Un usuario de Facebook compartió fotos de una de las fábricas que funcionaron en la ciudad y destrabó la nostalgia de muchas personas que relataron anécdotas sobre lo que hacían para poder conservar el frío.
Por Noelia Irene Barrios
EL LIBERTADOR
«Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo». Con ese comienzo para Cien años de soledad, el escritor y periodista, Gabriel García Márquez tal vez, sin saberlo, grabó para la posteridad un recuerdo popular que todavía despierta nostalgia en la gente de más edad.
Es que, hasta no hasta hace mucho, cuando las heladeras eran lujo para unos pocos, el cristal helado era un producto muy deseado que causaba admiración en la población. Especialmente, en lugares como Corrientes, donde el calor que azota los veranos vuelve imprescindible su alivio refrescante.

Hace unos días, Alberto Benicio Rivero Díaz, administrador del grupo de Facebook: Fotos Antiguas Corrientes Capital, compartió una par de imágenes de una de las fábricas de hielo que funcionaron en la Capital a mediados del 1900. Con una breve referencia, las fotografías desbloquearon los recuerdos de seguidores de la página que comentaron anécdotas de cuando se hacían filas para comprar los bloques congelados y los artilugios que debieron implementar para conservarlos un poco más de tiempo.
Las fotografías compartidas por Rivero Díaz, muestran a la vieja fábrica de hielo La Correntina, una construcción que data de 1930 y se encuentra sobre la avenida Vera al 1.300. Catalogada en el inventario de Bienes Inmuebles de Valor Patrimonial, la fachada de la estructura todavía luce hoy su nombre original. Pero también se menciona que hubo una firma competidora dedicada al mismo rubro a la cual se nombra como La Blanca. Y, en otra publicación nombran a la Fábrica de Hielo Maipú, de Emilio Verellen, que funcionó durante muchos años por esa avenida, en la esquina con la calle Las Heras. En este lugar también se producían sodas que se comercializaban en envases de vidrio.
INGENIO
Cuando el hielo todavía no se fabricaba, se lo transportaba en barcos que traían los grandes bloques de las regiones más frías. La tarea de distribución era un trabajo contrarreloj en el que los obreros debían cortar el hielo, cubrirlo y repartirlo lo más rápido posible para que llegue a los consumidores.


Con la inauguración de las primeras fábricas las distancias se acortaron, pero aún era un desafío la conservación de los bloques que, por lo general, se compraban en mayor cantidad para las fiestas de fin de año y distintos eventos importantes. Entonces, para que las barras no se derritan, las familias tuvieron que usar el ingenio.

«Para Navidad mi viejo me enviaba a comprar una barra lo traía en mi bicicleta atrás con bolsas de arpillera y ponía en un tambor de hierro con aserrín para que mantenga frías las bebidas por lo menos para esa noche de fiesta», recordó Rivero Díaz en su publicación. «Hace décadas que no veo una barra de hielo, cubiertas de aserrín duraban una barbaridad, era común su uso en las fiestas familiares hasta que llegó la bolsa de rollito que era más práctica a pesar que se derrite con mayor facilidad»; «Qué lindo recuerdo cuando todos íbamos a comprar para las fiestas con bici, carretilla o carros»; «También se repartía con carros y caballos, con una caja de chapa y bolsas de arpillera», le respondieron.


En otra publicación, un usuario recordó: «Las barras ya en la casa, se dividían: un poco para uso directo en la bebida y la otra parte mayoritaria se ponía en un tacho metálico, palangana de zinc o en una pileta de cemento con sal y a veces aserrín para alargar la duración del frío, en el agua salada se depositaban las botellas».
Muchos coincidieron en el uso de esos tachos, y otros rememoraron también que en existían unos muebles con dos compartimentos, uno superior recubierto de un metal, donde se colocaba el hielo para su conservación, así el frío corría hacia el inferior, donde se ponían las bebidas a enfriar.
La llegada de las heladeras y los congeladores domésticos cada vez más sofisticados borró para siempre la adrenalina de correr contra el tiempo para no perder el frío. Un recuerdo que ya pocos conservan de la maravilla que una vez fue aquella época remota en que, como relató el escritor colombiano, Corrientes conoció el hielo.
