Por Graciela Villalba
El Libertador
«Lali», como todos la conocen, el martes cumplió 100 años y ayer con un almuerzo celebró la vida junto a su gran familia. En su casa, Circe Crosta de Queirel recibió a EL LIBERTADOR para compartir pasos de su vida y reveló su secreto para cumplir un siglo de existencia.
«Llegar a los 100 años y estar acompañada ya es una gracia de Dios», reflexionó «Lali», una mujer coqueta, con todos sus sentidos óptimos y una memoria envidiable al punto que recuerda cada una de sus etapas.
Nació en la Capital Federal, pero su historia correntina empezó a los diez años, cuando su padre, abogado de profesión, llegó a la provincia por trabajo y la familia terminó por quedarse. «Vine para quedarme, me encanta vivir en Corrientes, para mí es mi lugarcito», señaló.
Fue profesora de francés en el Colegio Nacional, en la nocturna del Bartolomé Mitre y en la Escuela del Bicentenario, y hoy disfruta de una jubilación tan activa como su vida entera. Se casó a los 28 años y tuvo seis hijos -María del Carmen, José Antonio, Silvia, Rafael, Juan Claudio y Néstor-, a los que sumó con el tiempo 20 nietos y 14 bisnietos.
«Fue una vida muy feliz, gracias a Dios tuve unos padres excelentes, un buen marido y seis hijos que hubo que criar nomás, con sus altibajos», resume, orgullosa de que todos hayan hecho su carrera y formado su propia familia.
Consultada sobre el motivo de tanta vitalidad, dijo: «Yo creo que hice una vida sana». Jugó al tenis, remó y, sobre todo, nadó durante buena parte de su vida en el club de Regatas, disciplina que heredaron hijos, nietas y bisnietas. A eso le suma un hábito que considera tan importante como el ejercicio: no quedarse nunca sola.
SUS PASOS
El club de Regatas ocupa un capítulo aparte en su historia. «Era mi segunda casa, iba todos los días», recuerda sobre los tiempos en que llevaba a sus hijos a aprender a nadar en el viejo corralito, antes de que existiera la pileta. Ese vínculo se transmitió de generación en generación: hoy tiene nietas y bisnietas nadadoras, entre ellas una campeona reconocida en la disciplina.
A pesar del siglo cumplido, «Lali» no se resigna a quedarse en casa. Sale los sábados con alguno de sus hijos, recorre la ciudad en auto y no falta a un café en las confiterías de siempre.
«Soy salidora, si hay un lugar nuevo lo voy a conocer, no me gusta el encierro», dice con una firmeza que desmiente cualquier prejuicio sobre la vejez. Camina con la ayuda de un bastón, y cuando el cuerpo lo pide, no duda en usar la silla de ruedas. «Escucho bien, veo bien, por ahí tengo que hacer repetir alguna cosa, pero en general estoy sana», enumera, siempre con el mismo tono agradecido.
No todo fueron años fáciles. A un mes de cumplir las bodas de oro con su marido, la vida le dio un golpe inesperado: él falleció de un problema cardíaco.
Al hacer un balance, «Lali» admite dudas: «Dios me ha dado una linda vida, yo se lo agradezco. Estoy feliz, eso es lo más importante para mí». Y remata, con la lucidez de quien ha visto pasar un siglo entero de cambios: «Ahora ya somos adultos mayores, pero no nos tenemos que dejar abandonados. Hay que mejorar siempre, no decaerse».

