En la historia de la civilización occidental, pocas figuras han influido tanto en la valoración de la mujer como Jesús de Nazaret. Al observar el relato bíblico, se revela una realidad profunda; para Jesús la mujer no era un actor secundario, sino una protagonista esencial en el plan de la salvación. En un contexto histórico donde la voz femenina solía quedar relegada al ámbito privado, el anuncio cristiano nace y se sostiene sobre el testimonio y la fidelidad de las mujeres.
En la historia de la civilización occidental, pocas figuras han influido tanto en la valoración de la mujer como Jesús de Nazaret. Al observar el relato bíblico, se revela una realidad profunda; para Jesús la mujer no era un actor secundario, sino una protagonista esencial en el plan de la salvación. En un contexto histórico donde la voz femenina solía quedar relegada al ámbito privado, el anuncio cristiano nace y se sostiene sobre el testimonio y la fidelidad de las mujeres.
PROTAGONISTAS
El punto de partida indiscutible es la figura de María. La importancia que se le otorga en la Iglesia no es una mera cuestión de devoción, sino de jerarquía espiritual. Según el relato bíblico, el acontecimiento más relevante de la fe (la Encarnación) sucede a través del libre consentimiento de una mujer.
María no es solo la madre; es la primera discípula. Su presencia es una constante que garantiza la humanidad de Jesús. En las Bodas de Caná, es ella quien percibe la necesidad del prójimo y motiva el primer signo público de su hijo. Al pie de la cruz, cuando la mayoría se había retirado por temor, ella permanece firme, representando esa fidelidad inquebrantable que la Iglesia siempre ha visto como un modelo para todos sus fieles. Su figura eleva la maternidad y la entrega a una dimensión sagrada, siendo el puente entre lo divino y lo humano.
Uno de los momentos más reveladores de la vida pública de Jesús ocurre junto al pozo de Jacob. El diálogo con la mujer samaritana es un ejemplo de cómo Jesús buscaba la verdad en el corazón de cada persona, sin hacer distinciones por las costumbres de la época.
En aquel tiempo, las diferencias religiosas y sociales entre judíos y samaritanos eran profundas. Sin embargo, Jesús entabla una conversación teológica de alto nivel con ella, confiándole verdades sobre la naturaleza de Dios que no había manifestado con tal claridad a otros. La reacción de los discípulos al verle conversar con una mujer muestra que el Maestro estaba estableciendo una nueva forma de relación basada en la dignidad mutua y la sed de espiritualidad. Ella, al reconocer al Mesías, se convierte en la voz que convoca a todo su pueblo, ejerciendo un liderazgo espiritual natural y efectivo.
El papel de la mujer alcanza su punto de mayor relevancia y profundidad en el evento central de la cristiandad: la Resurrección. Los cuatro Evangelios coinciden en un dato fundamental: fueron mujeres quienes encontraron la tumba vacía y quienes recibieron el primer encargo de comunicar la noticia más importante de la historia.
María Magdalena es la encargada de llevar el mensaje a los apóstoles. Este hecho posee una carga teológica inmensa: Jesús confió el anuncio de su victoria sobre la muerte a la sensibilidad y la valentía de las mujeres que le habían seguido fielmente. Su testimonio no fue una casualidad, sino una validación del papel activo que la mujer desempeña en la Iglesia como portadora de esperanza y primera transmisora de la fe. Una herencia de liderazgo y servicio
A lo largo de los siglos, esta herencia ha fructificado en innumerables mujeres que, inspiradas por ese trato de Jesús, han liderado hospitales, escuelas, misiones y comunidades contemplativas. Desde las diaconisas de los primeros siglos hasta las grandes doctoras de la Iglesia, la presencia femenina ha moldeado la identidad del cristianismo.
Este domingo, al conmemorar el Día Internacional de la Mujer, la mirada se vuelve hacia ese origen. No se trata de una reivindicación externa, sino de un reconocimiento de lo que siempre estuvo allí: una fe que nació del «sí» de una mujer y que se anunció al mundo por primera vez a través de una voz femenina. En la figura de María y en las mujeres del Evangelio, la Iglesia encuentra la raíz de su propia misión: la escucha, la compasión y la entrega sin límites y el reflejo del rostro materno de Dios.
Valentía y liderazgos
En el Día Internacional de la Mujer, el Área de las Mujeres del Secretariado Nacional para los Laicos, dependiente de la Comisión Episcopal Argentina para la Vida, los Laicos y la Familia, difundió un mensaje titulado: Hemos sido bautizados en un solo Espíritu.
El texto recuerda que el Pueblo de Dios tiene la misión irrenunciable de mostrar el rostro misericordioso del Padre y anunciar la esperanza.
En ese camino, subraya el protagonismo de las mujeres, quienes con ternura, fortaleza y coraje continúan el testimonio de las discípulas que acompañaron a Jesús.
«El Pueblo de Dios, revestido por la gracia del bautismo, es sujeto del anuncio y protagonista de la misión, porque todos somos discípulos misioneros», señala el mensaje, y destaca que en esa misión las mujeres cumplen un rol fundamental en la vida de las comunidades.
El documento también recoge el clamor de muchas mujeres que, en medio de los dolores del mundo, enfrentan injusticias, violencias, falta de acceso a necesidades básicas y situaciones vinculadas a la cultura del descarte.
En ese contexto, advierte que no es posible alcanzar la plenitud de la paz y la justicia mientras persistan esas realidades.
A la vez, destaca que muchas mujeres se convierten en referentes de esperanza y consuelo, sosteniéndose mutuamente, curando heridas y acompañando a quienes sufren.
Desde distintos puntos del país, afirma el texto entre otros conceptos, asumen con valentía tareas de evangelización y liderazgos comunitarios, siendo testigos de la resurrección.
Por Guillermo Marcó, ex vocero del ex cardenal Jorge Bergoglio, luego Papa Francisco. Publicado en Infobae.

