Un grupo de alumnos realizó un estudio escolar sobre los efectos de esta tendencia en el rendimiento y la vida cotidiana de los jóvenes. Su trabajo de campo arrojó que es una lucha que exige equilibrio emocional, planificación, motivación y disciplina.
Un grupo de jóvenes investigadores del Instituto Pío XI ha puesto el foco en uno de los hábitos más extendidos y menos comprendidos del mundo estudiantil: la procrastinación.
Los estudiantes de sexto año de la orientación en Ciencias Sociales, Nicolás Figuerero, Sofía Aguirre y Camila Beber contaron a EL LIBERTADOR, que se propusieron desentrañar los patrones y efectos de esta tendencia en el rendimiento y la vida cotidiana de sus pares correntinos.
Su trabajo de campo fue expuesto esta semana en la 5ª edición de la Jornada Intermodalidades de Proyectos de la institución fruto de una investigación.
La procrastinación, definida por el equipo como el acto de posponer tareas importantes o necesarias a pesar de ser consciente de las consecuencias, no es simplemente pereza. El estudio subraya que a menudo es una reacción emocional ante factores como la presión académica, la desmotivación, el desinterés o el perfeccionismo. Es el miedo al fracaso o la autoexigencia excesiva lo que paraliza al estudiante, llevándolo a buscar alivio inmediato en actividades menos demandantes.
La investigación adoptó la clasificación de autores especializados, diferenciando entre dos perfiles clave: procrastinadores activos: aquellos que eligen postergar tareas, creyendo que trabajan mejor bajo la adrenalina de la presión de último momento. Y los llamados procrastinadores pasivos: quienes postergan por indecisión, inseguridad o una clara falta de habilidades organizativas.
HALLAZGOS
Para poner a prueba su hipótesis inicial, el equipo se valió de una metodología de encuesta que les permitió cotejar la autopercepción de los estudiantes con sus hábitos y resultados concretos.
Advirtieron que la procrastinación es frecuente, reduce el rendimiento académico, afecta las horas de sueño y el tiempo de ocio, y que la práctica deportiva actuaría como factor protector. Los resultados fueron robustos y, en algunos aspectos, contraintuitivos: rendimiento académico y estrés: se confirmó la correlación directa: a mayores niveles de procrastinación, peores son las notas y los resultados en exámenes, acompañado de un incremento en los niveles de estrés.
«Los estudiantes que realizan actividad física mostraron menores niveles de procrastinación, sugiriendo que la disciplina y la gestión del tiempo inherentes al deporte contribuyen a una mejor organización general», explicaron.
Contrario a la creencia de que la procrastinación reduce el ocio, el estudio descubrió que los estudiantes que reportaron dormir bien (6-8 horas) y dedicar mucho tiempo a sus pasatiempos también exhibieron mayores niveles de postergación. El análisis sugiere que, en estos casos, el descanso y el ocio se convierten precisamente en las actividades de escape preferidas, las cuales son priorizadas sobre las responsabilidades académicas pendientes.
Según el estudio estudiantil, aquellos que se reconocieron como procrastinadores no solo demostraron un mejor manejo conceptual del tema, sino que también fueron capaces de asumir su situación. En contraste, aquellos que negaron serlo, pero cuyos resultados indicaban lo contrario, evidenciaron una falta de conocimiento sobre el concepto o una incapacidad para aceptar su propia dinámica de postergación.
«Es el típico: lo hago después»

El trabajo del grupo de alumnos que se expuso en la Muestra Intermodalidades se enfoca en abordar la procrastinación no como un defecto moral, sino como un síntoma de gestión emocional y de habilidades de planificación que deben ser desarrolladas.
«Es cuando la gente pospone tareas que capaz las quiera hacer o sabe que las tiene que hacer, pero las pospone igual. Es el típico «lo haré mañana, lo hago mañana, lo hago mañana y después, cuando te das cuenta no hiciste nada y pasó un montón de tiempo», manifestó uno de los alumnos al presentar el tema.
Agregó: «Nosotros lo experimentamos y porque lo notamos en todos nuestros compañeros, incluso en los adultos con los que hablamos también».
Para ello encuestaron a jóvenes estudiantes: «Se confirmó parcialmente nuestra hipótesis, porque nosotros, si bien asumimos bien de que la procrastinación es frecuente, no se encuentra en todos los ámbitos que pensamos. En áreas como el ocio y el descanso, los resultados fueron los contrarios. Y también, durante nuestra investigación, descubrimos que la procrastinación es una reacción emocional ante el estrés, la desmotivación, el desinterés y la presión. Por eso, para superar esta tendencia, se requiere equilibrio emocional, planificación, disciplina y motivación», sostuvo una de las alumnas.

