Por Jaime Meza
Jefe de redacción – Coordinador Multiplataforma
En la previa y durante la cita mundialista, el kirchnerismo buscó ideologizar al plantel con insólitas acusaciones de «derechización», mientras que el Gobierno de Milei optó por una neutralidad táctica para adesactivar las operaciones cruzadas. Con Lionel Messi como estandarte, el equipo gambeteó la politiquería barata, mantuvo su compromiso con las causas nacionales genuinas -como el histórico reclamo por Malvinas tras vencer a Inglaterra- y llega al partido contra España respaldado por un consenso social absoluto.
El fútbol en Argentina siempre ha sido un espejo de su realidad política. Sin embargo, lo vivido en los meses previos y durante el desarrollo del Mundial de la Fifa 2026 rompió con los manuales tradicionales del oportunismo partidario.
A horas de que la Selección juegue la gran final que paralizará al planeta, el balance deja una certeza nítida: los intentos por arrastrar a Lionel Messi y a sus compañeros al fango de la disputa ideológica doméstica fracasaron de manera estrepitosa. La pelota, una vez más, demostró tener un blindaje inmune a las operaciones de prensa y a los relatos de cabotaje.
LA INSÓLITA CANCELACIÓN IDEOLÓGICA
El fenómeno más llamativo de esta campaña mundialista provino de los sectores más radicalizados del kirchnerismo y la izquierda tradicional. Ante la imposibilidad de cooptar la narrativa de un plantel que siempre se mostró distante del asistencialismo discursivo del viejo poder, la estrategia mutó hacia la descalificación.
A través de terminales mediáticas y usinas en redes sociales, se intentó instalar un argumento tan inconsistente como febril: acusar a los jugadores, y en especial al capitán, de ser «genuflexos a la derecha» y funcionales a figuras internacionales como Donald Trump, aprovechando la localía del torneo en suelo norteamericano y el convite en el que Messi fue invitado luego de la consagración con su equipo Inter Miami.
Este intento de restarle relevancia afectiva a la Selección bajo la lupa de una supuesta «falta de compromiso social» chocó de frente con el sentido común de la calle.
El error de diagnóstico fue de principiante: intentar juzgar la idiosincrasia de atletas de élite global con el anticuado manual de la Guerra Fría. La desconexión entre ese relato y el ciudadano de a pie no hizo más que aislar a quienes pretendieron teñir de partidismo la ilusión colectiva.
NEUTRALIDAD Y EL COMBATE A LAS FAKES
En la otra vereda, el Gobierno de Javier Milei leyó con mayor pragmatismo el escenario. Conscientes de que cualquier intento de apropiación gubernamental de la figura de Messi suele ser contraproducente -la historia reciente de 2022 con Alberto Fernández así lo demuestra-, la gestión libertaria apostó por una prudente neutralidad institucional.
El principal desafío del oficialismo no fue la sobreexposición, sino la contención de daños. Durante el torneo, circularon diversas fake news diseñadas en laboratorios de la oposición que buscaban generar un quiebre ficticio entre el Presidente y el capitán de la Selección.
Desde falsas declaraciones cruzadas hasta montajes digitales, el ecosistema digital estuvo al rojo vivo. La respuesta de la Casa Rosada fue desactivar estas maniobras de manera quirúrgica y veloz, evitando alimentar polémicas artificiales que pudieran distraer al plantel o indisponer al Gobierno con la opinión pública en medio del clima mundialista.
Un consenso absoluto de cara al día del juicio de la historia
Hoy, será el día de la verdad en la cancha, en el que se buscará la gloria eterna. Pero fuera de ella, el partido ya se ganó. Los artilugios y las operaciones políticas para embarrar a la Selección quedaron sepultados bajo una marea celeste y blanca que desbordó las plazas de todo el país y los estadios norteamericanos.
El intento de fracturar el amor del pueblo hacia sus ídolos bajo premisas ideológicas absurdas demostró el agotamiento de ciertas lógicas de confrontación.
«Leo» Messi y la Selección llegan a la final con el apoyo incondicional de una mayoría casi absoluta de los argentinos y el respeto reverencial de gran parte del planeta. En una Argentina habituada a la división, el fútbol ha vuelto a demostrar que hay cosas que pertenecen a un territorio sagrado e innegociable.
La «Doctrina Scaloni»
Frente a este fuego cruzado, la respuesta del búnker argentino fue magistral. El cuerpo técnico liderado por Lionel Scaloni y el propio Messi mantuvieron un estándar de profesionalismo que funcionó como un paraguas hermético. El plantel se negó sistemáticamente a ingresar en el terreno de la «politiquería» barata.
Ahora bien, neutralidad no significó apatía. La Selección no se deshumanizó; por el contrario, eligió con precisión quirúrgica cuándo y cómo conectar con las fibras más íntimas del país:
Hubo una cabal lectura de la realidad. En las pocas entrevistas concedidas, Messi no esquivó la mirada analítica sobre la compleja actualidad económica y social que viven los argentinos, expresándose siempre desde la empatía y la madurez, lejos de cualquier sesgo partidario.
Hubo un capítulo diferencial que incluyó la gesta contra Inglaterra. Fue el punto más alto de comunión patriótica que se vivió tras el trascendental triunfo ante los ingleses. Allí, los jugadores se exhibieron con una bandera que rezaba «Las Malvinas son Argentinas».
Este último gesto desarmó por completo la narrativa que acusaba al plantel de «desclasado» o «norteamericanizado». Demostró la diferencia entre el nacionalismo de cotillón ideológico y el sentimiento soberano que une a todos los habitantes del país sin distinción de banderas políticas.

