- Que el mundo reconozca en la divinidad del Hijo la paternidad de Dios.
El prólogo del Evangelio según San Juan, posee una riqueza inagotable. Debiéramos detenernos en cada versículo, de los 18 redactados por el evangelista y Apóstol y no lograríamos sintetizarlos debidamente.
Construye una teología magistral sobre el Verbo Eterno que, por decisión inescrutable de Dios, se hace hombre para redimir al mundo del pecado y recomponer su Vida original. Su pluma traza una semblanza perfecta de Cristo, el Hijo de Dios encarnado. Acude continuamente a la contemplación del Misterio divino y se deja inspirar por el Espíritu, hasta en sus mínimos detalles. En esos 18 versículos expresa todo el contenido de la Revelación.
La Iglesia se ha hecho eco del mismo, en la frecuencia con que acude al texto bíblico. El propósito de Juan es presentar a Cristo, el Verbo encarnado, para que el mundo reconozca, en la divinidad del Hijo, la paternidad de Dios. La salvación depende de ese reconocimiento.
Al identificar, en el Emanuel, el propósito de adoptarnos como hijos y hacernos partícipes de la Vida divina, logramos el cumplimiento de nuestra vocación de seres libres y de nuestra auténtica felicidad. Se necesita despertar un verdadero y eficaz interés por recibir la Palabra.
San Juan manifiesta una singular sensibilidad espiritual durante el ejercicio de su ministerio apostólico. Nos basta leer atentamente sus escritos y dejarnos inspirar por ellos, hasta el fin. Es la palabra de la Palabra, convertida en eco de la voluntad del Padre, inconfundible y revelador del Misterio de Dios. No existe otra alternativa de encuentro con Dios que Cristo. Por ello el celo discreto y valeroso de los Apóstoles por presentarlo como único entre las múltiples y deslumbrantes propuestas del mundo. Ya Jesús indica que el mundo aparenta ganar la contienda. Pero, la verdad toma distancia del error y acaba por superarlo. El desaliento de los buenos consigue, en apariencias, un doloroso resultado, pero no sucumben al mal. La gracia, que procede del Espíritu, viene en auxilio de los seres más abrumados por la culpa y la desorientación.
- La sabiduría de la Cruz, en la teología de Pablo.
Juan insiste con su sabia reflexión sobre la Palabra, que Dios pronuncia para un mundo sin rumbo. Es su mismo Hijo divino destinado a ser el Salvador, mediante la Encarnación, Muerte y Resurrección.
Los apasionados sentimientos de San Pablo expresan lo que significa para el Apóstol el Misterio de la Cruz. Es para él todo lo que quiere saber para transmitirlo al vasto mundo de la gentilidad. Y lo logra de manera fehaciente, de tal modo que su peculiar ministerio, que lo distingue y destaca entre sus hermanos Apóstoles, se manifiesta dotado de nuevos dones del Espíritu. Todos ellos destinados a plasmar una fisonomía eclesial que identifica, en aquellos difíciles orígenes, la Iglesia de la que Cristo es la Cabeza y los Apóstoles, su misterioso fundamento. Perder esa perspectiva institucional conduce, inevitablemente, a la infidelidad y al error.
Para que no se produzca tal cimbronazo deformante, se requiere la humilde disponibilidad humana para recibir la Palabra sin prejuicios ni condicionamientos, «y la Palabra estaba junto a Dios y la Palabra era Dios» (Juan 1, 1).
El prólogo evangélico de Juan nos devuelve a la realidad del Misterio, oculto desde los orígenes de la Creación, y ahora revelado en Jesucristo. Cada versículo introduce en el conocimiento de Dios, del Dios verdadero, que se instala en la historia y le da sentido. Todo error pesa sobre la humanidad y se opone a Cristo, que es la Verdad. El mundo, del que somos ciudadanos, presenta la oposición a Dios como «su pecado». El Bautista señala a Jesús como el Cordero «que quita el pecado del mundo». Su misión, que da a conocer a sus discípulos, es eliminar el pecado, no identificado como mera transgresión, sino como desobediencia al Padre Dios que se expresa, con absoluta claridad, en su Verbo divino: «De su plenitud, todos nosotros hemos participado y hemos recibido gracia sobre gracia: porque la Ley fue dada por medio de Moisés, pero la gracia y la verdad nos ha llegado por Jesucristo. Nadie ha visto jamás a Dios; el que lo ha revelado es el Hijo único, que está en el seno del Padre» (Juan 1, 17-18). De la plenitud del Señor resucitado recibimos la oportunidad de vivir en Él y movernos hacia el Padre.
