Absurda pareció la idea de Quintela de tener por una cumbre con efecto ordenador a una convocatoria que quería mostrar a Axel Kicillof con Máximo Kirchner. Error de cálculo o desconocimiento de la realidad que vive el peronismo. No sería ni a escala provincial, ni menos nacional, así como hubiera implicado un fuerte golpe a la posibilidad de buscar un PJ con vocación ganadora. La política suele alimentarse de símbolos, pero, cuando las diferencias de fondo son insalvables ni la liturgia, ni las mejores intenciones alcanzan para montar una escenografía de paz.
El gobernador riojano, Ricardo Quintela, intentó confeccionar el milagro diplomático: convocar a un homenaje al cura Enrique Angelelli para lograr la postal del reencuentro entre Axel Kicillof y Máximo Kirchner. Sin embargo, el banquete de la unidad se quedó sin su invitado principal. De hecho, estas cosas no se hacen: mezclar un evento de un homenaje con intencionalidad política partidaria.
La ausencia con aviso -pero de profundo peso político- de Kicillof en La Rioja no fue un contratiempo de agenda. Fue una definición doctrinaria. El episodio funciona como el caso testigo de un Partido Justicialista atravesado por un temblor tectónico: la imposibilidad manifiesta de construir una síntesis nacional mientras persista la pretensión de subordinar las decisiones a la conducción tradicional del Instituto Patria y sostener un esquema de «doble comando».
«DIPLOMACIA DEL FALTAZO»
Consciente de que un desplante total a Quintela resentiría la alianza que ambos mantienen como núcleo duro de oposición a las políticas de Javier Milei, Kicillof envió a La Rioja a su jefa de asesores, María Cristina Álvarez Rodríguez. Cumplió con la cortesía institucional, pero dinamitó la pretensión del «frente unido» en la foto.
En los últimos días, Máximo dio un giro de 180 grados al volver sobre sus pasos y expresar que no tenía problemas en dialogar, bajando algo más que un cambio de su posición originaria que hizo pública al salir a caminar, con poco éxito, el país levantando la candidatura de Cristina.
Mientras en el Norte, el «camporismo» buscaba una postal de acercamiento que en la práctica habría tenido un efecto anestésico sobre las aspiraciones del bonaerense, Kicillof movía las fichas en otra provincia. En paralelo al plenario riojano, envió a su ministro de Gobierno y armador político, Carlos Bianco, a la provincia de Entre Ríos.
Junto a figuras de su riñón como Andrés «Cuervo» Larroque y Walter Correa, Bianco avanza en la construcción territorial del Movimiento Derecho al Futuro. El mensaje cifrado para la conducción del PJ es inequívoco: el armado federal hacia 2027 ya no pide permiso ni requiere el sello de aprobación de La Cámpora.
Sin doble comando
El faltazo de La Rioja no es un hecho aislado, sino parte de una secuencia premeditada. Días atrás, Kicillof aplicó la misma medicina en la provincia de Buenos Aires: no asistió al homenaje a Eva Perón convocado en Moreno por la intendenta, Mariel Fernández, un acto pensado como vidriera para el jefe bonaerense de La Cámpora y para una decena de alcaldes del Conurbano que juegan en la liga de la sucesión provincial -entre ellos Federico Otermín (Lomas de Zamora), Federico Achával (Pilar) y Gustavo Menéndez (Merlo)-.
En lugar de someterse al libreto ajeno, el Gobernador optó por encabezar su propia agenda en La Plata junto al intendente Julio Alak. La maniobra responde a una urgencia que trasciende las fronteras bonaerenses y que encuentra eco en dinámicas de reconfiguración institucional en otras provincias: eliminar de raíz la noción del «titiritero» o del doble comando. Para Kicillof, la legitimidad de la gestión no se comparte ni se negocia en despachos partidarios.
Un peronismo sin brújula
A pesar del llamado retórico de Máximo Kirchner a mantener la estructura unificada bajo el paraguas del liderazgo de Cristina Kirchner, la realidad territorial muestra una dinámica que va por otro lado.
