Irán nombró a Ahmad Vahidi -sobre quien pesa una alerta roja de Interpol desde 2007 por el atentado de 1994 en Argentina- como nuevo comandante en jefe del Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica. Esto ocurrió tras el ataque conjunto de Estados Unidos e Israel que provocó la muerte del líder supremo, Alí Jameneí, y de otros altos funcionarios, entre ellos el jefe del Estado Mayor, Abdolrahim Mousavi.
04-POLITICAIrán designó al general de brigada Ahmad Vahidi como nuevo comandante en jefe del Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica, en reemplazo de Mohammad Pakpour, quien murió en los ataques conjuntos perpetrados por Estados Unidos e Israel contra territorio iraní. La decisión fue confirmada por el régimen de Teherán en un contexto de profunda conmoción institucional, tras una operación que, según la información difundida, sorprendió a la estructura defensiva del país y alteró de manera drástica su cúpula política y militar.
La designación de Vahidi adquiere especial relevancia en la Argentina, donde su nombre está vinculado a la investigación del atentado contra la Amia ocurrido en 1994, que dejó 85 muertos. Sobre él pesa una alerta roja de Interpol desde 2007, luego de que la policía internacional aceptara el pedido argentino para establecer notificaciones contra ex y actuales funcionarios iraníes acusados en la causa. El Gobierno de Javier Milei solicitó su detención en 2024 y Estados Unidos también reclama su captura.
Vahidi reemplaza a Pakpour, fallecido durante la ofensiva combinada de Washington y Tel Aviv. La muerte del jefe de la Guardia Revolucionaria se inscribe en una secuencia de bajas de alto nivel confirmadas por el régimen iraní, que incluyó al líder supremo Alí Jameneí, al jefe del Estado Mayor de las Fuerzas Armadas, general de división , Abdolrahim Mousavi, al ministro de Defensa, general Aziz Nasirzadeh, y al secretario del Consejo de Defensa, Ali Shamjani.
Tras la muerte de Jameneí, el ayatolá Alireza Arafi, de 66 años, fue designado como tercer integrante del consejo interino que asumió la conducción del país. Arafi, jurista del Consejo de los Guardianes, integra ese órgano junto al presidente Masud Pezeshkian y al jefe del Poder Judicial, Golamhosein Mohseni Eyei, en una estructura provisoria destinada a garantizar la continuidad institucional.
Vahidi, además de su nuevo rol al frente de la Guardia Revolucionaria, fue ministro del Interior en 2021 y figura entre los principales señalados por la Justicia argentina como autor intelectual del atentado contra la Amia. En la investigación encabezada por el fiscal Alberto Nisman se estableció que, en su carácter de comandante de las Fuerzas Al-Quds, «participó en la reunión en la que se decidió hacer el atentado en la Argentina» en 1994.
La causa también sostiene que la ejecución del ataque fue encomendada a la Jihad Islámica del Hezbollah del Líbano, en el marco de una decisión adoptada por la cúpula iraní de entonces. La muerte de Nisman en enero de 2015 continúa bajo investigación, y su expediente es uno de los antecedentes centrales en la imputación internacional contra Vahidi y otros ex funcionarios persas.
EL LIDERAZGO
DE JAMENEÍ
Alí Jameneí ejercía el poder desde 1989, cuando sucedió al ayatolá Ruhollah Jomeini tras su muerte, y se convirtió en la máxima autoridad de la República Islámica. A sus 86 años, había consolidado una conducción de carácter vitalicio que atravesó múltiples crisis internas y externas, manteniendo el control del sistema teocrático durante 36 años.
Durante su mandato, reprimió con dureza diversas manifestaciones populares, entre ellas la movilización estudiantil de 1999, las protestas masivas de 2009 desencadenadas por elecciones presidenciales controvertidas y una ola de movilizaciones en 2019. También sofocó el movimiento Mujer, Vida, Libertad, surgido tras la muerte bajo custodia de Mahsa Amini, detenida por presuntamente infringir el código de vestimenta impuesto a las mujeres.
LA FRAGILIDAD
DEL SISTEMA
Bajo el mandato de Jameneí, el sistema político iraní enfrentó desafíos populares recurrentes, aplastándolos una y otra vez con mano de hierro y continuando con una gobernanza tan mediocre como antes. Este enfoque le ha permitido ganar tiempo, pero el éxito, medido únicamente en términos de poder coercitivo, ha dado a los dirigentes pocos incentivos para abordar las quejas que están en el origen del descontento público.
Jameneí llevaba una vida austera y no salía del país desde que asumió el poder, replicando el patrón de su antecesor. A pesar de la protección extrema que lo rodeaba, la operación combinada de Washington y Tel Aviv logró superar los dispositivos de seguridad, lo que puso en evidencia la capacidad de infiltración atribuida a los servicios de inteligencia de ambos países.
Jameneí nació en el seno de una familia pobre, hijo de un imán, y desarrolló desde joven una intensa actividad política contra el sah Reza Pahlavi, respaldado por Estados Unidos. Esa militancia le significó múltiples períodos de prisión durante las décadas de 1960 y 1970, en el marco de la represión previa a la Revolución Islámica.
Tras el triunfo revolucionario de 1979 y el regreso de Jomeini desde Francia, su lealtad fue recompensada con responsabilidades de creciente relevancia, entre ellas la conducción de las oraciones del viernes en Teherán. En 1981 fue elegido presidente luego del asesinato de Mohammad Alí Rayaí, aunque inicialmente no era considerado el sucesor natural del líder revolucionario.
Poco antes de su muerte, Rayaí había destituido al ayatolá Hosein Alí Montazerí como favorito a la sucesión, luego de que este denunciara ejecuciones masivas de miembros del grupo Muyahidines del Pueblo y otros disidentes. Tras el fallecimiento de su predecesor, Jameneí rechazó en un primer momento su designación como líder por parte de la Asamblea de Expertos, antes de que su nombramiento fuera ratificado.

