En pleno siglo XIX las familias patricias de la ciudad de Buenos Aires se conocían muy bien, establecían lazos e intercambiaban chismes. Los O’Gorman se reconocían por su presente y su pasado, pues aún estaba viva la conocida Madama O’Gorman y los vestigios de sus hazañas con tantos próceres. En 1828 nace una de sus nietas: Camila, la del espíritu libre y corazón valiente.
Hija de Adolfo O’Gorman y Joaquina Ximénes Pinto, Camila era una señorita de alta alcurnia, se notaba en su apellido y costumbres. Asistía activamente a los bailes organizados por el entonces gobernador de Buenos Aires, Juan Manuel de Rosas, tanto que forjó una amistad con su hija, Manuela. Además, no se perdía los sermones de Eduardo O’Gorman, su hermano, en la Iglesia Nuestra Señora del Socorro.
Fue una de esas tantas mañanas rezando y oyendo homilías que lo vio. Ladislao Gutiérrez, un joven sacerdote tucumano que había sido nombrado párroco recientemente. Tenía muy buenas referencias, pues, al ser sobrino del gobernador de su provincia, su familia era respetada. Había hecho el seminario con Eduardo, eran cercanos y por ello lo invitaban a las tantas tertulias en la casa O’Gorman. Así de fácil, el amor nació.
Una joven Camila de 15 años y un Ladislao de 19 se escabullían a escondidas para verse. El amor de ambos era tan grande que no cabía entre mandatos sociales ni normas eclesiásticas, no los respetaba. Tres años bastaron para darse cuenta que esos lineamientos comenzaron a pesar, los encerraban en una burbuja de clandestinidad a la que su amor no podía remitirse. Debían tomar una decisión que cambiaría el rumbo total de sus vidas.
LA FUGA
La madrugada del 12 de diciembre de 1847, dos jóvenes enamorados, se convirtieron en fugitivos. El plan era llegar a hasta Río de Janeiro, aunque no contaban con suficiente dinero para ello y se vieron obligados a hacer una escala. Estarían un tiempo establecidos en algún lugar del camino, lo suficiente para ahorrar y seguir viaje. Ese lugar era la provincia de Corrientes.
Dos forasteros en el entonces pueblo de Goya. No más Camila ni Ladislao, en sus lugares nacieron Valentina Desean y Máximo Brandier, un matrimonio que decía venir de Salta. Fueron muy bien recibidos por los goyanos y, en retribución a ello, fundaron en su propia casa la primera escuela del pueblo. Brindaban cariño y educación a decenas de niños de la zona, quienes le devolvían el doble de aprecio y gratitud. Dedicándose a la educación y al comercio, ese amor clandestino comenzaba a ver un futuro, uno que antes era inimaginable.
El 16 de junio de 1848 Valentina y Máximo asistieron a una fiesta en el pueblo, por fin respiraban la normalidad que otras parejas podían presumir. Que ingrato el destino y cuan maldita su suerte, Miguel Gannon, un sacerdote irlandés los reconoció entre los presentes. La noticia no tardó demasiado en llegar al juez de Paz, mismo que ordenó que los devolvieran a Buenos Aires y arrestaran en la Casa de Ejercicios Espirituales.
SU FINAL
Un amor tan inmenso recluido en dos celdas, separados por ladrillos, cemento y prejuicios. Camila – ya no Valentina- escribió a su amiga Manuela para que intercediera por ellos, Adolfo O’Gorman pidió que se aplicara un castigo ejemplar; la hija y cuñada de Rosas imploraban piedad por los enamorados, admitiendo el error, pero buscando clemencia. El Gobernador, sobrepasado por la situación pidió un dictamen a algunos juristas, la respuesta fue clara: ejecución.
El mismo día en que se supo la noticia, una carta llegó a la celda de la joven O’Gorman rezando: «Camila mía: Acabo de saber que mueres conmigo. Ya que no hemos podido vivir en la tierra unidos, nos uniremos en el cielo ante Dios. Te abraza tu Gutiérrez».
El 18 de agosto de 1848 unas vendas cubrieron los ojos de Camila y Ladislao, de la misma forma en que el amor algún día los cegó. Los subieron a sillas y los llevaron hasta el patio trasero, con la banda del batallón sonando de fondo, aplacando algún sollozo. Antes de que siquiera pudieran procesarlo, un pelotón los fusiló a ambos. Pocos saben que ese día no murieron solo dos personas, sino tres: Camila llevaba en su vientre hacía ocho meses el fruto de ese amor tan inmenso como prohibido.

