Para Pablo Almirón, hablar de cine independiente no es hablar simplemente de bajo presupuesto, sino de una posición frente a la industria y el mercado. La independencia, según su mirada, implica producir por fuera del canon industrial y de la lógica donde la rentabilidad es el único parámetro de valor. No niega que el cine deba generar ingresos -«está hecho por trabajadores», subrayó-, pero advirtió que cuando una película se mide solo por cuánto recauda, pierde su dimensión cultural, identitaria y expresiva.
En esa línea, traza una diferencia clara con el cine industrial, al que asocia con modelos de producción orientados al consumo masivo y al entretenimiento estandarizado. Frente a eso, el cine independiente se define por la búsqueda de una estética propia, la construcción de un lenguaje personal, la decisión de contar historias que no suelen tener lugar en los grandes circuitos y, sobre todo, por una elección ética además de estética. No se trata únicamente de cómo se financia una película, sino desde dónde se la cuenta y con qué intención.
Como docente, Almirón insistió en que los realizadores audiovisuales son, ante todo, narradores. Retomó ideas de pensadores como Joseph Campbell y Carl Jung para recordar que la humanidad se ha explicado a sí misma a través de mitos, relatos y símbolos compartidos. El cine sería, entonces, una forma contemporánea de esa necesidad ancestral de narrar para entender el mundo y entendernos.
Esa función narrativa se vuelve aún más urgente en el presente, que Almirón describe como un tiempo de crisis e incertidumbre global. En ese contexto, el arte -y especialmente el cine- tiene la responsabilidad de dar testimonio, de registrar y pensar lo que está ocurriendo. Desde esa perspectiva, el cine independiente no es un lujo autoral ni una rareza de festival: es una forma de resistencia cultural y de construcción de sentido.
Por eso, cuando habla de independencia, no lo hace desde la nostalgia sino desde una práctica concreta, atravesada por tensiones económicas, políticas y culturales, pero también por la necesidad profunda de expresión. Cada película independiente se convierte así en un gesto de afirmación: la prueba de que existen otras voces, otros territorios y otras experiencias que merecen ser vistas y escuchadas. «Es una decisión ética y estética», resumió. «Una manera de pararse en el mundo con una cámara y decir: esto somos, esto nos pasa, esto necesitamos contar».
Asumirse como «dueño de la propia historia que queremos contar es el primer paso para lograr llegar al otro». No es simplemente el dinero, la recaudación o lo material lo que hace al cine independiente distinto a sus otras ramas audiovisuales, sino lo que resaltaba Pablo, la necesidad de contar eso que está dentro de cada uno, que va a conectar con el otro y va a llamar a pensar.
Festivales cinematográficos
en Corrientes
En el Nordeste argentino, el cine independiente es una forma de identidad cultural. Chaco y Corrientes sostienen una red de festivales y ciclos que funcionan como pantallas para historias nacidas en el territorio, lejos de los grandes polos industriales pero cargadas de memoria, comunidad y mirada propia. Dentro de ese mapa se destaca Cine Naé, que realizará funciones los miércoles 11 y 18 de febrero en el Instituto de Cultura, con entrada libre y gratuita. El ciclo exhibe producciones regionales seleccionadas por convocatoria pública y se consolida como espacio de difusión para realizadores del NEA. El miércoles 11 se proyectaron siete obras: La Nena de Josefina Lens (20 min, proyección especial), Toda la luz mala de Carolina Schaller (6 min), Providencia de Yamila Palacios (7 min), Secreto de Confesión de María Rosario Bejarano (14 min), Operativo Tarot de Irina María Lugo (13 min), Post Mortem (5 min) y Depuración (7 min), ambas de Lautaro Latorre. La grilla combina miradas jóvenes, narrativas íntimas y búsquedas formales que confirman al cortometraje como terreno de experimentación regional. Este movimiento no se entiende sin el Festival Guácaras de Santa Ana de los Guácaras, nacido en 2010 desde la autogestión y convertido en referencia nacional del cine 100 por ciento regional. En 15 años proyectó obras de 487 realizadores, sumando más de 300 horas de material audiovisual y siendo primera pantalla para muchos cineastas hoy activos en la industria. Su última edición fue el 6 de diciembre, en un contexto donde la organización ya había advertido que no podría sostener el formato habitual de cuatro jornadas por dificultades económicas. A la vez, propuestas como Cine de los Martes, con funciones todos los martes a las 21 en el patio del Instituto de Cultura y presencia en redes, siguen acercando cine argentino al público. Entre estos espacios y muchos otros, la región mantiene viva una producción diversa, potente y profundamente propia.

