Por Domingo Salvador Castagna,
Arzobispo emérito de la Arquidiócesis de Corrientes *
- Pentecostés: la Pascua de la Iglesia.
- Hoy celebramos Pentecostés, día en que el Espíritu Santo completa la obra que el Padre ha encomendado a Cristo. Día fundacional de la Iglesia, auténtica prolongación temporal de la misión de Cristo. Coexistir con nuestra pobreza demanda humildad perfecta. Confiar en el don de la gracia, constituye el secreto ascético de la santidad. El don del Espíritu, por parte de Cristo Resucitado, y la misión evangelizadora de la Iglesia se corresponden necesariamente.
- Jesús infunde el Espíritu a sus Apóstoles para conferirles su misión divina de perdonar: «Reciban el Espíritu Santo. Los pecados serán perdonados a los que ustedes se los perdonen, y serán retenidos a los que ustedes se los retengan» (Juan 20, 22-23).
- Es menester mantener la vinculación entre el don del Espíritu y la facultad de perdonar. El Señor deposita la capacidad de perdonar los pecados en el Ministerio apostólico. En su Nombre -y como Él- aquellos discípulos desempeñarán ese ministerio, que sólo Dios puede otorgarle validez (Marcos 2, 1-11). Así lo entendieron los evangelistas: «Los escribas y los fariseos comenzaron a preguntarse: ‘¿Quién es este que blasfema? ¿Quién puede perdonar los pecados, sino solamente Dios?'» (Lucas 5, 21).
- Cristo es Dios que otorga capacidad al Ministerio apostólico. Ese ministerio es acordado a los Apóstoles y sucesores. Cuando un ministro ordenado pronuncia la absolución, es Cristo quien perdona. El Espíritu de Pentecostés garantiza la vigencia del perdón, a quienes lo solicitan humildemente.
- La fe abre la perspectiva de esa presencia en la actualidad. En la fe se produce la certidumbre del perdón. Cuando disminuye esa vivencia, saltan a la vista las dudas y los temores, de la acción de un ministerio, actualizado por quienes hoy lo ejercen legítimamente.
- La acción del Espíritu y el perdón de los pecados.
- Jesús resucitado respalda y legitima el perdón de los pecados, en un mundo donde el perdón es una entelequia o una meta inalcanzable. Es preciso recuperar la fe en el perdón, que el Espíritu hace posible, gracias al Sacramento de la Reconciliación. Es allí donde se produce lo que el signo promete y realiza. Ciertamente Misterio captable por la fe y realizable por el Sacramento.
- Pentecostés es un estado permanente en la Iglesia, que abarca la extensión de su historia. Mediante la infusión del Espíritu, el Cordero de Dios «quita el pecado del mundo». Si el pecado no es combatido -identificado y denunciado- es rechazado el mismo Santo Espíritu.
- Jesús revela su oposición al pecado: su misión es eliminarlo desde sus raíces más profundas. No consiste en una eliminación superficial sino en la transformación que hace del hombre una criatura nueva.
- El perdón de Dios es un acto entrañable de amor divino. Mediante el perdón, Dios recrea al hombre pecador y lo reconstruye a imagen de Cristo. Cuando quien ha pecado se somete a la acción del Espíritu -en Quien el Padre expresa su amor al mundo- se produce, mediante la Absolución Sacramental, el perdón regenerador. El perdón es amor de Dios que transforma a un pecador en santo. Es como se hace posible lo humanamente imposible. No existe otro sendero al cambio auténtico y a la santidad. Lo recorren quienes lo desean sinceramente. El esfuerzo ascético es una condición indispensable, aunque todo dependa de la gracia divina.
- Se acuñó una sentencia experimentada por los santos: «Obrar como si todo dependiera del esfuerzo humano, convencidos de que todo depende de la gracia».
- La perfección cristiana -o santidad- es obra exclusiva de Dios. Es imprescindible la acción del Espíritu Santo, requerida, para ser eficaz, de la pobreza del corazón -o de la virtud de la humildad- del convertido. Dios santifica a los pobres y humildes, no puede hacer nada con quienes no lo son. La historia de santidad, que el Espíritu protagoniza, presenta una rica diversidad, en la que todos los creyentes encajan, cualquiera sea su situación, edad y responsabilidad social.
- Respuesta a los dones de Cristo resucitado.
- El culto al Espíritu Santo responde a los dones que Jesús resucitado distribuye entre sus discípulos. Pentecostés obtiene su importancia de la Pascua, y de su fervorosa celebración.
- Se ha producido un descuido en la centralización del Espíritu en la vida cristiana. Se la recupera en la renovación de la vida de fe, y en su oportuna relación con el compromiso moral que el mismo Jesús inspira.
- Hace una semana leíamos el texto de San Mateo, correspondiente a la Solemnidad de la Ascensión: «Yo he recibido todo poder en el Cielo y en la Tierra. Vayan, y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Y enseñándoles a cumplir todo lo que Yo les he mandado» (Mateo 28, 18-20).
- Pentecostés hace efectivo el mandato de cumplir los preceptos del Señor. Al disponerse a recibir el Espíritu Santo, los cristianos emprenden el camino a la santidad. Durante el mismo, el pecado es eliminado, la nueva Vida se apodera de la antigua y la reemplaza.
- Las promesas que Jesús formula pertenecen a quienes se constituyen en oyentes y discípulos suyos. Lo entienden progresivamente, a medida que el compromiso misionero se expande en el mundo habitable. Es allí donde las necesidades existenciales de los hombres son convenientemente satisfechas. La misión del Espíritu es «convencer» a un mundo expectante, de la Verdad: «Y cuando Él venga (el Espíritu) probará al mundo dónde está el pecado, dónde está la justicia y cuál es el juicio» (Juan 16, 8).
- San Juan, como lo hace San Pablo, identifica a Cristo con la Verdad que el mundo necesita para reconstruirse en Ella.
- Pentecostés, que se constituye en «Tiempo fuerte», es la oportunidad inédita para actualizar la presencia viva del Espíritu Santo en la conflictiva situación del mundo. Nada, ni nadie, podrán ser obstáculo a la acción de la gracia, generada por el Espíritu. Pentecostés es el cumplimiento de la principal promesa de Jesús. El Espíritu Santo hará de la vida de todo cristiano una Pascua, semejante a la de Cristo.
- Exhortación a la renuncia.
- Siempre es momento propicio para que el Espíritu se haga cargo de la vida de los hombres. Es preciso no desaprovecharlo en las frivolidades mundanas que se empeñan en prevalecer hoy. Requerirá una ascesis que abarque los aspectos principales de la vida: personal, familiar y social.
- Para que Cristo se adueñe de los intereses más representativos de nuestra vida contemporánea, se nos impone la obediencia a su exhortación a los discípulos: «Entonces Jesús dijo a sus discípulos: ‘El que quiera venir detrás de mí que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga'» (Mateo 16,24).
- Homilía
del domingo
24 de mayo de 2026.

