El primero fue un niño que causó admiración por su resistencia en una caminata de cientos de kilómetros. El segundo, un hombre que sobrevivió a una gravísima lesión en la cabeza. Ambos casos llegaron a los oídos de los reporteros del semanario, quienes relataron estas hazañas para los lectores de todo el país.
Hace poco más de un siglo, tener un espacio en el semanario Caras y Caretas era un privilegio al que muchos aspiraban. La publicación de interés general fue una de las pioneras en implementar el fotoperiodismo y su llegada a distintas partes del país la convirtieron en un éxito en ventas con miles de lectores. Y, mientras algunos pagaban por mostrarse en sus páginas, otros se lo ganaban por alguna hazaña o anécdota del que participaron. Ese fue, por ejemplo, el caso de dos correntinos que tuvieron su momento de fama en dos números de la revista por los hechos insólitos que protagonizaron.
El primero fue un niño de doce años llamado Alfredo Donamaría que, en 1902, caminó desde la capital correntina hasta la ciudad de Concordia, en Entre Ríos. De él destacaron sus «piernas de quebracho» y la pequeña crónica que acompañaba su fotografía publicada el 26 de marzo de ese año aplaudía su gran hazaña.
«Veintiocho días, caminando sin cesar, a excepción de las horas de siesta, ha necesitado para salvar las 110 leguas que más o menos separan a los dos puntos: y habiendo salido el 8 de febrero a las 3 de la mañana, llegó a su destino con total felicidad el 14 de marzo. Por todo alimento cargó con dos kilos de galleta, y durante el camino, como llegara a encontrarse escaso de provisiones, celebró sus arreglos con cuadrillas de trabajadores y siguió tan campante», relató el cronista.


En su caso, la narración sobre este pequeño correntino, cerraba con una pregunta: «¿A dónde llegará este muchacho con el andar de los años, si ya a los 12 ha caminado tanto?».
Después de esta publicación ya no hay un registro de qué pasó con la vida de este niño. Pero lo cierto es que gracias a su aventura, su imagen quedó plasmada para la posteridad.
DE NO CREER
El otro correntino que llamó la atención de un cronista del semanario se llamaba Sixto Navarro y aunque protagonizó un hecho no tan feliz, su caso provocó asombro en la comunidad a principios de abril de 1920. Este hombre, que entonces tenía 38 años fue víctima de un brutal ataque que, por poco, no le costó la vida y el titular de la nota que acompañaba sus fotografías remarcaba: «Un caso asombroso».
Sixto era un correntino que vivía en Resistencia, Chaco y días antes de la publicación había participado de una violenta riña. Fue producto de esta pelea que su contrincante le clavó un cuchillo de gran tamaño en la cabeza. Una lesión de extrema gravedad, que aun así, según narró el reportero, no hizo caer al hombre. «Un hecho que, por sus extraordinarias características, merece los honores del comentario», decía la crónica.
«El arma medía unos 35 centímetros, teniendo, por consiguiente, un peso relativo. Fuele arrojada al azar y penetró cinco centímetros, tocando la masa encefálica», describió el cronista. Pero el hecho no terminó ahí, lo que causó asombro fue lo que siguió: «El herido anduvo a pie casi seis cuadras hasta tomar un coche, presentándose a la Asistencia Pública, pidiendo se le curase».
«Ni el practicante ni los enfermeros pudieron arrancar el arma incrustada, hasta que llegó el doctor Hugo Zolezzi que le atendió, y, con todas las precauciones para asegurar la inmovilidad al herido, se la hizo extraer mediante enérgicos tirones. La punta del cuchillo dejó un pequeño fragmento en el interior de la herida, y Navarro declaró que no sufría», agregó el corresponsal.

El relato completa con una también asombrosa curación del herido, lo que llamó todavía más la atención del corresponsal. «El herido está en vías de completa curación, y no ha tenido alteraciones de ningún género. Este suceso que ha tenido la virtud de ser comentario emocionante aquí durante muchos días, dará lugar a un análisis especial por parte de los médicos que lo han asistido». anticipó su relato y también lo completó con una duda acerca de la naturaleza de este correntino: «Su impasibilidad hace pensar si es que carece de sensibilidad, pues es incomprensible no se rindiera ante el atroz dolor que debió causarle la herida».
Al igual que con el niño caminante, de Sixto no se volvió a saber más nada, pero su resistencia fuera de lo normal le dio un lugar impensado en el semanario por el que muchas familias acaudaladas pagaban fortunas para que escribieran de ellas.

