Por Domingo Salvador Castagna,
Arzobispo emérito de la Arquidiócesis de Corrientes *
- San Juan Bautista sabe quién es Jesús.
- Juan Bautista no deja de identificar al Hijo de Dios, aunque recorrerá, con sus discípulos, el camino que deben ellos recorrer para reconocerlo como el Mesías de Dios.
- El Bautismo solicitado por Jesús no encaja con su santidad. Así lo expresa el mismo Juan, al reconocer la dignidad de quien se sumerge en las aguas del Jordán, como un pecador entre los pecadores: «Juan se resistía, diciéndole: «Soy yo el que tiene necesidad de ser bautizado por ti, ¡y eres tú el que viene a mi encuentro!» (Mateo 3, 14).
- En aquel momento, nuestro Bautismo recibe su definitiva validez.
- El Señor, sin necesitarlo Él, constituye al nuevo Bautismo como logro final de la misión que encomienda a sus discípulos el día de la Ascensión: «Vayan, y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a cumplir todo lo que yo les he mandado. Y yo estaré siempre con ustedes hasta el fin del mundo» (Mateo 28, 19-20).
- No podemos ocultar la necesidad del Bautismo, cuando reclamamos la Vida Nueva que de él se desprende. Es deber, de quienes creemos, ser testigos de fidelidad a Quien nos redimió, antes de ofrecernos el Bautismo. Es lo que, sin duda, pensaba San Francisco Javier al evaluar su exigente ministerio. Enseñar y bautizar son inseparables. Como su Precursor, Jesús predica la Palabra, pero capacita para obedecerla. Lo imposible para los hombres es posible para Dios. Lo que los hombres no logran, con sus solas fuerzas, Cristo -con el concurso de su gracia- lo consigue a la perfección. La experiencia de los santos, deja de manifiesto la eficacia de la gracia. Basta la decisión, inspirada en el amor a Dios, para que se produzcan las mayores y más insólitas transformaciones. San Pablo y San Agustín constituyen pruebas innegables del impresionante cambio que causa la gracia de Cristo.
- Para ello, es preciso seguir el derrotero que ellos han emprendido. Se inicia en un saludable encuentro con la Persona de Jesús, como le ha ocurrido a María Magdalena. Algunos de ellos exhiben ribetes espectaculares, pero, en muchos más, se produce en el más oscuro anonimato. Dios obra en el silencio de los hombres, o en lo más oculto de los corazones que adoptan la pobreza y el ocultamiento social como nuevo comportamiento.
- La vida como regreso al Padre.
El humilde comportamiento de Jesús expresa su perfecta asunción de la condición humana, necesitada de reconciliación con Dios. Cristo, por su naturaleza divina, es constituido en el Dios que viene a buscar al hombre para reconciliarlo consigo.
No podemos comprendernos sino en relación con Dios, que nos participa su santidad, y nos adopta como hijos suyos.
Cristo, el Hijo del Padre, nos reconduce a la Casa familiar, abandonada por causa del pecado. La parábola del hijo pródigo es una fiel radiografía de la recuperación filial del hombre: el hijo que, gracias al Hijo de Dios, regresa -o puede regresar- a la Casa paterna, abandonada irresponsablemente.
El hombre es un trashumante a quien Dios Hijo busca para devolverlo a la vida familiar. No podemos pensar nuestra vida, sino como un regreso a Dios Padre, de la mano de Jesucristo. Quienes -por el Bautismo- somos, en Cristo, hijos del Padre y hermanos de todos los hombres, no podemos vivir nuestra existencia al margen -o en contra- de una auténtica perspectiva cristiana.
No es cuestión de formulaciones religiosas sino de la recta interpretación de una antropología derivada de la naturaleza humana.
El discurso ideológico, al que nos tiene acostumbrado el mundo pseudo intelectual, pierde su consistencia. Es preciso oponerle la Verdad, que se hace carne y se expresa como la Palabra de Dios encarnada y humanamente inteligible. Es la genial interpretación de San Agustín, que entiende a San Juan Bautista, como la voz «que clama en el desierto».
Hemos iniciado el año 2026, ámbito propicio para llenar unas páginas que esperan ser escritas con mayor esmero y prolijidad histórica. Es nuestra responsabilidad indeclinable. Cometeremos errores, pero no los que hayamos cometido antes.
