Abrir la Fiesta Nacional del Chamamé no fue un dato menor. Para Paula Basalo fue algo más profundo: un regalo. Así lo dijo, sin grandilocuencia, como quien todavía estaba procesando lo vivido. «Aunque no lo creas, para mí fue un regalo de Dios abrir la fiesta», confesó, y en esa frase ya estaba contenida la emoción de una noche que no se parecía a ninguna otra. «El predio estuvo colmado. Gente recién llegada del trabajo, con el termo bajo el brazo, con la familia al lado, acomodándose al ritual chamamecero. Y sin embargo, algo pasó. Paula lo explicó desde un lugar casi espiritual: «Siempre digo que para que las cosas sucedan tiene que estar el artista, tiene que estar el público -que es fundamental- y el espacio que nos une. Y ahí, todo sucedía».
Acompañada por músicos de Goya y de Esquina -el Sur correntino latiendo fuerte-, lo único que pidió fue simple y enorme a la vez: «Chicos, salgan a disfrutar, porque es un regalo de vida poder cantar, poder expresarte a través de la música». De esa entrega nació una conexión que no se ensayó ni se forzó. «Ese puente imaginario entre el que canta y el que recibe solo existe cuando se conecta la emoción», explicó. Y esa noche, la emoción estuvo servida.
CANTAR LA
RAÍZ, HABITAR
LAS CANCIONES
Su repertorio fue un viaje directo a la raíz. Canciones heredadas de la infancia, de la voz de su madre, de autores que hizo propios. Mario Bofill, Teresa Parodi, Cielo de Mantilla, Oración del Remanso. Obras profundas, cargadas de sentido. «Más allá de que Oración del Remanso sea un hit, lo que dice es muy profundo», sostuvo. «Habla del que pesca por deporte y del que pesca porque necesita comer de lo que el río le ofrenda». Paula no interpretó desde afuera: se emocionó, se quebró y volvió. «Cuando las hago propias, me atraviesan», admitió.
Quedarse: una
decisión política
y emocional
Uno de los momentos más intensos llegó con Semilla de este suelo. Bandera argentina en alto, una canción nacida de una herida y de una convicción. «Un día alguien me dijo que me iría bárbaro en otro país. Llegué a casa, agarré la guitarra y dije: yo me quiero quedar», relató. Quedarse, para ella, no significó encerrarse. «Me voy a ir a compartir nuestra cultura, sí. Pero yo me quiero quedar en la Argentina, me cueste lo que me cueste». Romper ciertos muros no fue fácil. «Muchas veces te dicen: la gente quiere escuchar las canciones de siempre. Y yo decía: pero esto es lo que me sale del alma». Con tiempo, paciencia y amor, ese espacio se abrió. Y cantar esa canción en la fiesta fue, también, una conquista.
juventud,
divino tesoro
Para Paula, la mayor riqueza del chamamé estuvo en su diversidad. «En una misma noche conviven modos muy distintos de interpretarlo, y eso es maravilloso», afirmó. «No hubo una sola forma, ni una sola generación. Si un chico de 12 o 14 años conecta con un artista y llega al chamamé por ahí, bienvenido sea», dijo sin dudar. «La posta tiene que pasar de mano en mano, y no hay que juzgar». El género evolucionó, se transformó y dialogó con su tiempo. Y eso, lejos de debilitarlo, lo fortaleció.
El público,
ese diamante
Antes de despedirse, Paula volvió siempre al mismo lugar: el público. «Yo a mi público lo llamo los caminantes, porque caminan conmigo», explicó. Jamás lo subestimó. Supo que el público se manifestó de muchas formas, pero hubo una que la conmovió especialmente. «Cuando aprendí a administrar el silencio, entendí que estaban escuchando. Y cuando sale un sapucay, es porque lo provocaste desde el alma». Desde Esquina, Corrientes, dejó un mensaje claro y amoroso: «Sigan acompañando a los que subimos al escenario, porque lo hacemos con amor y para enriquecer nuestra cultura». «Lo que se vivió en el chamamé -dijo- fue un diamante. Y los diamantes, si no se cuidan, se pierden».