El Tiempo de Navidad es una ocasión privilegiada para contemplar, con pobreza de corazón, el Misterio Divino. - Recibir la Palabra es hacerla propia.
En el entorno del prólogo del Evangelio de Juan subyace una invitación a la conversión. Recibir la Palabra es hacerla propia por la obediencia y el amor; no es suficiente escucharla y ofrecerle nuestro consentimiento intelectual. Muchos lectores y estudiosos de la Biblia no han aceptado la Palabra, y, la gracia de la misma no puede realizar su obra de transformación y santificación.
Es una gracia que Dios dispensa a quienes reciben la Palabra y la ponen en práctica: «Pero a todos los que la recibieron, a los que creen en su Nombre, les dio el poder de llegar a ser hijos de Dios» (Juan 1, 12).
El principal efecto de la Palabra aceptada es la conversión del oyente en hijo de Dios. Quienes creen en su Nombre, al recibir la Palabra, Dios les ofrece ser hijos suyos, como lo es Jesús, pero por adopción. Hemos transitado los primeros días de un año nuevo. Es oportuno que adoptemos una renovada manera de comportarnos ante Dios y ante la sociedad de que somos parte. El Evangelio, en el que creemos, se constituye en norma e inspiración, y nos ofrece la oportunidad única de vivir lo que creemos. Es decir, de abandonar las ficciones a las que el mundo nos tiene acostumbrados.
Es preciso no mentir, ni mentirnos. El Evangelio -Cristo Palabra de Dios- es gracia que ilustra y capacita para que los hombres y mujeres lo encarnen en sus vidas. Nadie puede sentirse, o declararse, eximido de esa principal opción de vida. Dios hace posible lo que los hombres declaran imposible. Los medios sobrenaturales para lograrlo, están al alcance de quienes los soliciten.
Nos referimos a la Palabra predicada -por la Iglesia- y los Sacramentos que la misma Iglesia celebra. Al servicio de los mismos está el Sacerdocio ministerial que es transmitido, en fiel continuidad, mediante las diversas etapas del Sacramento del Orden Sagrado: Episcopado. Presbiterado y Diaconado. Es transmitido mediante la imposición de manos de quienes poseen la plenitud del Orden Sagrado.
Recordar la estructura sacramental de la Iglesia ha sido para muchos hermanos separados motivo de recuperación de la catolicidad que poseían antes de romper con la Iglesia Católica. Para muchos de ellos, significa transitar el camino de regreso a casa.
El año 2026, ya iniciado, es un camino a recorrer evitando todo escollo que lo obstruya. Para ello es preciso no salirse del sendero, trazado desde sus orígenes. Respetar a la Iglesia, en sus notas esenciales, conservadas en la que ha iniciado hoy su bimilaria historia, supone la guía de los Apóstoles y de los Padres, que siguen garantizando su autenticidad, a pesar de quienes no fueron sus mejores representantes. - Misión materna de María: Madre de Dios y de los hombres.
En el primer día del año 2026 acudimos a María, Madre de Dios. Su misión materna la introduce en el Misterio del Hijo divino y, de esa manera, le otorga una particular facultad que la proyecta solidariamente con la misión redentora de su Hijo divino. Es inexplicable que se discuta lo que el Pueblo de Dios ha creído desde los orígenes de la fe. María, Medianera de todas las gracias, participa como nadie de la acción redentora de su Hijo divino.
Su particular mediación procede de su solidaridad única con Jesucristo, Redentor de todos los hombres. De allí la espontánea devoción del pueblo creyente, subordinada a la de Jesús pero distanciada de la devoción a los ángeles y a los santos (dulía). Se la llamaba devoción de hiperdulía y se la distinguía de la que corresponde únicamente a Dios (latría). Son términos teológicos que ofrece claridad al contenido de la fe.
- Homilía del Domingo
4 de enero de 2026.

