Por Roberto S Vallejos (*)

De ovejas a cucarachas


"No podemos callar lo que hemos visto y oído". 
Hech.4,20

En julio último se cumplieron 44 años del asesinato de los padres palotinos en la Ciudad de Buenos Aires e informaban sobre las actividades a desarrollar desde esa fecha hasta el 4 de agosto próximo.
Ello me permitió recordar que estuve en la misa de cuerpo presente de los cinco mártires, es decir, de los testigos del Señor.
Sergio Lucero, en Mártires del Pueblo relata las dudas que desvelaba a los cinco palotinos y a la comunidad de San Patricio ante las amenazas a que eran sometidos en esos días. "Se preguntaron cuál era la conducta a seguir, qué debían hacer ante todo lo que sucedía: si callar o seguir anunciando la Palabra que proclama la dignidad de toda vida humana y defender a las víctimas". La respuesta: "Tenemos que obedecer a Dios antes que a los poderes de este mundo".
Lucero señaló además que "un par de semanas antes a la masacre, el padre Alfie Kelly dio una homilía que dejó huellas en la historia, en el contexto de un templo lleno con muchos feligreses cercanos al poder económico y militar de la época. Entre ellos algunos que ya habían firmado una carta de repudio a Alfie, pidiendo su traslado, carta de sentencia. Los testigos del momento recuerdan la tensión en el ambiente, la potencia de las palabras, la incomodidad y el desconcierto en algunos rostros. Alfie, que se había enterado que algunos de los presentes comercializaban pertenencias de desaparecidos, dijo: 'Hermanos: he sabido que hay gente de esta parroquia que compra muebles provenientes de casas de gente que ha sido arrestada y de la que no se conoce su destino. En todo el país surgen más y más de estos casos. Madres que no saben dónde están sus hijos, hijos que no saben dónde están sus padres, familias forzadas al exilio, señales de muerte por todos lados. No podemos desconocer en estos días la persecución que sufre nuestro pueblo. Quiero ser bien claro al respecto: las ovejas de este rebaño que medran con la situación por la que están pasando tantas familias argentinas, dejan de ser para mí ovejas para transformarse en cucarachas'".