El año 2025 ha sido un aprendizaje, en base a oportunas correcciones y saludables cambios de vida. Si los hemos asumido con humilde disponibilidad de auténtica conversión, habremos hecho aportes invalorables en la historia del mundo. De otra manera, nuestras irresponsabilidades habrán contribuido al dolor y a la desilusión de quienes más amamos. Si deseamos el bien para nuestras familias y para la sociedad, de la que formamos parte, es preciso mejorar nuestra personal aportación.
La Palabra de Dios, proclamada por la Iglesia, en su acción pastoral y evangelizadora, nos desafía a escucharla y obedecerla. La nueva etapa histórica nos reclama una generosa respuesta y nos invita a considerar el año 2026 como una tarea a cumplir con inteligencia y corazón abierto. - La Iglesia, como Cristo, es camino que conduce a Dios.
El mundo necesita que la Iglesia sea para él un camino despejado hacia Dios: ese Camino es Cristo. Es triste y doloroso que los mismos miembros de la Iglesia no consideren transitar como es debido ese único Camino que conduce al Padre.
Para ello, es preciso que todos los bautizados dejen que el Espírito de Pentecostés los revitalice, mediante los medios sacramentales que Cristo ha creado para ello. Son los siete Sacramentos, y la vivencia de la caridad, cuyo cumplimiento logra el de toda la Ley y los Profetas. Es el Espíritu que Cristo insufla sobre los Apóstoles, al encomendarles administrar el perdón de Dios: «Reciban es Espíritu Santo. Los pecados serán perdonados a los que ustedes se los perdonen, y serán retenidos a los que ustedes se los retengan» (Juan 20, 22-23).
Es en el perdón de los pecados, donde se concentra la fuerza del Ministerio apostólico.
Jesús, que vino a perdonar, quiere que la Iglesia, en la situación del mundo actual, despierte el arrepentimiento de los pecados y los perdone efectivamente. Perdón que cambia los corazones y establece nuevos parámetros que renueven la vida personal y social. Por lo mismo, el ejercicio de ese ministerio -de Jesús y de la Iglesia- debe ser origen y causa del cambio que urge hoy. Abandonar el mal, y reemplazarlo por el bien que debe regir hoy la vida de los hombres, es una necesidad de inmediata aplicación.
La necesidad, y la posibilidad de acudir a resolverla, es el drama contemporáneo, definitivamente condenado a la negación y al ostracismo. Aunque se incluya la voluntad del éxito temporal, la imprescidibilidad de la gracia ha merecido una atención continua, por parte de quienes se disponen a resolver en serio los más graves conflictos de la vida ordinaria. Cristo resuelve -es la solución- entre los ensayos frágiles de los más reconocidos empresarios e intelectuales. Cristo es la respuesta del Padre (de Dios) a la aflicción y a la desorientación que asedian hoy al mundo. Es preciso presentarlo como la Palabra que los hombres necesitan escuchar, tanto en la debilidad como en los más brillantes logros. Para ello, es la humildad la virtud que debe ser privilegiada, sobre los dones de la inteligencia y de la gracia misma.
Así lo entienden los santos, cuando se deciden por la fidelidad a la voluntad de Dios. El cumplimiento de la voluntad del Padre, constituye el principal motivo de la predicación de Jesús. Más aún, de la adopción familiar convierte a los creyentes en sus verdaderos parientes (madre y hermanos). - La osadía de la fe.
Es éste, un momento de tal gravedad, que merita la renuncia a toda otra opción que no sea Dios.
Para ello, será oportuno abandonar la timidez, que causa la soberbia de la vida y la concupiscencia de la carne.
Los cristianos pierden la osadía de la fe, cuando entibian -hasta su desaparición- la práctica de las virtudes cristianas y los valores evangélicos.
Es bastante común que, cuando se abandona el fervor, experimentado por los santos, aparezca una religiosidad aparente e incomprometida. Pero, cuando la fe impregna toda la vida, alimentada por la Palabra y los Sacramentos, la presencia cristiana se hace sentir y la historia cambia su rumbo.
El mundo necesita que la Iglesia -todos los bautizados- sea auténtico testigo del Evangelio. Es preciso repetir, por su vigencia, lo que ha dicho San Juan Pablo II: «El mundo actual necesita de los cristianos, el testimonio de la santidad». - Homilía del Domingo
11 de enero de 2026.

