Sobre la lectura del Evangelio de San Juan que se leyó en las misas de ayer, Domingo de Pascua de Resurrección, el arzobispo emérito de Corrientes, Domingo Salvador Castagna, reflexionó sobre ese acontecimiento que es el fundamento de la Fe de los cristianos.
En la primera parte de su homilía, se refirió a que «Pedro y Juan aprenden de la Magdalena a ser testigos».
«Pedro y Juan reciben con docilidad el testimonio de María Magdalena. Corren hacia el sepulcro, en el que el cuerpo de Jesús había sido depositado. Quieren cerciorarse de que el cuerpo muerto del Señor ya no ocupa aquella sepultura. Aunque la respetaban, no les bastaba la noticia que Magdalena les transmitía. Aquella mujer, versión femenina de Juan, a causa del amor que la une al Maestro, se convierte en apóstol de los mismos apóstoles. Pedro y Juan manifiestan una gran humildad al tomar en serio el testimonio conmovido de María Magdalena», relató y resaltó que «corren hacia el sepulcro con la celeridad que los años les inspiran: ‘Pedro y el otro discípulo salieron y fueron al sepulcro. Corrían los dos juntos, pero el otro discípulo corrió más rápidamente que Pedro y llegó antes. Asomándose al sepulcro, vio las vendas en el suelo, aunque no entró'» (Juan 20, 3-6). Y en su comentario agregó: «Llega el momento en que la fe muestra su esencia y los lienzos cuidadosamente plegados revelan el Misterio de la Resurrección: ‘Luego entró el otro discípulo, que había llegado antes al sepulcro: él también vio y creyó'» (Juan 20, 8).
Seguidamente sostuvo «ver los signos e interpretarlos para creer. Para Pedro y Juan, el sepulcro vacío y los lienzos que cubrieron el cuerpo de Jesús, constituyen los signos reveladores de la Resurrección. La visión de los lienzos, manifiesta su capacidad de suscitar la fe en los actuales signos: los sacramentos. Deben ser hoy contemplados como signos causantes de la gracia. La Iglesia ha desplegado una Liturgia propia -en su celebración- cuyo centro es la Eucaristía: el mismo Cristo resucitado».
LA PASCUA
En el segundo aspecto que abordó, monseñor Castagna definió a la Pascua como «el acontecimiento que vence el pecado y la muerte».
«Hoy celebramos la Pascua de Resurrección, es preciso que nos dejemos alcanzar por la Vida eterna que el Señor resucitado genera -en el mundo- para todos los hombres», apuntó y puntualizó con énfasis que «no es un simple día de Fiesta, es el mismo acontecimiento que vence el pecado y la muerte. Cristo, muerto por causa nuestra en la Cruz, ha resucitado y vive para siempre». Como consecuencia, indicó que «la fe en su resurrección hace que su Muerte y Resurrección hagan, de nuestra existencia, una Vida Nueva. Vida Nueva que define el estilo divino de hacerse cargo de la historia. De otra manera, nuestra fe aparece frágil y enfermiza: ‘Y si Cristo no resucitó, es vana nuestra predicación y vana también la fe de ustedes'», recordó las palabras del apóstol San Pablo en la primera carta a los Corintios.
SIN CONTAMINACIÓN
Remarcó entonces que «es preciso poner la predicación al servicio de la fe. El celo ardiente de Pablo y de los Doce, ofrece su apostólico ministerio para suscitar la fe y alentar su crecimiento en quienes creen poseerla. El empeño de aquellos hombres, y hoy de la Iglesia, consiste en guardar el depósito revelado y lograr su pureza original, preservándolo de toda contaminación, proveniente de falsos y engañosos sucedáneos. La pureza de la fe incluye una confrontación con la Palabra, que la ha suscitado, que hoy la custodia y alimenta. En ello está hoy empeñada la Iglesia. Su voz es como la de Juan Bautista: ‘… voz que clama en el desierto’. Voz que permite escuchar la Palabra y dejarse alcanzar por Ella. En suma, es la misma Palabra, que se deja entender y percibir en su misteriosa sonoridad».
Luego explicó que «así lo entendió el gran San Agustín al referirse a San Juan Bautista: ‘Juan es la voz, Cristo es la Palabra’. El mundo actual necesita que el Bautista se preste como la voz, en la Iglesia, para que los hombres reciban la Palabra. En la interpelación que causa la Palabra está la salvación y la Vida. Es un momento, particularmente propicio, para que resuene la Palabra, en la voz que emite la Iglesia. Quienes son alcanzados por la Palabra (Cristo) se transforman, a su vez, en Voz de la misma. Es el ‘testimonio de la santidad’, que el mundo espera de los cristianos, conforme lo entendía San Juan Pablo II».
SER CRISTIANO
DE VERDAD
Como tercer punto de su homilía, expuso que «la Pascua es la ocasión para renovar la fe y el entusiasmo por transmitirla, en un mundo sumido en la incredulidad y en la indiferencia religiosa. La oposición, por parte de nuestro entorno socio cultural, reclama una vigorosa respuesta de fe. No nos alarme que muchos hombres y mujeres, a quienes les debemos la Palabra, encarnen hoy la incredulidad y todo tipo de confusión religiosa. Constituyen un desafío insoslayable, para quienes son los testigos del Evangelio. Todo es motivo para que la Palabra sea anunciada y testimoniada. Ardua tarea misionera, constantemente agredida por las fuerzas del mal. No obstante, exigida a renovarse sin cesar, desafiada por nuevas circunstancias y protagonistas. El Ministerio pastoral de la Iglesia está al servicio de esa renovación, asistido por sus teólogos y santos».
Manifestó en ese sentido que «la Semana Santa ha ofrecido un marco adecuado para la celebración de los Misterios centrales de nuestra fe. Cuando los cristianos vivencian la Pasión, Muerte y Resurrección del Señor es el mundo, con sus altibajos, el que es tocado por la gracia de la Pascua. Cuando la Pascua deja de ser noticia, obnubilada por intrascendentes acontecimientos mundanos, su historia pierde el calor humano que le corresponde. ¿No nos está ocurriendo hoy: cristianos del siglo XXI, esa pérdida del fervor? Es impostergable poner en escuadra la vida cotidiana… Labor necesaria, que complica la vida de quienes deciden seguir a Jesús, y aceptar ser cristianos de verdad. Es el secreto de la coherencia entre fe y la cultura».
Entre otras consideraciones, señaló que «desear ‘Felices Pascuas’ es desear -a quienes saludamos- la fidelidad a Dios y la santidad. Es importante trascender los saludos protocolares e ir al meollo de la Fiesta que celebramos. El impacto de la Pasión del Señor permanecerá como una onda expansiva, y alimentará nuestro amor al Padre, que nos dio -hasta ese extremo- a su Divino Hijo».