LA MASACRE DE 
SAN PATRICIO

Sergio Lucero también incluyó en su largo informe este relato: Rolando se acerca a San Patricio como todos los domingos para tocar la música de la misa de las 8 de la mañana. Es 4 de julio de 1976. Un grupo de feligreses se agolpa extrañados en las puertas del templo porque ya es la hora del oficio y las puertas siguen cerradas. Rolando tenía 16 años, encuentra una banderola abierta del salón de la planta baja. Entra a la casa, sube las escaleras y cuando llega al pasillo se encuentra con las luces encendidas, todo revuelto, inscripciones sobre el piso y las puertas: "Por los camaradas dinamitados de Seguridad Federal. Venceremos. Viva la Patria". "Estos zurdos murieron por ser adoctrinadores de mentes vírgenes y son Mstm (Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo)". Con solo unos pasos a la derecha se asoma al living donde, entre la mesita del televisor y un sillón, encuentra los cuerpos acribillados de Alfie Kelly (43), Alfredo Leaden (57), Pedro Dufau (68), Salvador Barbeito (29) y Emilio Barletti (23). Ochenta balazos por la espalda en la intimidad de la casa. Imagen de escarmiento y terror. Mensaje de la impunidad total". 
El cardenal Bergoglio inició en 2005 la canonización de los cinco palotinos muertos por la última dictadura militar.
También vino a mi memoria que entre los cientos de dolientes feligreses presentes divisé en el atrio a un político católico conservador a quién conocía. Al consultarlo sobre quiénes habían sido los autores me respondió con evasivas. Ya se sabía quiénes habían sido, pero mi conocido no quería condenar al terrorismo de Estado por temor al comunismo. La recordación de aquel hecho me permitió recordar también que desde la derecha contraria al mensaje liberador de la Iglesia, especialmente a partir del Concilio de Medellín, frente a las opresiones del capitalismo o de la izquierda totalitaria, ambos han tratado de instalar la idea de que la Iglesia fue connivente con la última dictadura militar. Parcialmente es cierto, porque una pequeña parte de su alta jerarquía actuó con debilidad o bien temerosa "a la violencia de una izquierda comunista". Como bien lo señaló Robert Kennedy en Canal 9 de Buenos Aires en la década del 60, ante un panel de estudiantes que le preguntaron si él era anticomunista respondió que a él le preocupaba el comunismo, pero mucho más lo que lo genera: las injusticias sociales y el sometimiento de grandes mayorías por parte de gobiernos autoritarios o explotadores del pueblo.
El mensaje de la Iglesia cuestionado, profundizado por Francisco I, busca concientizar sobre la necesidad de lograr un sistema basado en el amor al prójimo, de respeto a la dignidad humana, de justicia social y jurídica, de solidaridad, eliminar la pobreza, el desamparo y promover la realización integral de la persona, y evitar la concentración de riquezas por parte quienes están atrapados por la codicia. Esto significa decir no al individualismo capitalista y también no a la supresión de la libertad individual para fortalecer al Estado, como lo promueve la izquierda totalitaria, pues ambos terminan siendo dueños y señor de bienes y derechos humanos. Por eso, desde la extrema izquierda o desde la extrema derecha se pretende desacreditar a quien promueve verdaderamente una opción humanista.
Pero no solo los padres palotinos cumplieron con "el no puedo callar lo que hemos visto y oído".
Fueron muchos los obispos, párrocos y laicos de la Iglesia Católica que dieron su vida o fueron valientes denunciantes de la violación de los derechos humanos. No soy historiador ni estudioso de todas las intervenciones de miembros de la Iglesia en ese sentido. Sólo recuerdo algunos, entre ellos el asesinato de los padres Gabriel Longeville y Carlos de Dios Murias y el dirigente laico Wenceslao Pedernera pertenecientes al Obispado de La Rioja; al obispo Enrique Angelelli de La Rioja; Padre Carlos Mugica, asesinado por la oficialista Triple A; obispo Carlos Ponce de León el 11/7/77, que al igual que la de monseñor Angelelli su muerte fue disfrazada por la dictadura como accidente de tránsito.
También recuerdo a los valientes religiosos y laicos que pudieron salvar sus vidas no obstante las amenazas recibidas y a los párrocos que abrieron las puertas de sus templos para quienes actuaban en defensa de los derechos humanos, entre otros a monseñor Novak (Quilmes); cardenal Pironio, obispo de Mar del Plata; Monseñor Zazpe, obispo de Santa Fe; monseñor De Narváez, obispo de Neuquén; monseñor Miguel Hesayne, obispo de Viedma (Rio Negro); monseñor Alberto Devoto, obispo de Goya; monseñor Rómulo García, Mar del Plata; monseñor Miguel Raspanti, obispo de  Morón; monseñor Laguna, obispo de San Isidro, y a monseñor Jorge Mayer, obispo de Bahía Blanca.
Pero aparte de las destacadas actuaciones de los ya mencionados  recordamos que la propia Asamblea Plenaria de la Conferencia Episcopal Argentina, en mayo de 1977, todos los obispos argentinos denunciaron a través de su documento Reflexión Cristiana para el Pueblo de la Patria, "las numerosas desapariciones y secuestros sin que ninguna autoridad pueda responder a los reclamos que se les formularon; la situación de numerosos habitantes desaparecidos o secuestrados por grupos autoidentificados como miembros de las Fuerzas Armadas o policiales sin que los familiares ni los obispos pudieran lograr información alguna. Además, expresaron que sometían a los detenidos a torturas; que hay largas detenciones sin que el detenido pueda defenderse o saber los motivos de su detención y que el trabajo en beneficio de los pobres y abandonados no debe ser sospechado de marxismo".

(*) Cofundador de la Asamblea Permanente de los Derechos Humanos, ex secretario del Movimiento Ecuménico por los Derechos Humanos. 

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