Se cumplen 250 años de la publicación de “La riqueza de las naciones”, la obra de Adam Smith que influyó profundamente en la forma de pensar el comercio y la economía moderna.
Smith defendió ideas como la división del trabajo y el libre comercio, pero esas ideas surgieron en un contexto concreto: Gran Bretaña ya era una potencia en ascenso y estaba entrando en la Revolución Industrial. En ese escenario, el libre comercio beneficiaba a una economía que ya tenía ventajas productivas.
La historia muestra algo interesante, muchos países que luego se convirtieron en potencias no aplicaron el libre comercio cuando estaban construyendo su desarrollo, primero protegieron su industria, invirtieron en infraestructura y fortalecieron su mercado interno.

Alemania lo hizo siguiendo las ideas de Friedrich List, Estados Unidos también protegió su industria durante gran parte del siglo XIX. La lógica era simple: primero desarrollar la capacidad productiva, después competir. Incluso el propio Smith advertía que una apertura brusca podía destruir empresas y empleos, decía que la política económica debía aplicarse como un medicamento: con la dosis justa.
La Argentina conoce bien este debate, desde el siglo XIX dirigentes como Pedro Ferré, Carlos Pellegrini y Vicente Fidel López planteaban el mismo dilema: limitarse a exportar materias primas o construir una nación con industria y producción. La enseñanza que deja la historia es clara, las ideas económicas no son dogmas.
Cuando un país ya es fuerte, el libre comercio puede potenciar su desarrollo. Pero cuando un país todavía está construyendo su estructura productiva, primero necesita fortalecer su industria, su tecnología y su capacidad nacional.
En otras palabras: primero se construye el país, después se compite. Las grandes potencias lo entendieron hace siglos, el desafío de la Argentina sigue siendo no olvidar esa lección.
Noel Eugenio Breard – Senador provincial (UCR).


