Desde tiempos originarios, la fe fue lo más arraigado que ha tenido el pueblo correntino. Las tradiciones acompañan a la religión de forma activa, aunque no siempre fueron como se las conoce en la actualidad.
En la Semana Santa, un silencioso duelo cubre los hogares, para luego culminar en un domingo de festejo por la resurrección. Y aunque la penitencia es uno de los principales requisitos religiosos, se hace referencia al arrepentimiento desde un nivel espiritual.
No siempre fue entendido de este modo. La fe se mantenía como el eje y justificación tras cada una de las acciones realizadas durante esos días. Desde los preparativos hasta los rezos y latigazos eran con una razón: probar el amor a Dios.
GÉNERO Y DEVOCIÓN
Las mujeres eran visualmente quienes más demostraban la pasión de aquellos días. Sus rezos eran constantes durante toda la jornada. Visitaban iglesias con la mirada baja, vestidas de negro, envueltas en el duelo y largos rosarios, con una cruz de ceniza en sus frentes. Los pañuelos en sus manos no faltaban, así como tampoco el obligatorio ayuno.
Los hombres hacían presencia al frente de las procesiones, especialmente los miembros del Cabildo, demostrando el orden civil al servicio de Dios. Otra función que solo se limitaba a la masculinidad era la de cargar los tronos de las imágenes, muestra de resistencia y fe. Por último, en las esquinas montaban guardias para asegurar el silencio sagrado.
Eran pocas las actividades que no se diferenciaban por género. El reparto de limosna a los pobres y las visitas a las cárceles eran algunas de ellas. Se trataba de actos solemnes en familia que buscaban la redención de los pecados antes del Domingo de Resurrección.
SANTO TOQUE DE QUEDA
El Cabildo no funcionaba únicamente como sede de gobierno. La influencia de la institución definía el ritmo social y religioso de la ciudad. Todas las actividades legales relacionadas con la fe estaban bajo la autoridad de él, demostrando una cohesión estricta.
Era el Cabildo quien definía los calendarios religiosos, al igual que los horarios y las calles por donde se realizarían procesiones. Porque, por supuesto, existía un sagrado toque de queda. A las nueve de la noche, todas las ceremonias llegaban a su fin, sumiendo a la ciudad en un silencio tan profundo como el duelo que la envolvía.
UNA COSTUMBRE PAGANA
Pero a medianoche, cuando en las calles reinaba la soledad y el silencio, una tradición pagana se asomaba. Bajo la luna del Jueves y Viernes Santos, una antigua costumbre se realizaba: la procesión de penitentes.
Las mujeres del pueblo, junto con algunos frailes del convento de San Francisco, se encargaban de organizar la escabrosa demostración. Desde el inicio de la Cuaresma se buscaba, seleccionaba y entrenaba a los penitentes. Hombres que se ofrecían voluntariamente a pagar sus pecados y acercarse más a Dios, a cambio de soportar todo tipo de martirios.
Grupos de gente encapuchada, arrastrando cadenas y faroles, recorrían las diferentes calles del pueblo. Los penitentes debían ir descalzos y con el torso descubierto, recibiendo latigazos y maltratando sus carnes con el objetivo de imitar la pasión de Cristo.
Terminada la procesión, el suplicio también concluía. Los penitentes eran dignos de admiración, recibían donativos por sus «servicios». Al final del día, esta tradición se mantenía principalmente por la plebe, mientras que las familias de prestigio le demostraban rechazo.
Costumbres que nunca mueren
Para finales del siglo XVIII, los rituales de flagelación en Semana Santa se fueron extinguiendo. Poco a poco, la fe fue cambiando: se valoraba más la devoción silenciosa y espiritual, en lugar de una escandalosa y sangrienta.
Aun así, hay costumbres que se mantienen hasta el día de hoy en la ciudad. Un ejemplo de esto es la visita a las siete iglesias. El Jueves Santo, durante el día, los fieles recorren los templos más emblemáticos de la ciudad. El recorrido es acompañado por guías que se encargan de dar a conocer la historia detrás de cada uno de ellos.
El Vía Crucis -muy similar al de los penitentes, pero sin violencia- sigue estando presente. El miércoles se realizará el 47° Vía Crucis Interprovincial, que une al Chaco y a Corrientes en una sola fe. Es una tradición conocida que mantiene los tintes de aquella realizada en el siglo XVIII, cuando el pueblo tomaba el espacio público para infundir su fe.
Las misas y los rezos se mantienen constantes, mientras las familias acuden a los templos buscando un vínculo más estrecho con su fe. En sus hogares se vive una vigilia compartida, donde el aroma de los platos típicos inunda el espacio.
El ayuno y el silencio es algo que con los años fue decayendo. Ya no es una práctica común, pero tampoco extinta. Algunos fieles siguen practicando el ayuno completo o parcial de alimentos durante estas fechas. Mientras que, en algunas familias, hasta el día de hoy se sigue escuchando alguna reprimenda si alguien alza la voz un Viernes Santo.
Porque, aunque el tiempo pase, la fe debe ser una de esas características que el pueblo correntino nunca abandona. Corrientes nunca deja de ser ella misma, con su gente, sus costumbres y sus creencias. Ese es el encanto del pueblo: no olvidar su historia, transmitirla de generación en generación para que la memoria nunca falle.

