Para Nathalia Rodríguez la danza no es una disciplina ni un escenario: es respiración. «Yo lo único que sabía desde un principio era que quería bailar», dijo, y en esa certeza temprana se condensa una vida entera dedicada al movimiento, la enseñanza y la construcción cultural en Corrientes. Todo lo demás, la gestión, la docencia, llegó después, «por añadidura», como si el cuerpo hubiera ido abriendo caminos que la razón todavía no alcanzaba a nombrar.
BAILAR DESDE
LA RAÍZ
Su vínculo con el baile comenzó a los cuatro años, cuando su padre la llevó a su primera clase. Desde entonces, la danza se volvió una forma de estar en el mundo. Pero también una herramienta para despertar a otros. «Como maestra no doy nada: yo veo y te recuerdo lo que ya sabés que tenés adentro», explicó. En su mirada pedagógica, el aula es un espacio de espejos: el alumno se descubre, y el docente aprende en ese mismo gesto. «Yo aprendo más enseñando de lo que el alumno cree», afirmó, y en esa frase se revela una ética del arte como intercambio y transmisión.
GITANE:
DE SUEÑO A HOGAR
DE ARTISTAS
Ese espíritu es el que atraviesa a la Fundación Gitane, un hogar de artistas. Su origen es íntimo, casi mínimo: una infancia en San Luis del Palmar, el negocio familiar, horas detrás del mostrador y una imagen que se repite en una caja de cigarrillos franceses, Gitanes: una bailarina en movimiento. «Yo soñaba con ser esa bailarina», recordó. Años después, ese deseo infantil se transformó en nombre, en escuela y en proyecto colectivo. Gitane quedó. Aunque genere preguntas, aunque sea controvertido. Porque también la historia personal, comentó Nathalia, puede ser transformadora.
Hablar de danza en su generación implicó, además, hablar de obstáculos. Creció en una época donde el arte no era visto como profesión, sino como hobby; donde la formación exigía viajar, invertir, insistir. «Antes tenías que decidirte de verdad, porque eso iba a ser trabajar para eso», conmemoró. No había redes, ni accesos inmediatos, ni validación social. Había voluntad. Y trabajo. Mucho trabajo. Esa dificultad, lejos de desalentar, fortaleció. «Nos probamos en la voluntad», resumió.
SIN ETIQUETAS
Consultada sobre su lugar como mujer en el ámbito cultural, Nathalia se mantiene firme. Nunca pensó su recorrido desde el género, sino desde la acción. «Yo trabajé, trabajé y no claudiqué», dice. Su recorrido incluye escenarios, docencia universitaria, gestión cultural y formación en turismo, siempre atravesada por el arte y el movimiento constante de un alma que no se conforma, ambiciosa y lista siempre para darlo todo. Hoy coordina, produce, crea y sigue enseñando, sin perder el eje: estar donde esté su alma.
lugar
de creación
No habla de metas pendientes ni de un futuro idealizado. «Todo y nada», respondió cuando le preguntaron qué le queda por hacer. Prefiere el presente, el evento que está armando hoy, el detalle que todavía puede mejorar. Compite consigo misma. Y sigue. Porque para ella, el arte no es promesa: es práctica.
vale la pena
recordar
A quienes recién empiezan, les dejó un consejo que atraviesa generaciones: no boicotearse. Estudiar, formarse, trabajar. Entender que la voluntad pesa más que el talento y que el «no puedo» siempre puede transformarse en un «lo voy a intentar». «Lo único que llevamos es lo que sabemos», dijo. Y quizás por eso sigue bailando: para no olvidar que el cuerpo también piensa, siente y construye cultura.
práctica
cotidiana
En tiempos donde la cultura muchas veces se mide en resultados y no en procesos, la historia de Nathalia Rodríguez recuerda algo esencial: que el arte no es un lujo ni un adorno, sino una forma de estar en el mundo. Que el cuerpo también piensa, también recuerda, también construye sentido colectivo. Y que, mientras haya alguien dispuesto a moverse para no olvidarlo, la danza seguirá siendo una manera profunda y necesaria de hacer cultura.

