Mientras el peronismo ensaya desde el Sur argentino un frente contra el modelo de Milei, el Gobernador bonaerense acelera su construcción federal para exhibir autonomía. En el espejo retrovisor aparece la figura de Cristina Kirchner, quien, recluida en su domicilio, pero aferrada a una conducción que ya no ejerce, observa cómo su otrora delfín teje alianzas propias frente a un liderazgo que, por primera vez en dos décadas, muestra signos de un agotamiento irreversible.
03-POLITICALa política, al igual que el clima en Ushuaia, suele ser implacable. Este 2 de abril, bajo el frío cortante del Sur, el peronismo no sólo fue a rendir honores a los caídos en Malvinas; fue a medir fuerzas. Y en ese tablero, Axel Kicillof dejó de actuar como el «mimado» de la Capital para empezar a moverse como un presidenciable con agenda propia. La foto en la Vigilia de Río Grande no fue una casualidad protocolar: fue un mensaje cifrado hacia Buenos Aires, y más específicamente, hacia el barrio de Constitución, con un mensaje claro que concuerda con la aspiración de todo el peronismo y que pasa por la necesidad de que Cristina encuentre su lugar, que no pasa precisamente por una centralidad que la realidad le niega.
Kicillof sabe que el tiempo de la tutela política se agota. Mientras Cristina atraviesa sus días detenida en su domicilio -una reclusión que es física, pero también simbólica-, se resiste a entregar la posta, convirtiéndose en un jarrón chino que incomoda a los que apuestan al tiempo que se viene, en el cual la unidad no pasa precisamente por las fotos viejas de realidades ya superadas, algo de lo cual Miguel Pichetto debe tomar nota.
Sin embargo, el «dedo» que durante años ordenó la fila, hoy quedó sin pulso. Fernández de Kirchner es vista como la responsable de que en las últimas ocho elecciones se hayan perdido siete, así como que el peronismo, que supo tener 18 gobernadores quedara con seis, y que el bloque de senadores, que supo tener quórum propio y mayoría, quedara reducido a 23.
El Gobernador bonaerense lo interpreta con pragmatismo: para sobrevivir a la era Milei, necesita diferenciarse. Hoy aparece como el único que se ha calzado el traje. Posiblemente pueda aparecer alguno más, pero para crecer hacia adentro y hacia afuera es necesario salir a caminar para adquirir identidad propia.
MUESTRA
MUSCULATURA
En Tierra del Fuego, Kicillof no se limitó a la liturgia. Tejió lazos con los intendentes locales, como Walter Vuoto y Martín Pérez, y se mostró en sintonía con el riojano Ricardo Quintela, otro de los «insurrectos» que busca un federalismo que no pase necesariamente por el filtro de La Cámpora. El dato no es menor: mientras Axel caminaba el barro fueguino, Máximo Kirchner se quedaba en La Paternal inaugurando un mural. La distancia no sólo fue geográfica, sino conceptual. Máximo representa lo que el peronismo ya no quiere. Los acuerdos de superestructura o el dedo de su madre ya no sólo no pesan, sino que han pasado a ser una mochila que le da cartel al discurso «mileista».
CAMPORISTAS
CIRCUNDANTES
La interna es feroz y ya no se oculta. La presencia de Mayra Mendoza en los actos del Sur -enviada como «comisaria política» y señalada por el cristinismo como la posible sucesora de Kicillof en 2027- funciona como un recordatorio de que Cristina no se resigna a soltar el bastón sin dar pelea, aunque no tenga con qué. Para la ex mandataria, el crecimiento de Axel es una daga de doble filo: es el único que retiene votos, pero es también quien amenaza con cerrar el ciclo del «Cristina eterna».
Kicillof, sin embargo, ya empezó a mirar «afuera del alambrado». Los contactos subterráneos con sectores del radicalismo bonaerense y las reuniones de su mano derecha, Carlos Bianco, con figuras como Emilio Monzó, confirman que la estrategia de expansión es real.
Hacia el año que viene
El Gobernador ya no se conforma con administrar la «patria chica» bonaerense. Busca liderar el frente anti Milei con una lógica de construcción horizontal. Sabe que para ello debe despegarse del discurso «cristinocamporista» no sólo para tener competitividad electoral en un balotaje, sino -antes- para tener fuerza dentro del propio peronismo en el cual hay conciencia de un cambio de época.
El escenario para 2027 todavía está lleno de nubarrones, pero algo quedó claro en esta travesía austral: el peronismo está entrando en una fase de pos kirchnerismo de hecho. Kicillof ya no espera el permiso de Cristina, que ha perdido la capacidad de garantizar victorias. La pelea por el bastón de mando ya comenzó y, por primera vez, el heredero parece estar dispuesto a quedárselo por mérito propio y no por herencia recibida.
Máximo, en tanto, prepara su retirada hacia Santa Cruz desde donde espera, al menos, lograr su reelección como diputado nacional que, en este contexto, pareciera más que difícil lograrla en la provincia de Buenos Aires.

