En una jornada de alta carga simbólica e institucional, el presidente Javier Milei y el papa León XIV encabezaron este domingo una inédita cadena nacional desde el Palacio Libertad. Ante un auditorio integrado por autoridades de los tres poderes del Estado, referentes de la oposición, diplomáticos y líderes religiosos, ambos pronunciaron discursos atravesados por conceptos de profunda significación moral, social y política, ofreciendo definiciones de fuerte impacto para el país.
El mandatario argentino fue el encargado de iniciar la serie de oraciones oficiales. En sus primeras palabras, destacó el marco plural y transpartidario que rodeó a la cita en el antiguo Palacio de Correos. «Es un profundo honor para mí como presidente y para todos los argentinos celebrar la visita de su santidad León XIV a nuestro país. Me alegra ver a todo el arco político aquí demostrando que hay motivos y ocasiones que van más allá de nuestras diferencias», afirmó el Jefe de Estado al comenzar su intervención.

Acto seguido, Milei dedicó un pasaje central de su mensaje a recordar a su antecesor en la silla de San Pedro, el fallecido papa Francisco, a quien definió en términos categóricos. «Quiero comenzar recordando a nuestro querido Jorge Bergoglio, el papa Francisco, sin lugar a dudas el argentino más importante de la historia y el primer papa latinoamericano. Su partida dejó un vacío enorme en todo nuestro pueblo», expresó. Y agregó: «Él ya no está físicamente con nosotros y sin embargo tenemos el consuelo de que seguirá presente por el resto de nuestras vidas. Francisco no es solo inmortal en los cielos, sino también en la tierra, porque como alguien alguna vez dijo, la inmortalidad es una vida que sigue hablándonos después de la muerte».
En su argumentación sobre la raíz histórica y jurídica del país, el Presidente repasó el rol de la Iglesia en la sanción de la Carta Magna de 1853 a través de la figura del beato Mamerto Esquiú. «En ese momento central de nuestra historia, un joven fraile subió al púlpito y le pidió a su pueblo que acompañara el nuevo orden constitucional y obedeciera la ley. Quería que esa Constitución fuera un ancla para la nave de la patria, porque según decía, sin ley no hay patria ni verdadera libertad. Por eso la Argentina liberal, republicana y constitucional no nació contra la Iglesia, sino bendecida por uno de sus clérigos», aseveró.
Enlazando la tradición teológica con su ideario filosófico de la libertad y el derecho natural, el mandatario reflexiona sobre la trascendencia espiritual y los mandamientos del Éxodo. «La fe nos permite comprender y conectarnos con algo superior que nos fundamenta y nos sostiene. Nos conecta con Dios que nos ama como somos, pero que precisamente a través de ese amor también nos exige ser cada día un poco mejores personas», señaló. Y continuó: «En la tradición católica, la libertad queda consagrada en el libro del Éxodo al momento de recibirse las tablas de la ley, donde el Creador señala: ‘Yo soy el Señor, tu Dios, que te saqué de Egipto, de la casa de la servidumbre’. A continuación, los mandamientos señalan ‘No matarás’, que protege la vida, y ‘No robarás’, que protege la propiedad. Primero somos libres y porque somos libres somos responsables de obedecer los mandamientos».
Hacia el cierre de su mensaje, Milei trasladó estos preceptos al terreno de la gestión económica e intergeneracional, apelando a lo que denominó «equilibrio general intertemporal» y a la parábola bíblica de la casa sobre la roca. «A la hora de tomar decisiones no debemos concentrarnos en lo que necesita un único sector en un determinado momento, sino en el beneficio de toda la sociedad en el presente y en el futuro. Nos sabemos responsables no solo de los argentinos del presente, sino de los del futuro», subrayó. En ese sentido, concluyó citando al pensador Edmund Burke: «Queremos construir un país fundado sobre la roca, una misma casa para los que pusieron sus cimientos, para los que hoy vivimos en ella y para los que van a heredarla. Una sociedad es una asociación entre quienes están vivos, quienes han muerto y quienes están aún por nacer».
El llamado de León XIV a la prudencia política y al sentido social de la economía
A su turno, el papa León XIV tomó la palabra para brindar su primer gran mensaje a la sociedad argentina, comenzando con una cálida alusión al lazo que lo une con su predecesor porteño. «Mi llegada a esta tierra tiene para mí un significado particular. Durante doce años, la Iglesia universal escuchó la voz de un pontífice argentino que llevó consigo en la memoria y en el corazón los lugares, las personas y la fe que aquí recibió. Hoy, al sucederle en el ministerio petrino, recorro en cierto modo el camino inverso y vengo a la patria donde el papa Francisco comenzó una historia que después habría de entrelazarse con toda la Iglesia», manifestó el Pontífice.

En su diagnóstico sobre el ejercicio de la función pública, León XIV trazó marcados límites éticos para la dirigencia y remarcó el carácter de servicio que debe primar en el Estado. «A quienes han recibido responsabilidades públicas les corresponde una tarea especialmente exigente. La autoridad alcanza su sentido más alto cuando se ejerce como servicio, cuando sabe mirar más allá de lo inmediato y cuando pone sus capacidades al cuidado de aquello que pertenece a todos. Quien ejerce la autoridad tiene también el deber de actuar con prudencia, reconocer los límites del poder que le ha sido confiado y orientar sus decisiones hacia el bien de toda la comunidad», enfatizó.
Uno de los pasajes de mayor resonancia de la alocución papal estuvo enfocado en las dinámicas económicas y el cuidado de los sectores más vulnerables. Con tono firme, el líder del Vaticano sentenció: «La economía debe estar al servicio de la persona y no la persona al servicio de la economía. Argentina posee muchos recursos humanos; hacer fructificar esas riquezas exige prestar atención a los jóvenes».
En esa misma línea, el Santo Padre interpeló de forma directa a la clase dirigente sobre la realidad social y la emigración juvenil. «Una nación debe preguntarse seriamente en qué ha fallado cuando sus jóvenes deben abandonar su tierra para realizar sus sueños», advirtió. Y añadió una reflexión tajante sobre la protección del desarrollo humano y el derecho a la vida: «¿Qué lugar ocupan en nuestras decisiones quienes todavía no han nacido? Antes de preguntarnos qué mundo les dejaremos, debemos reconocer su dignidad. Nuestra responsabilidad hacia las generaciones venideras comienza por acoger la vida desde sus primeros instantes y custodiarla hasta su término natural».
Sobre el tramo final, el Pontífice acudió a la riqueza cultural del país y al folclore popular para sellar su mensaje de concordia e intercesión espiritual. «Si como cantaba Gardel, es un soplo la vida, pero perdura el bien, perdure el bien que cada generación haya sabido custodiar y transmitir», expresó emotivamente. Y concluyó invocando a la patrona nacional: «Que el Señor los haga crecer como pueblo. Se lo pido al Señor de corazón por intercesión de María Santísima de Luján, que ella siga velando por esta tierra, cuide de cada uno de sus hijos y los mantenga siempre cerca de Jesús. Que Dios bendiga a la Argentina».

