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    Sociedad

    Una corona que no es una joya

    22 de noviembre de 2025
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    Por Domingo Salvador Castagna,
    Arzobispo emérito de la Arquidiócesis de Corrientes *

    Su autoridad es servicio y suprema pobreza.
    La corona con que Cristo fue reconocido como Rey, no es una joya elaborada con oro y piedras preciosas, sino con espinas. Su autoridad es servicio y suprema pobreza. Su dominio es el amor, que escapa al poder con el que los hombres se adueñan de quienes pretenden gobernar. Para Cristo, «Rey y Pastor» son términos identificables. Jesús es el Buen Pastor que da su vida por las ovejas y, en el ejercicio de su misteriosa realeza, muere por quienes gobierna. La versión cristiana de la realeza es el pastoreo. Cristo es el verdadero Rey, su trono es la Cruz y el estilo de su gobierno es el servicio o el amor que lo da todo. Concluimos el año litúrgico, que logra su zenit en la Pascua. Por su Muerte y Resurrección alcanza la edificación de un Reino «que no es de este Mundo»: «Mi realeza no es de este mundo. Si mi realeza fuera de este mundo, los que están a mi servicio habrían combatido para que yo no fuera entregado a los judíos. Pero mi realeza no es de aquí». (Juan 18, 36) Cristo es un Rey que no vino a ser servido sino a servir. He ahí su misión de Señor y Maestro del Reino (de su Pueblo). El Hijo de Dios, nacido como el Hijo del hombre, del seno virginal de María, se constituye en el Hombre que Dios quiere de todos los hombres. Es Quien enseña a los hombres a ser hijos del Padre y hermanos entre ellos. Su dominio real otorga, al más deteriorado de los hombres, la capacidad de lograr ese ideal de vida. A Cristo le costamos sufrir el tormento inexplicable de la Cruz. Su dominio real se asienta sobre su Encarnación, Pasión y Muerte. Ese Misterio, cumplido en la Pascua, está definitivamente presente en la Vida de la Iglesia. Es celebrado en cada Eucaristía y, de esa manera, se construye el Reino de Dios. ¡Qué poca materia gris, la de los más prestigiosos intelectuales, cuando se trata de comprender lo que hace Dios en los corazones! Lo entienden los humildes, que escuchan con docilidad lo que Jesús les transmite. Son los «pobres de corazón», aunque deban administrar cuantiosos bienes económicos.

