad de acción conjunta (el desertor más reciente fue Emiratos Árabes Unidos) y al entrar en funcionamiento nuevas fuentes de suministro, sobre todo en Estados Unidos tras la revolución del esquisto.

    Otro factor (que obró como importante fuente de resiliencia este año) fue que tras las crisis de los setenta, los principales consumidores de petróleo (entre ellos Estados Unidos, Europa, China y Japón) acumularon reservas estratégicas para liberarlas en caso de grandes subidas de precios. Además, diversas alternativas al petróleo fueron ganando aceptación y cuota de mercado, entre ellas el gas natural, las energías renovables y los nuevos reactores nucleares modulares más seguros (con posibilidad de que en la próxima década se sume la energía de fusión). De cara al futuro, una proporción creciente de la demanda de energía (para alimentar vehículos eléctricos y baterías) se cubrirá con electricidad que podrá producirse sin petróleo.

    Al mismo tiempo, hubo una mejora de la respuesta estándar de la política macroeconómica (fiscal y monetaria) frente a perturbaciones del mercado del petróleo, y esto ayudó a evitar un desanclaje de las expectativas de inflación como el que hubo en los setenta. Y (en parte como consecuencia de estos factores) esas perturbaciones se han vuelto menos persistentes y duraderas que en los setenta, cuando se prolongaron por espacio de unos diez años. El shock petrolero de 1990‑91 duró nueve meses, el de 2000‑01 fue incluso más breve, y el que siguió a la guerra de doce días del año pasado duró unas pocas semanas.

    El último y más importante aspecto que cabe destacar es que a diferencia de episodios anteriores, en los que una alteración del mercado del petróleo se convirtió en una perturbación negativa de la oferta agregada que llegó a dominar las tendencias macroeconómicas y de mercado, hoy tenemos una perturbación secular positiva de la oferta agregada, por el auge de inversión en inteligencia artificial. El envión dado por el sector tecnológico está ayudando a muchos países y regiones a mantener un crecimiento más firme y menos inflación, lo que explica por qué la bolsa estadounidense alcanzó nuevos máximos incluso cuando hace unos meses el petróleo superó los cien dólares por barril. Es verdad que después de eso la reanudación de hostilidades provocó una corrección, pero fue moderada.

    Por supuesto, si las escaramuzas recientes dan paso a una escalada total, las consecuencias económicas y en los mercados pueden ser más graves, ya que un conflicto prolongado aumentaría el riesgo real de estanflación. No es el escenario más probable, pero aun así, los últimos acontecimientos hacen pensar que los mercados financieros no están cotizando correctamente el riesgo de que se materialice.

    Nouriel Roubini, estratega económico sénior en Hudson Bay Capital Management, es profesor emérito en la Escuela de Negocios Stern de la Universidad de Nueva York y autor de Megathreats: Ten Dangerous Trends That Imperil Our Future, and How to Survive Them (Little, Brown and Company, 2022).

    Copyright: Project Syndicate, 2026.
    www.project-syndicate.org

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