Por Noel Breard
La historia no se repite de manera exacta, pero suele castigar a quienes se olvidan de sus lecciones. Antes de la Segunda Guerra Mundial, Europa creyó que podía frenar a un poder expansionista a fuerza de concesiones, Neville Chamberlain apostó al apaciguamiento para preservar la paz. Cedió territorios, miró para otro lado ante violaciones evidentes del derecho internacional y justificó cada retroceso como un mal menor. El resultado fue conocido: el derrumbe del orden europeo y una guerra devastadora.

De esa experiencia surgió el concepto de chamberlainismo, la idea de que un actor decidido a imponer su fuerza puede ser contenido con concesiones «pragmáticas». Winston Churchill lo advirtió con claridad: renunciar al honor no evita el conflicto, solo lo posterga y lo agrava.
Hoy, en un contexto distinto, el mundo vuelve a enfrentar una tensión profunda, Donald Trump ha sido explícito al sostener que su único límite es su propia decisión política, sin respeto por las instituciones internacionales ni por el derecho vigente. Con el argumento de la seguridad nacional, ha llegado a plantear la anexión de Canadá, la apropiación del Canal de Panamá y el control de Groenlandia, como si la soberanía fuera una variable negociable del poder.
El problema no es solo Estados Unidos, la cuestión central es la reacción europea frente a discursos que degradan las reglas multilaterales y naturalizan la amenaza territorial, muchas capitales optan por la cautela, el silencio o la ambigüedad. El razonamiento es siempre el mismo: evitar conflictos, ganar tiempo, preservar la estabilidad. Es el mismo razonamiento que fracasó en los años treinta.
El escenario actual se organiza alrededor de tres ejes decisivos: la competencia entre Estados Unidos y China, la guerra de Rusia contra Ucrania y la disputa por el Ártico como nuevo espacio estratégico global. En ese tablero reaparece la tentación de aceptar hechos consumados y zonas de influencia. Rusia desconoce fronteras soberanas, China incumple tratados y fallos internacionales, y Estados Unidos invoca la seguridad nacional para justificar su expansión.
El Ártico es hoy el símbolo más claro de este cambio, no es solo una región lejana y hostil, sino una plataforma clave para rutas marítimas, recursos energéticos y despliegue militar. Rusia lo militariza, China lo incorpora a su proyección global y Estados Unidos lo declara un interés vital, en ese contexto, Groenlandia deja de ser un territorio autónomo y pasa a ser un objeto de disputa.
Ahí aparece el nuevo chamberlainismo. No como una doctrina formal, sino como una actitud política: tolerar amenazas, relativizar discursos de fuerza y aceptar que el poder esté por encima del derecho. Cada concesión, cada silencio y cada ambigüedad refuerzan la idea de que las reglas ya no rigen para las grandes potencias.
La historia enseña que cuando las democracias renuncian al derecho en nombre de una estabilidad inmediata, terminan perdiendo ambas cosas. El orden internacional no se cae de un día para otro, se erosiona de a poco, concesión tras concesión. Cambian los nombres y los discursos, pero la lógica es la misma: cuando la fuerza reemplaza a la ley, la paz se vuelve frágil.
Las democracias no solo están amenazadas por ataques externos, sino también cuando dejan de creer que las reglas merecen ser respetadas.
El desorden global no empieza con una invasión, empieza cuando las concesiones se aceptan como algo normal en nombre de la estabilidad.
(Chamberlainismo: concepto crítico utilizado en teoría política y relaciones internacionales para describir la creencia errónea de que un poder expansivo puede ser moderado mediante concesiones).

