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    Portada » Cuando el odio se vuelve doctrina: una lección del siglo XX
    Opinión

    Cuando el odio se vuelve doctrina: una lección del siglo XX

    13 de febrero de 2026
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    Por Noel Breard

    Uno de los errores más peligrosos cuando analizamos el nazismo es reducirlo a un estallido de irracionalidad colectiva o a la locura de un líder fanático. El Tercer Reich fue un proyecto de poder profundamente organizado, sostenido por un cuerpo doctrinario filosófico, jurídico y sociológico que transformó el odio en sistema y la exclusión en política de Estado.

    El régimen nazi no se limitó a reprimir, reorganizó integralmente la sociedad, construyó una cosmovisión donde la historia era una lucha biológica entre razas, el Estado una unidad absoluta y el enemigo un elemento a eliminar. Para ello se apoyó (de manera deformada o cómplice) en tradiciones intelectuales poderosas que otorgaron legitimidad intelectual a la violencia política.

    La apropiación del pensamiento de Nietzsche es un ejemplo central. El concepto del superhombre, que en el filósofo aludía a la superación cultural y moral del individuo sometido, fue degradado a una teoría de superioridad racial. Lo que era una emancipación espiritual se convirtió en justificación biológica del dominio y del exterminio. No fue una lectura ingenua, sino una operación ideológica consciente.

    Martin Heidegger aportó otro pilar inquietante. Como rector de la Universidad de Friburgo en 1933, defendió al régimen y presentó al nazismo como la realización del destino histórico del pueblo alemán. Su filosofía del ser y del destino colectivo ayudó a imponer la obediencia política: el líder no aparecía como gobernante, sino como intérprete de una misión histórica inevitable.

    Pero quizás el andamiaje más decisivo fue jurídico. Carl Schmitt construyó la teoría que legitimó la dictadura: la política como distinción entre amigo y enemigo, el pluralismo como enemigo del Estado y la soberanía como poder de decidir en la excepción. Cuando el poder define quién es el enemigo, toda violencia se vuelve legal.

    En ese marco, «Mi lucha», de Hitler, no fue un delirio marginal, sino el programa ideológico del régimen: racismo biológico como motor de la historia, antisemitismo como explicación universal, desprecio por la democracia y glorificación de la violencia purificadora. La política se transformó en biología aplicada.

    Este entramado confirma una lección incómoda: los totalitarismos más peligrosos no nacen solo del caos o de crisis mal gestionadas, sino de nuevas formas de pensar convertidas en dogma absoluto, capaces de reorganizar la sociedad entera en nombre del orden, la identidad o la salvación colectiva.

    Aquí el cruce con Spinoza resulta decisivo. El filósofo advertía que los regímenes autoritarios no se sostienen solo por la fuerza, sino por la manipulación de las pasiones tristes: miedo, odio, resentimiento y culpa. Cuando las emociones sustituyen a la razón, los pueblos terminan defendiendo su propia servidumbre creyendo proteger su identidad.

    Hannah Arendt profundizó esta lógica al mostrar que el totalitarismo no se limita a la represión: construye una realidad paralela donde la mentira se vuelve verdad oficial y el enemigo permanente justifica todo exceso. El movimiento necesita conflicto constante, amenazas continuas y una narrativa de redención nacional.

    Lo inquietante es que estos patrones no pertenecen solo al siglo XX. Los populismos autoritarios contemporáneos (de distintos signos ideológicos) reproducen estructuras similares: construcción del enemigo interno, desprecio por el pluralismo, exaltación del líder como voz exclusiva del pueblo verdadero y relativización de la legalidad. No siempre hay racismo biológico, pero sí una política basada en la confrontación permanente.

    La historia enseña que el peligro no comienza con los campos de concentración, sino con la normalización del odio como explicación del mundo y con la idea de que la democracia es debilidad.

    Pero hay una enseñanza adicional que no debe perderse de vista: una mala respuesta a una crisis o a un fracaso previo no habilita otra mala respuesta como solución. El colapso de un modelo injusto o ineficaz no justifica la adopción de salidas autoritarias, excluyentes o dogmáticas. Dos malas respuestas sucesivas no construyen una buena respuesta económica, social ni política.

    El verdadero desafío de una sociedad madura es superar ambos extremos, romper la lógica binaria en la que cada radicalización alimenta a la otra y bloquea cualquier salida racional. Los polos se retroalimentan, se necesitan como enemigos y mantienen viva una falsa polarización que empobrece la democracia.

    La única manera de salir de esta trampa no es pelearnos más, sino sentarnos a dialogar en serio. Hace falta volver a una política con sentido común, con respeto y con ganas de hacer las cosas bien, y animarnos a construir algo mejor entre todos, donde nadie quede afuera y cada uno pueda ser protagonista de su futuro.

    El autor es Senador provincial de la UCR.

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