Cansancio extremo, zapatillas empapadas, pasos hundidos en el barro y una oscuridad casi absoluta. Eso fue lo que encontraron miles de jóvenes que este fin de semana decidieron completar la tradicional travesía hacia la Basílica de Itatí por el camino rural conocido popularmente como el “atajo viejo”. La cuadragésima séptima edición de la Peregrinación juvenil convocó a unas 400 mil almas llegadas desde cinco provincias de la región, pero el tramo final de la fe se convirtió, una vez más, en una auténtica prueba de resistencia.
La lluvia que castigó a la zona durante el fin de semana expuso una problemática recurrente en la geografía rural correntina: el estado de los caminos de tierra y ripio. En este caso, las precipitaciones afectaron la Ruta Provincial N° 89, un trayecto de aproximadamente 10 kilómetros de ripio por donde ingresa el grueso de las columnas de devotos de la Virgen en su tramo final hacia el santuario de mayor devoción popular del nordeste argentino.


Con el agua, el ripio histórico se diluyó y dio paso a profundos surcos de barro y charcos de gran magnitud que dificultaron seriamente la transitabilidad impidiendo la circulación de camionetas 4×4, y ambulancias. A ello se le sumó otro factor crítico denunciado por quienes completaron la travesía: la falta de iluminación adecuada en el sector, un detalle no menor que incrementó el peligro y el desgaste físico de peregrinos que ya arrastraban horas de caminata desde la capital u otras localidades.

Pese a que el operativo oficial contemplaba puestos de asistencia a lo largo de la traza, los testimonios recogidos tras la llegada evidenciaron el malestar. Las quejas se replicaron entre quienes sintieron que las condiciones del camino superaron lo tolerable. Los reclamos llegaron a la redacción de EL LIBERTADOR, advirtiendo que «No se veía nada”, el barro les tomaba los pies y era fácil lastimarse en plena noche.

Si bien, algunos devotos expresaron su descontento y exigieron mayores obras de mantenimiento estructural en este acceso clave, otros interpretaron las dificultades como parte constitutiva de la ofrenda. Para muchos promeseros, el peso del lodo, la incomodidad y el frío de la madrugada pasada por agua se transformaron, en silencio, en una penitencia más profunda y cercana al sacrificio que la Madre Morena sabe recibir y recompensar.



