DOMINGO 33° DURANTE EL AÑO, TIEMPO ORDINARIO, CICLO C, EVANGELIO DE SAN LUCAS 21, 5-19

Quien sostiene el error como verdad, hasta ser regido por él, se constituye en el peor agresor y el mayor agredido

La soberbia, no obstante, inspira una cierta victimización de los verdaderos culpables, trasladando toda la responsabilidad a quienes piensan y se comportan de otra manera. Como consecuencia se producen hechos violentos, hasta vandálicos, que enrarecen la convivencia entre los ciudadanos. Fuimos espectadores asombrados de grafitis blasfemos, de intentos incendiarios contra templos e imágenes religiosas, de espectáculos obscenos. Ese impresionante desorden es signo externo del desorden interior del hombre, caído de rodillas ante sus propios ídolos... El mal se expande como la humedad.

Por el arzobispo emérito de Corrientes Domingo Salvador Castagna* 

1. No se dejen engañar.   

 
Estamos cerrando el Año Litúrgico 2019. Los textos evangélicos proclamados describen, con términos apocalípticos, los acontecimientos previos al fin de los tiempos. 
El arte cinematográfico y algunas expresiones literarias contemporáneas cargan las tintas en demasía, con sus relatos imaginarios de exagerada tenebrosidad. No es la intención de Jesús asustar a los hombres, al contrario: "Tengan cuidado, no se dejen engañar… Cuando oigan hablar de guerras y revoluciones no se alarmen; es necesario que esto ocurra antes, pero no llegará tan pronto el fin" (Lucas 21, 8-9).
El "fin" referido por el Señor no consiste en el acabose sino en la síntesis de lo anterior. Nos encaminamos a la perfección, si lo hemos decidido mediante una vida fiel a la voluntad de Dios, jamás a la disolución o a la no existencia. 
Para arribar a esta conclusión necesitamos ser guiados por el mismo Cristo, sin evitar ser confrontados por el mundo agresivo e inconverso aún.
Las manifestaciones de esa agresión, severa y sistemática, se multiplican sostenidas por grupos minúsculos y muy activos. Un contraataque de idéntico voltaje no corresponde al método empleado por Jesús.
 
2. El mal no tiene límites.
 
Quien sostiene el error como verdad, hasta ser regido ética o moralmente por él, se constituye -de él mismo-, en el peor agresor y el mayor agredido. La soberbia, no obstante, inspira una cierta victimización de los verdaderos culpables, trasladando toda la responsabilidad a quienes piensan y se comportan de otra manera. Como consecuencia se producen hechos violentos, hasta vandálicos, que enrarecen la convivencia entre los ciudadanos. 
Fuimos espectadores asombrados de grafitis blasfemos, de intentos incendiarios contra templos e imágenes religiosas, de espectáculos obscenos. Jesús ya lo anticipaba con expresiones de gran poder simbólico: "Se levantará nación contra nación y reino contra reino. Habrá grandes terremotos, peste y hambre en muchas partes; se verán también  fenómenos aterradores y grandes señales en el cielo" (Lucas 21, 10-11).
Ese impresionante desorden es signo externo del desorden interior del hombre, caído de rodillas ante sus propios ídolos. La presencia destructiva del mal y la ausencia de Dios, producen el odio y el infortunio entre las personas y los pueblos. 
Esta conclusión no es una inocentada inventada por la Iglesia.
El mal -o el pecado- se extiende sin respetar fronteras, sobre la sociedad actual, como la humedad que impregna los muros de un edificio abandonado. 
Es el momento de unir esfuerzos para ofrecer la Redención de Cristo a todos, sin excepción.
 
3. Nuestra propia cruz.   
 
Pero más que cataclismos espectaculares se producirán crueles persecuciones contra los creyentes, que siguen empeñados en "defenderse delante de cualquiera que les pida razón de la esperanza…" (1 Pedro 3, 15). 
El Papa ha afirmado que son hoy más numerosos los mártires que en los primeros siglos. 
Nunca los tiempos han sido fáciles o propicios para presentar y vivir el Evangelio. Las actuales dificultades constituyen la actualización del viejo desafío a la fe católica. 
El Señor se niega a facilitarnos las cosas, nos ofrece su gracia para hacer posible su logro. La prueba siempre es dolorosa, a veces intentamos huir de ella, suplicando a Dios que se ponga de nuestra parte y nos exima del sufrimiento de "cargarla" en su seguimiento. No es lo mejor para nosotros ya que contraría una exhortación precisa y oportuna del mismo Señor: "El que quiera venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga" (Mateo 16, 24).
Las limitaciones que nos afligen, las enfermedades e injusticias que padecemos, constituyen la propia cruz, la que Cristo nos exhorta a cargar. También es cruz "a cargar", el combate que nos corresponde para restablecer la justicia y cauterizar las heridas de nuestros hermanos, de sus comunidades y pueblos.
 
4. Para ser testigos de Cristo.
 
Jesús vino para que la Verdad -que es Él mismo- disipe las densas tinieblas del error. 
Sus discípulos deben ser cautos e inocentes, mansos y valientes guerreros, porque la Grey, reunida en virtud de su pastoreo, será amenazada sin piedad por el enemigo. 
El ministerio que les confía no puede limitarse a estar, los convierte en testigos activos y comprometidos: "…los perseguirán, los entregarán a las sinagogas y serán encarcelados; los llevarán ante reyes y gobernadores a causa de mi Nombre, y esto les sucederá para que puedan dar testimonio de Mí" (Lucas 21, 12-13).
San Juan Pablo II afirmaba que el mundo necesita ese testimonio. Los santos, según sus mismas expresiones, son quienes lo ofrecen siendo simplemente "santos".
 
         * Homilía del domingo 
                 10 de noviembre.

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