    1. Un pueblo contradictorio.
      La expresión más dolorosa de su crucifixión es la humillación, causada ante un pueblo, espectador contradictorio: «El pueblo permanecía allí y miraba. Sus jefes, burlándose, decían: «Ha salvado a otros: ¡que se salve a sí mismo, si es el Mesías de Dios, el Elegido!» (Lucas 23, 35) El entorno impiadoso que pide su crucifixión no parece estar constituido por el pueblo que lo aclama durante su entrada triunfal en Jerusalén. Dos expresiones de un pueblo que «permanece y mira». Del mismo nacerá un hombre nuevo: «creado a imagen de Dios en la justicia y en la verdadera santidad». (Efesios 4, 24) Cristo capitanea ese nuevo pueblo, como Rey y Señor. Lo hace en virtud de su Muerte y Resurrección. Su Iglesia hace visible ese Reino y destaca su predominio en la historia. Su título definitorio es: «Nuestro Señor Jesucristo, Rey del Universo». Nada escapa a su dominio y, por lo mismo, nada es ajeno a su influjo salvador. Debemos lamentar la ausencia de conciencia de esta realidad sobrenatural. Aunque el mundo no parezca creer en este Misterio asombroso, no deja de ser real su gravitación en el transcurso de la historia. Hacerlo consciente constituye una exigencia ineludible para quienes se proponen llegar, en medio del asedio des personalizador del mundo, a una auténtica humanización. Cristo es el Hombre perfecto, al que todo hombre está destinado ser. No corresponde a una visión antropológica optativa. El ser humano encuentra en Él su modelo único a imitar. Todos los valores, que hacen del hombre un «hombre», están en Cristo en su estado de perfección. Es Rey constituyéndose en modelo imitable de sus gobernados. En alguna ocasión Jesús exhorta a sus discípulos a imitarlo: «Carguen sobre ustedes mi yugo y aprendan de mí, porque soy paciente y humilde de corazón, y así encontrarán alivio». (Mateo 11, 29) Al presentarse como ejemplo a imitar, responde a la verdad que los seres humanos deben alcanzar si desean lograr la felicidad. Los hombres, librados a sus frágiles posibilidades, pierden el rumbo y se desorientan. Cristo no se limita a decirles cómo deben ser, les indica formas concretan de serlo. Un Rey que va al frente, que se deja masacrar para hacer del amor el primer mandamiento y ley suprema de su Reino. El Apóstol San Juan se constituye en el expositor de esa legislación del Reino de Cristo. Quienes actúan al margen de la misma se convierten en delincuentes y merecedores de ser excluidos de su Reino.
    2. La Ley en la que se cumplen todas las leyes.
      El Amor es la Ley suprema, con la que se cumplen todas las leyes y profecías: «El amor es la plenitud de la Ley». (Romanos 13, 10) Para ser buenos ciudadanos del Reino de Cristo, debemos amar a Dios con todo nuestro ser y al prójimo como Él nos ama. El odio, la indiferencia y todas las manifestaciones del egoísmo, convierten, a quienes los encarnan, en verdaderos delincuentes. Transgredir la Ley, que regula el comportamiento cristiano, merece la sanción establecida. En el Reino de Dios, el mínimo acto deliberado, que atente contra la caridad, sitúa – a quienes lo cometen – al margen de la Ley. El que no ama a sus hermanos, no ama a Dios, y se constituye en un malhechor, si pretende declararse cristiano. Para expresar nuestro amor a Dios y a nuestros hermanos, será preciso un compromiso de vida. Jesús indica cómo lograrlo: «Señor, ¿cuándo te vimos hambriento o sediento, de paso o desnudo, enfermo o preso, y te hemos socorrido? Y él les responderá: Les aseguro que cada vez que no lo hicieron con el más pequeño de mis hermanos, tampoco lo hicieron conmigo». (Mateo 25, 37-39) El amor a Dios compromete nuestro servicio a los hermanos más pobres y necesitados. Así lo entienden los santos, al comprobar que el amor sin obras es incomprensible e inoperante. La ascesis cristiana consiste en la práctica del amor. Es el más puro y angelical «hacer el amor». Así no lo entiende el mundo frívolo y farandulero del espectáculo. El contagio en el pueblo es inevitable. Es preciso seguir a San Juan y reemplazar, en el pensamiento y el hábito, lo que el mundo inspira de lo que el Apóstol enseña. Para ello, será urgente ese cambio de parámetros, y configurar un comportamiento superador de las formas comunes del amor y de la amistad. Tomar en serio la práctica de la caridad ofrece la oportunidad de alcanzar la heroicidad o la santidad. Es cierto que la santidad – la heroicidad de las virtudes cristianas – es obra de la gracia. No obstante, es imprescindible la generosa disponibilidad de una voluntad humana, dócilmente rendida a la misericordia divina. El esfuerzo ascético, que precede a la acción de la gracia, requiere un consentimiento sostenido, a pesar de la debilidad de la carne: «Estén prevenidos y oren para no caer en la tentación, porque el espíritu está dispuesto, pero la carne es débil» (Mateo 26, 41).
    3. El buen ladrón.
      En el último párrafo del texto de San Lucas aparece la historia conmovedora del buen ladrón. Cristo manifiesta su poder de Rey y Señor redimiendo de situaciones de extrema gravedad. Dimas ha sido condenado a la crucifixión no por lo santo que debiera ser sino por lo delincuente que es. Él mismo lo reconoce: «Uno de los malhechores crucificados lo insultaba, diciendo: «¿No eres tú el Mesías? Sálvate a ti mismo y a nosotros». Pero el otro lo increpaba, diciéndole: «¿No tienes temor de Dios, tú que sufres la misma pena que él? Nosotros la sufrimos justamente, porque pagamos nuestras culpas, pero él no ha hecho nada malo». (Lucas 23, 39-41) El Evangelista los califica como «malhechores». De esa manera manifiesta que la conversión de Dimas es radical y el primer fruto de la Muerte redentora de Jesús. Es un diálogo conmovedor en el que el pecador acepta la consecuencia de sus pecados y pronuncia su acto de contrición perfecta: «Jesús, acuérdate de mí cuando vengas a establecer tu Reino». Él le respondió: «Yo te aseguro que hoy estarás conmigo en el Paraíso». (Lucas 23, 42-43) El deseo honesto de estar con Él, en su Reino celestial, constituye el más simple y humilde acto de amor a Quien lo ama hasta morir en la Cruz.
    • Homilía del domingo
      23 de noviembre.

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