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    Portada » Fernando Ruiz Díaz: «Dentro de mí, el pulso creativo nunca se apaga»
    Sociedad

    Fernando Ruiz Díaz: «Dentro de mí, el pulso creativo nunca se apaga»

    10 de febrero de 2026
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    Por Facundo Sagardoy
    Para EL LIBERTADOR

    Fernando Ruiz Díaz, voz, guitarra y corazón de Catupecu Machu, pasó por Corrientes para coronar el Litoral Rock 2026. Entre almuerzos y meriendas, al paso por el hall del hotel de Turismo, dialogó con EL LIBERTADOR sobre su propio arte: ese pulso vital que atraviesa su vida más allá del tiempo, un río que se transforma, se expande y nunca se extingue. Para él, cada canción, cada gesto, es la traducción de ese impulso que «nos hace humanos y, en alguna forma, también eternos».
    Su camino no ha sido lineal. Hace no mucho tiempo atrás, un ACV lo enfrentó al vértigo de la existencia. Aprendió entonces que la creación no nace del talento solo, sino de la voluntad, de la actitud con que uno decide seguir respirando y tocando. Así es Catupecu: mutante, siempre cambiante, un organismo vivo con él en su centro: un músculo armónico latiendo mientras la obra trasciende y conecta de manera inesperada con arte.
    Hoy, inmerso en nuevos discos y proyectos, Ruiz Díaz transita un tiempo de búsqueda y plenitud. Su experiencia enseña que vivir con intensidad, aprender de las pérdidas y valorar cada instante constituye la lección más clara del arte: más allá de la emoción, la virtud puede revelar los misterios del ser humano desde dentro, convirtiendo la creación en un acto vital que ilumina la vida y transforma el instante en un territorio de inmensa eternidad.
    Así transcurrió parte del diálogo.
    Fernando Ruiz Díaz, una de las voces más singulares del rock argentino, con una trayectoria atravesada por una búsqueda permanente, la intensidad emocional y la concepción del arte como experiencia vital marcaron el recorrido de una banda, pero también un camino personal, un camino colectivo. En este diálogo te propongo ir más allá y reflexionar sobre impronta en la música y decisión de adoptar el arte como una forma de existencia, a lo largo de más de tres décadas.

    Gracias Fernando por mantener inalterada esa búsqueda y celebración de la virtud humana que aflora en el arte, un hecho esencial en tu obra.
    -Siempre escribí desde chico, plasmando pensamientos y lo que me venía a la cabeza. Recuerdo que leí algo de Francis Ford Coppola, uno de mis directores favoritos, que resonó con lo que yo sentía: el arte sirve para explorar los misterios del ser humano. Hoy parece que buscamos esos misterios afuera, cuando en realidad la verdadera búsqueda y la salida es hacia adentro.
    Mirando hacia atrás, hay decisiones artísticas que en su momento fueron incomprendidas, pero con el tiempo fueron cobrando sentido dentro del mundo del arte, dentro del mundo del rock. ¿Cómo convivís con tu propio legado y con canciones que forman parte de la memoria colectiva del rock argentino?
    -Es difícil responder. Por momentos es increíble ver cómo tantas personas conectan con Cuadros dentro de cuadros. La letra habla de un final sin fin, y me sorprende cómo llega a la vida de la gente: la hija del sonidista de Catupecu nació con un Cuadro dentro de cuadros, o un amigo la tenía en la conciencia justo antes de una operación. Lo importante es que deja un legado que hace bien. Recuerdo que de chico, cuando no sabía inglés y no había Google, pedía a amigos que me tradujeran letras de Depeche Mode, The Cure, Pescado Rabioso, Los Cadillacs… Esas canciones me hicieron bien, me inspiraron. Escuché Fuera de Sector de Los Violadores y pensé: «Tal vez nunca estuvo mejor; quiero ser mejor». Ese poder de las canciones es lo que valoro de haber dejado un legado que incluso traspasa fronteras. En Puerto Rico, durante nuestra primera gira latinoamericana, la gente tocaba covers de nuestros temas en bares; pocos artistas locales podían hacerlo, y ver que Y lo que quiero es que pises sin el suelo se interpretaba en cada lugar fue alucinante. Tomar conciencia de eso es difícil; vine a la música a crear, a compartir en un escenario. Mi vida tiene muchas pasiones: el río, viajar en moto, los autos, el arte… pero cada día dedico mi energía a la música, a esa manifestación que me fue regalada. Me entusiasma el lienzo en blanco, la hoja esperando ser llenada. Tener cuadernos y lapiceras a mano es reconfortante: cada página es una posibilidad, cada canción, un universo por crear.


