En una jornada marcada por el paro y el debate en Diputados por la reforma laboral, a diferencia de lo ocurrido en las avenidas porteñas, donde la actividad se vio recortada por el despliegue de las columnas gremiales y el vallado oficial, en la ciudad de Corrientes la postal fue la de una parálisis por diseño.
Los medios de Buenos Aires insistieron en relatar un país «clausurado» por el descontento, pero la crónica local cuenta una historia distinta: los comercios del microcentro abrieron, los empleados quisieron llegar, pero la falta de transporte público -urbano, de media y larga distancia- actuó como un cepo que los obligó a utilizar otros medios y gastar incluso más dinero (remises, Uber, o en nafta para sus propios vehículos).
En Corrientes, el paro no se «sintió» en las fábricas ni en las oficinas por una decisión deliberada de los trabajadores de quedarse en casa, sino que los hizo anticiparse a sabiendas de que la UTA, prácticamente de forma periódica, aplica una retención de servicios por diferentes motivos. Una realidad que yageneró una especie de sistema inmune para los correntinos, aunque en las últimas décadas, pareciera haber quedado instalado que el derecho a la protesta suele confundirse con la imposibilidad de movimiento.