Los gobernadores y los espacios emergentes del peronismo perciben que insistir con la centralidad de la ex Presidente impide la renovación y condena al espacio a ser una fuerza de resistencia regional antes que una alternativa nacional de poder.
Se interpreta que la única intencionalidad de la ex Presidente es afectar una alternativa que pueda ofrecer el peronismo.
La fallida cumbre de La Rioja ratifica que la «pax peronista» no está a la vuelta de la esquina. La unidad del PJ Nacional ya no es una cuestión de sentarse a sonreír para una cámara; es un choque de modelos sobre quién conduce el barco y cómo se construye el futuro opositor en la Argentina.
Tienen en claro
El peronismo nacional tiene en claro que:
1) Cristina no debe tener centralidad, obviamente no avalar la pretensión de impulsarla como candidata a Presidente.
2) Menos imaginar que va a conducir políticamente la campaña electoral del candidato peronista.
3) No avalará, como slogan, el «Cristina libre».
4) El candidato a Presidente, en caso de ser electo, tendrá la potestad del manejo de la botonera del poder, eliminando la idea del doble comando.
5) Que la unidad no pasa por una foto, sino por el peso propio que los aspirantes logren en la legitimidad del reconocimiento de la gente como opción al Gobierno.
6) Que no debe repetirse la idea de que el candidato, sea Axel o quien sea, debe recibir el visto bueno de San José 1.111.
El peronismo bonaerense tiene en claro que:
1) Máximo debe recuperar legitimidad si pretende seguir como diputado nacional, desde la propia Provincia de Santa Cruz.
2) Tanto la Gobernación como la primera diputación nacional de Buenos Aires debe ser, y surgir, desde el conjunto de los intendentes, síntesis del poder territorial.
Lo que le queda claro a Axel:
1) La idea de no confrontar apostando a proyectar su nombre a escala país y de crecer como la expresión más nítida desde la oposición.
2) Apuntar a mostrar identidad propia.
3) No visitar a la ex Presidente por la inconveniencia política, en términos electorales, para que no quede instalada la idea de que pueda aceptar compartir el liderazgo o terminar siendo visto como el candidato de Cristina.
4) No otorgar a Máximo la jerarquía como para un diálogo de igual a igual, sabiendo el resquemor que existe en el conjunto de intendentes que son la base de su poder.
Contrataque de Máximo
Sin la presencia de Kicillof en La Rioja, Máximo Kirchner aprovechó el escenario para subir la apuesta y lanzar una nueva embestida mediática para entronizar a su madre. «Nuestra candidata es Cristina», repitió el Diputado nacional, intentando obturar de antemano cualquier discusión interna sobre las candidaturas de cara al futuro.
En su intervención, Kirchner alternó pasajes emotivos con filosas críticas hacia la conducción bonaerense. Al visitar una fábrica textil cerrada en suelo riojano, deslizó un disparo por elevación al propio Sillón de Dardo Rocha: «Ver esa fábrica en silencio, algo que pasa en muchos lugares también del Conurbano de la provincia de Buenos Aires, es la vida del pueblo», lanzó el jefe camporista, marcando deficiencias en la gestión de Buenos Aires.
Llamó a evitar la «balcanización» del espacio: «Nos quieren separar por provincias (…) pero hay una bandera que nos une y esa bandera la debemos proteger. Si nos parten, les vamos a hacer muy fácil el trabajo a Milei».
Lo que queda en claro es que la pretensión de Máximo, si fuera cierta, la deberá canalizar por fuera del peronismo, reeditando Unidad Ciudadana, aunque en los hechos el «cristino-camporismo» carece de estructura tanto provincial como nacional para una empresa de estas características, más cuando Cristina no tiene ninguna posibilidad de competir por estar fuera del padrón con una inhabilitación perpetua que, habiendo sido dispuesta por el más alto Tribunal de la Nación, no es susceptible de modificación.