    -Sí, para mí es eso, es una forma de existencia. Algunos dicen una forma de vida, ¿viste? Para mí es eso, porque en algún sentido a veces pienso que las manifestaciones son la traducción de algo que pasa a través nuestro, ¿viste? Cada persona es individual y cada persona, si lo sabe descubrir, tiene un camino. Para mí, lo he visto a lo largo de la vida, entonces yo descubrí que el camino era este y está bueno lo que vos decís porque es eso. Algunos dicen una forma de vida, es una forma de existir. Me gusta más eso que dijiste. Una forma de existir.
    ¿Qué sentís que se mantuvo intacto en tu identidad artística? ¿Y qué cosas tuvieron que ir transformándose para que, bueno, se pueda seguir creando?
    -Por lo menos como yo lo viví, es la vida misma. Lo que a mí me pasó es que lo que se mantuvo intacto fue ese pulso: el pulso, las ganas, ¿viste? Yo creo que, en la vida de -no sé si llamarlo artista-, pero en la vida de alguien que transmite a través de la escritura, la pintura, la música o lo que sea, ese pulso está. Y para mí está porque todos nacemos artistas, todos. Vos ves a un niño, tenga más o menos capacidad, y lo ves. Yo lo viví con mi hija, que hoy tiene 12 años, pero un día fue ese bebito que nació. Ves a los chicos y decís: son todos artistas. Porque todos tienen esa cosa, ese movimiento, esa búsqueda, ese estar en presente. Todo eso que después, como adultos, vamos perdiendo. Viste que cuando llega la adolescencia aparece el deseo, el irse para adelante, el futuro; el pasado ya no te interesa y el niño que fuiste no querés ni recordarlo. Querés crecer, ir más allá. Y después, cuando llegás, decís: «De chico me enseñaron a querer ser grande; de grande voy a aprender a ser chico». Entonces, para mí, ese pulso -que tiene que ver con el corazón y con el pulso de la naturaleza, porque los humanos somos naturaleza- no se apaga nunca. Lo que pasa es que, me parece, algunos lo desarrollan más, otros menos. Para mí todos son artistas. Hay mecánicos normales y mecánicos artistas. Hay científicos normales y científicos artistas. El arte es una palabra que usamos para nombrar eso que aparece cuando el ser humano sigue siendo creativo de grande, como cuando es chico. Por eso pasa que ves a alguien de chiquito y decís: «Mirá cómo toca la guitarra, cómo hace esto o aquello», y después crece y eso se le apaga. Es como una luz con dimmer, ¿viste?, que de a poco baja. En mi caso, lo que se mantuvo constante fueron esas ganas. En parte por voluntad, porque le pongo mucha voluntad. Yo adoro estar acá. Mirá, hace dos años tuve un ACV. Me estaba pasando en mi casa, en el estudio, tranquilo, mirando la computadora, y pensé: «Si me muero ahora…». Me di cuenta de que si no ponía actitud, me iba para el otro lado. Entonces me dije: «No, mi hija está acá, a 30 metros». Miré la computadora y pensé: «No, tengo que terminar el nuevo disco de Catupecu, me quiero quedar acá». Y me quedé. Por eso, cuando algunos dicen: «No, te dejaron un rato más», yo respondo: «No te dejan, te preguntan si te querés quedar». Y claro que me quiero quedar. Esto es alucinante. Que vamos a sufrir, ya lo sé. Yo viví todo lo groso que un ser humano puede vivir: cosas increíbles y cosas terribles. Tengo discos que se escuchan en todo el mundo, una hija alucinante, pero también se murió mi hermano, hace poco se murió mi otra hermana. Veo la foto y quedé yo solo. Y sin embargo, siempre le encontré sentido al asunto. Sé que todo esto es inexplicable, que no tiene una explicación lógica que se pueda analizar desde la razón. Pero mientras el corazón siga latiendo… Eso. A la pregunta que vos hacés: todo esto que te digo, usando muchas palabras porque es difícil explicarlo, lo que está intacto es eso: las ganas. Y Catupecu Machu no es un grupo como U2, que después de tantos años sigue siendo el mismo con los mismos integrantes y el mismo manager. Catupecu no. Catupecu cambió de manager, cambió de formas. Es más parecido, salvando las diferencias y no por la música, a algo como Nine Inch Nails o Queens of the Stone Age. En Nine Inch Nails la única constante es Trent Reznor. En Catupecu pasa algo parecido: es un organismo mutante, que va cambiando, que se transforma. Y ese nombre, ese espacio, es el lugar para que esas manifestaciones ocurran. A veces funciona como un equipo de fútbol, y la constante, en todo ese recorrido, fui yo.
    Seguramente en ese momento, cuando te pasaba eso, nos moríamos todos.
    -La buena energía que ustedes enviaron me llegó completa. Mientras pasaba por el ACV, pensaba: quiero vivir. Supe que si me quedaba tirado, todo se me vendría encima. Fue algo ínfimo, una locura, pero sentí que no era mi momento; había tanta gente que me quiere, y quería seguir acá. Por eso pongo tanto entusiasmo en el disco nuevo de Catupecu, en los tres volúmenes de Continhuará y en mi trabajo en solitario: siempre fui de hacer, de crear. Y ahora estoy acá y siento la sangre correntina en mí: mi abuelo y mi abuela eran de Corrientes, y el sapucay lo llevo adentro; mi padre me lo cantaba desde chico. Aunque nací en Santa Fe y nunca viví ahí, siento que llevo un poco de cada lugar: Córdoba, Santa Fe, Corrientes. Llegar a Corrientes y ver su belleza, su magia, es una experiencia profunda y hermosa.
    Corrientes es una tierra mágica, la yvy maraney, la tierra sin mal.
    -¿Se llama así? Tierra sin mal. Qué loco, mirá vos.

