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    Portada » La comunicación política como prédica
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    La comunicación política como prédica

    9 de enero de 2022
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    Por Mario Riorda

    El sociólogo Ervin Goffman, sin anestesia, afirmaba: «Creemos, por definición, desde luego, que la persona que tiene un estigma no es totalmente humana… construimos una teoría del estigma, una ideología para explicar su inferioridad y dar cuenta del peligro que representa esa persona, racionalizando a veces una animosidad». De esta manera, en una sociedad existen las personas normales y las estigmatizadas, las desacreditadas. Y quien no piensa como uno pasa a ser un estigmatizado. Parte del «ellos» o de las «otras».
    El discurso político está haciendo muchísimo para solidificar esa creencia ya que, por más pretensión de discurso negociado y dialógico que se imponga en la actualidad, la autoridad política sigue evidenciando una forma jerárquica con pretensión vinculante que reclama dependencia. Y esa dependencia al liderazgo genera una mirada estigmatizante hacia la oposición de ese liderazgo.
    Jürgen Habermas proclama una «coacción sin coacciones del mejor argumento» -lo que un modismo coloquial sería algo así como una fuerza no forzada de la racionalidad-. Implica que cada discurso tenga que «desempeñar» razones que apoyarían tal expresión. No aportar razones, vale decir, no justificar discursivamente cada proposición, representa una falta de índole moral.
    Desde esta concepción, el lenguaje es entendimiento. No se trata de concordar, se trata de argumentar, aún para discordar. La acción comunicativa de Habermas pretende alcanzar un acuerdo aceptable por los participantes e implica que cada uno de los participantes se comprometa a dar razones suficientes para defender la validez de sus afirmaciones cuando le son requeridas.
    El problema es que gran parte del discurso político contemporáneo ignora esta proposición y está orientada a la generación de identidad con un fuerte parecido con la predica religiosa antes que con un modelo deliberativo. Ello va tornando a la política jerárquica, celosa custodia de una palabra dada o incluso mesiánica, portadora de verdades reveladas.
    Con mucha polémica, Christopher Achen y Larry Bartel se preguntan en su libro «Democracy for realists. Why elections do not produce responsive government?» (Democracia para realistas. ¿Por qué las elecciones no producen gobiernos sensibles?), si quizás la democracia no esté en crisis, sino que sea «justa» porque su resultado realista es precisamente representar las parcialidades identitarias y la fe que la sociedad deposita en parte de sus élites.
    De hecho, sostienen, los ciudadanos son espejos de los partidos, no sus amos. Y provocan respecto a si los ciudadanos deben ser representados, no tan sólo gobernados. Y representar a quienes te votaron, es realista, máxime para quienes creen que no hay que dejar de tributar a quién concedió soberanamente el poder de origen.
    Entonces aquí aparece una verdadera contradicción: la dinámica de la identidad es, como los autores citados proclaman, realista. Útil. Posible. Y se vuelve cada vez más profunda, pero a la vez, más favorecedora de la polarización, más refractaria de los consensos, más provocadora de las diferencias y los estigmas.
    En otras palabras, la identidad política puede así parecerse más a una conversión religiosa por lo que algunas de las cuestiones políticas más urgentes dependen en gran medida de cuestiones de grupo con lógicas identitarias de membresía e identificación.
    Un tribalismo que define los agrupamientos y los discursos a través de híper-ideologización que garantiza un sólido aplauso y autocelebración de las afinidades, pero también rompe con la expansión consensuada y más ampliamente aceptada de una proposición que busque el entendimiento. El hallazgo clave de la teoría de la identidad social es que el compromiso político es profundamente moldeado, de principio a fin, por las identidades de grupo que creamos más destacadas. En nuestra percepción de la realidad política, nos involucramos en una cognición protectora de la identidad, interpretando el mundo de una manera que refuerza las creencias asociadas con la pertenencia a grupos particulares. La identificación de grupo es a menudo un buen predictor político.
    Los discursos potencialmente más impactantes están orientados directamente hacia la generación de identidades. Esto en si no es bueno ni malo. El estudio de ellos desde la homilética (rama teológica que estudia el discurso religioso), realizado por Rob Goodman y Samuel Bagg, identifica tres características claves de la prédica identitaria: incondicionalidad, su apelación a la autoridad y su difusa instrumentalidad.
    La incondicionalidad implica que los predicadores anuncian la verdad salvadora del mundo. Sólo hay una verdad. El liderazgo no se discute. La deliberación no forma parte de lo posible. Se busca la identificación para que el oyente responda: «Esa es mi historia también», pero desde un vínculo con la autoridad aceptada.
    La apelación a la autoridad es la dependencia de un texto o tradición autorizada, lo que pone un cierto freno a la libertad de acción. La línea discursiva es cerrada. No hay interpretaciones cómodas. Se acepta un combo y el ser parte implica defender todo y no claudicar en nada. La tibieza es una forma de herejía o impureza. Mientras más a los extremos los discursos, hay mucho menor disposición a ceder terreno a las opiniones.
    Y su difusa instrumentalidad. Los discursos funcionan más como una orientación hacia el mundo que una plataforma de políticas. Se trata más bien de una retórica epidíctica (discursos de «exhibición» en busca del lucimiento personal, de exageración de los talentos del hablante para ser elogiado).
    Visible exponente de la era de la protesta perpetua, esta oratoria no busca la deliberación, no insta a hacer algo, sólo alaba o censura. Apela al uso creativo de gestos, danzas y movimientos para encarnar el sermón. Casi siempre usando recursos narrativos de larga data como epopeyas, gestas heroicas, conflictos. También puede aproximarse a modos similares a expresiones modos de autoayuda, muy característico en la literatura de divulgación de la psicología positiva.
    Como ejercicio final, piense en los discursos dominantes -o más visibles- de las dos grandes coaliciones nacionales. Piense en las nuevas expresiones electorales libertarias. Verá que el texto no es abstracción, no se aleja de la realidad, más bien la describe.

    Publicado en el diario Clarín

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