En las últimas semanas se empezó a transcurrir una suerte de fiebre mundialista a partir de la locura por conseguir el álbum y las figuritas del Mundial de Fútbol 2026. Pero más allá del furor, cada vez que un chico abre un paquete de figuritas, no está haciendo solo una actividad de entretenimiento, sino que además está entrenando su cerebro, gestionando emociones, negociando con pares y construyendo vínculos familiares. Así lo señalan especialistas en Neurología y comportamiento infantil, que ven en el clásico álbum mundialista una herramienta pedagógica de alto valor, especialmente en tiempos signados por la inmediatez digital.
El médico pediatra Flavio Gabriel Serra fue contundente al respecto: «El juego nos da tres cosas: la motivación, la participación activa y la repetición», y advirtió que esos tres pilares son exactamente los que sostienen cualquier proceso de aprendizaje genuino y duradero.
En un contexto donde los celulares dominan el tiempo libre de los más chicos, el álbum de figuritas propone algo radicalmente diferente: tocar, pegar, ordenar, intercambiar. Una experiencia física y concreta que, según los especialistas, activa funciones cognitivas que las pantallas difícilmente estimulan.
«Es un entrenamiento de las funciones ejecutivas que es necesario para cualquier trabajo», explicó el doctor Serra, detallando que la actividad implica «el ordenarse, el organizarse, el planificar, el tomar decisiones de qué cambiar y qué no. La atención sostenida y selectiva. La discriminación de la información visual que reciben, el inhibir los distractores, tan difícil hoy en día», dijo el profesional en diálogo con una radio local.
VALORES
Uno de los puntos más valorados por los especialistas es el que más escasea en la crianza contemporánea: la tolerancia a la frustración y la capacidad de espera.
Además, el álbum no solo entrena la paciencia: también es un campo de ejercicio emocional y social. Negociar un intercambio, respetar el turno del otro, manejar la incertidumbre de no saber qué figurita vendrá en el próximo paquete: todo eso forma parte de un aprendizaje que los libros raramente pueden dar.
«Hay que aprender a negociar, hay que aprender a respetar los turnos, hay que aprender a esperar y hay que aprender las reglas implícitas de lo que es el intercambio», enumeró Serra. Y agregó la dimensión emocional: «El gestionar las emociones, porque todo lo queremos ya. El manejar los tiempos de espera, el procesar la incertidumbre de qué es lo que me va a salir, y sobre todo la gestión de la frustración», sostuvo.
Como beneficio adicional, el álbum mundialista abre una ventana al mundo. Selecciones de países que muchos chicos no podrían ubicar en un mapa -Curazao, Cabo Verde, Nueva Zelanda- se vuelven de repente familiares, reconocibles, incluso objeto de conversación. Y con los países, llegan también los jugadores: distintos en estatura, color de piel, contextura, procedencia.
Emociones, vínculos y puente familiar
El álbum no solo entrena la paciencia: también es un campo de ejercicio emocional y social. Negociar un intercambio, respetar el turno del otro, manejar la incertidumbre.
Otro de los beneficios más inesperados -y más bienvenidos- es el que ocurre en la casa. El álbum mundialista se convierte en un tema compartido entre generaciones que a veces parecen hablar idiomas distintos.
«Nos quejamos que no tenemos coincidencia con nuestros hijos, o que el hermano de 25 no tiene coincidencia con el de 8. Y hoy en día tenemos una actividad que podemos compartir, que podemos charlar en la mesa del mismo tema y que podemos también proyectar a futuro qué hacer para completar el álbum en familia», destacó el doctor Serra.
Ese puente intergeneracional se extiende también hacia la comunidad: encuentros de intercambio organizados en plazas y espacios públicos convocan a padres, abuelos y chicos en torno a una actividad que, paradójicamente, parece de otra época pero responde a necesidades muy actuales.