    De lo cotidiano a lo trascendente:
    vivir en el arte

    Si tuvieras que definir el presente artístico de Fernando Ruiz Díaz, ¿en qué momento de este camino de arte te encontrás?
    -Mirá, Borges decía -Borges, un tipo que admiro mucho-, y a mí me gusta escucharlo más que leerlo, porque yo me dediqué a escribir desde chico. Vivo en una familia muy lectora: mi papá, mi mamá y mi hermano Gaby, que es menor que yo, pero todos muy lectores. Siempre amé los libros, aunque los abro solo una o dos páginas cada vez. Siempre me gustó escribir, así que me dediqué a eso. Tengo todos los libros de los escritores que me interesan y la colección de mi papá, de mi mamá y de mi hermano, pero los abro y, a veces, en solo un par de hojas ya me llevo algo. Me gusta ver de qué hablan. Borges decía que, en definitiva, la obra del artista, aunque no quiera, habla de él. Todo parte de la experiencia, aunque la imagine para otro. Entonces, el momento artístico en el que me encuentro… no sé bien, pero creo que la obra del artista refleja al artista. Si querés conocer un poco a Fernando, escuchás Volumen 1, 2 y 3 de Continhuará, los discos que hice solo, que en realidad fueron como demos en mi casa: con una puerta, una computadora y un cuaderno. La mayoría de las canciones de Catupecu comenzaron así, solo en casa, y después trabajé con ingenieros. Ahora me encuentro en esa búsqueda, con el pulso a flor de piel. Los momentos en que no me sentí bien fueron cuando ese pulso no estaba tan presente. Y ahora finalmente está sucediendo, después del disco de 2011. Ya casi tenemos listos los demos y viene la etapa de sala.
    Más allá de los discos, de los escenarios, ¿qué creés que es lo verdaderamente esencial que te enseñó el arte sobre la vida?
    -El arte y la vida me han enseñado, y me siguen enseñando, que todo es como la vida misma. A veces hablo con personas que dicen: «Mi época… ¿¡qué época!?», y creo que hablan de aquel tiempo en que se sentían libres: la Secundaria, los viajes a Bariloche… Yo hice cientos de viajes así porque vivo disfrutando esos momentos, hoteles parecidos, viajes parecidos, pero siempre buscando pasarla bien. La enseñanza más grande que me deja la vida es que, más allá del dolor y del sufrimiento, vale la pena vivir. Como en La vida es bella, pasa lo que pase, la vida es alucinante, y es eso lo que me hizo decidir seguir cuando tuve el ACV: porque quiero quedarme, porque la vida merece ser vivida. Desde chico me pasó ver a los humanos separados entre los que hacen y los que no hacen. Para mí no hay medias tintas: hay que hacer, porque la vida es una infinidad de posibilidades. Incluso en lo cotidiano, en gestos simples, se nota: a veces paso rápido saludando para no quedarme hablando con todos, y mi hija me lo reclama, pero es parte de seguir viviendo y aprendiendo. Cada instante tiene sentido, y uno puede encontrarlo, incluso en la pérdida: después de la muerte de mi hermano o de su accidente, aprendí que lo vivido sigue presente y que la vida sigue ofreciendo momentos de conexión y sentido. Lo importante es vivir, entrar en lo profundo de la experiencia, sin confundir herramientas con propósito. El celular, como cualquier objeto, solo sirve cuando se usa bien; no es un fin en sí mismo, igual que un martillo no se lleva a todas partes, sino que se usa para construir. La vida merece ser vivida plenamente, y por suerte yo conocí la edad analógica, donde nadie podía encontrarte en ningún lado. Esa libertad me enseñó que la felicidad es momentánea, y que la tristeza, que puede ser eterna, solo se alivia con esos instantes de alegría. Siempre elegí el camino más difícil, el de la virtud y la felicidad, aunque sea más complejo que la comodidad o la rutina. Es fácil quedarse dormido, comer mal o no levantarse; lo difícil y valioso es actuar con intención. Desde el accidente de mi hermano, hice muchísimo por mantener esa actitud, porque como dice la frase sajona: «Attitude is everything». La actitud es todo.

