La primera noche de la 35° Fiesta Nacional del Chamamé no fue una más. El clima, caprichoso y desafiante, quiso poner a prueba el temple del correntino con un temporal que amenazó con silenciar los fuelles y anegó el Anfiteatro Cocomarola. Sin embargo, el sentimiento pudo más que el barro y entre los momentos más emotivos de la jornada, sobresalió la presencia del Ballet Municipal de Itatí, una embajada que trajo consigo la esencia misma del Pueblo de la Virgen.
MANTO CELESTE
Y BAILE SAGRADO
Bajo el lema «Danza y religión», la delegación itateña llegó a la Capital con el propósito de que los asistentes pudieran apreciar su identidad cultural y devoción. A pesar de que las inclemencias del tiempo impidieron el montaje del stand de turismo donde originalmente iban a realizar su representación, el grupo no se amilanó. Con la convicción de quien cumple una promesa, los integrantes se abrieron paso entre el público para que la «Virgen Morena» estuviera presente y capturó todas las miradas.
La participación de Martina, una pequeña de apenas 10 años, conmovió a los presentes, ataviada con el manto y la corona que distinguen a la patrona del Litoral. La propuesta buscó fusionar la danza con la plegaria.
«Nuestro lema es danza y religión. Donde vamos, siempre llevamos nuestro emblema que es la Virgen», explicó en diálogo con EL LIBERTADOR la profesora Ingrid Ruiz Díaz, coordinadora del ballet.
«Por las cuestión climática no pudimos armar el stand, pero no queríamos dejar pasar el evento sin que la gente pudiera ver lo que trajimos de la localidad», agregó.
UNIDOS POR EL
SENTIMIENTO
El despliegue en el escenario mayor «Osvaldo Sosa Cordero» también fue para el recuerdo. La pareja integrada por Aldo y Lili, demostró la cadencia y el respeto que el chamamé auténtico exige, acompañada de Tiago y Santiago, junto a Ludmila y Camila, que completaron el cuadro de la danza itateña.
El Ballet Municipal de Itatí dejó en claro que, para el correntino, el chamamé es una forma de rezar. En una noche diáfana, horas después que el cielo descargara su furia, la presencia de la «Virgencita» y el baile de sus hijos fueron el bálsamo necesario para recordar que la fiesta, antes que un espectáculo, es una celebración de nuestra propia existencia.