    El legado musical que trasciende tiempos y fronteras

    ¿Qué deseas que alguien descubra cuando te oye por primera vez?
    -Siempre reflexiono cuando escucho otros artistas, ya sea música o pintura. Me gustaba Dalí, y cuando vi uno de los Cristo de Gala en Buenos Aires. Pero cuando vi un Dalí al lado, o un Klimt en el Metropolitan de Nueva York -íbamos a terminar un disco con Catupecu, El Mezcal y la Cobra, que tenía un tema llamado Klim-, no pude contener el llanto; no podía creer lo que estaba viendo. Creo que, por cosas que me han dicho, algunas músicas de Catupecu o mías han conmovido a otras personas, en mayor o menor medida, y en ese sentido, me puedo dar por realizado. Muchas veces sentís satisfacción al lograr en otra persona algo que ni siquiera buscabas; yo nunca hice una canción para conmover, sino porque era una manifestación inevitable, mi manera de expresarme. Quizás hay épocas en la historia en que lo que sucede tiene que ver más con el mercado, con lo que «necesita» vender. Pero para mí, lo que genera el arte de otros es infinito, inmenso, y aunque no lo entienda, lo siento profundamente. Haber generado algo así en otras personas y seguir con ganas de explorar… eso es enorme. Ganas de buscar siempre tengo, pero más ganas de encontrar. Porque cuando algo surge sin buscarlo, ahí sucede la magia. Ese es el lugar al que quiero llegar.
    Sin duda, en tu obra hay piezas maestras como Dale!, que levantó toda una generación o Magia Veneno, que abrió la percepción de muchas personas, muchos músicos.
    -Magia Veneno fue un tema muy especial para mí. Desde la primera canción que escribí siempre conviví con un temor: el de la próxima canción, el miedo a que un día no pase más. Porque somos humanos y, aunque amo la magia del escenario, del estudio, de viajar, también existe la vida cotidiana, lo social, lo que hay que hacer aunque no nos guste. Yo, por suerte, puedo vivir mucho tiempo en ese territorio mágico, que es el que le deseo a todos: sentir amor, ser querido, querer, y experimentar esa felicidad simple de cuando de chicos logramos algo y alguien nos dice «qué bueno lo que hiciste». Esa alegría infantil la seguimos llevando siempre; somos, de alguna manera, eternos niños. La diferencia no está en el momento, sino en la plenitud con la que se vive. Magia Veneno es una canción que, literalmente, me fue regalada: la soñé. Estaba de gira -terminó en Mar del Plata- y mi novia me dejó un mensaje diciéndome: «Vos no vas a cambiar nunca». Yo le respondí que uno puede cambiar cosas, mejorar, pero hay algo esencial que no cambia: la búsqueda constante. Esa desesperación hermosa por encontrar canciones, porque sé que un día la vida se termina y no voy a poder encontrar más. En ese momento habían pasado muchas cosas: la muerte de mi papá, situaciones fuertes, noches intensas. Una madrugada tremenda, al despertar, la canción ya estaba ahí: el bajo, la guitarra, la voz. Era como si Magia Veneno ya existiera y yo solo hubiera tenido que escucharla. Así sucede a veces: no se trata de buscar, sino de estar disponible para cuando la música decide aparecer.

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