DOMINGO 32° DURANTE EL AÑO, TIEMPO ORDINARIO, CICLO C, EVANGELIO DE SAN LUCAS 20, 27-38

¿Qué pasa después de la muerte? La afirmación de Jesús y de la civilización del vacío y la intrascendencia

En un diálogo muy cordial entre el emblemático locutor Antonio Carrizo y la casi centenaria Alicia Morau de Justo, auto declarada no creyente, el locutor le preguntó, muy respetuosamente: "Doctora, ¿qué es la muerte para usted?". La insigne mujer le respondió: "Un hecho biológico, como el nacimiento". La afectuosa respuesta de Carrizo es impactante: "Como yo creo, le deseo a usted, porque le tengo gran aprecio, la Vida eterna".

1. La vida después de la vida.   

 
La vida después de la vida apasiona a la mayoría de los hombres. Jesús acepta el desafío de los saduceos, quienes no creían que hubiera vida después de la muerte. 
Con la excusa de resolver una cuestión jurídica y sin pretenderlo intencionalmente, aquellos implacables adversarios ofrecen un espacio oportuno para que el Señor deje sentada su doctrina sobre la Vida eterna y el destino trascendente del hombre. 
Al ser testigos compungidos de la muerte de tantas personas, algunas de ellas muy cercanas -a causa de la sangre y del afecto-, no podemos dejar de intentar una explicación razonable. 
Para quienes no creen en Dios la muerte, como el nacimiento, constituye "un hecho biológico", sin más explicación que ser lo que es. 
Recuerdo un diálogo muy cordial entre el emblemático locutor Antonio Carrizo y la casi centenaria Alicia Morau de Justo, auto declarada no creyente. El locutor le preguntó, muy respetuosamente: "Doctora, ¿qué es la muerte para usted?" La insigne mujer le respondió: "Un hecho biológico, como el nacimiento". 
La afectuosa respuesta de Carrizo es impactante: "Como yo creo, le deseo a usted, porque le tengo gran aprecio, la Vida eterna".
 
2. Un falso concepto de la vida y de la muerte.   
 
La respuesta de Jesús a los saduceos define su enseñanza con admirable precisión. Pero, al mismo tiempo, aprovecha esa posibilidad pedagógica para descorrer el velo que ensombrece hoy a casi todos los seres pensantes: "¿Qué pasa después de la muerte?" 
Están los profetas del existencialismo filosófico, como el profesado por Jean Paul Sartre. Para el filósofo francés, nada existe antes o después; todo es construcción humana. Un concepto nihilista, pesimista y trágico de la vida. No es lo que piensa y enseña Jesús, en su respuesta a los saduceos: "En este mundo los hombres y las mujeres se casan, pero los que sean juzgados dignos de participar del mundo futuro y de la resurrección, no se casarán. Ya no pueden morir, porque son semejantes a los ángeles y son hijos de Dios, al ser hijos de la resurrección" (Lucas 20, 34-36). 
El concepto de la vida y de la muerte, del amor entre las personas del mismo o distinto sexo, ha perdido el rumbo hacia la trascendencia que revela e impulsa el divino Maestro. Nuestra sociedad está conformada por tendencias dispares, algunas contradictorias. Se culturaliza el error y acaba rigiendo la vida personal y social de muchos ciudadanos. De allí el clima moralmente enrarecido que afecta a todos e impacta principalmente a los jóvenes.
 
3. Destino angélico de la vida humana.   
 
Jesús señala, sin diluyentes, que el destino de la vida humana es la vida angélica: "Son como los ángeles de Dios".  
No encaja bien esta afirmación con la moneda ideológica corriente en un mundo que ha subvertido los valores. Aunque debamos hacer un esfuerzo extra para hacer inteligible esta verdad, indigerible para muchos de nuestros contemporáneos, valdrá la pena que lo intentemos. 
Seguir los pasos de Jesús es aceptarlo tal como se relaciona con el pueblo y sus diversos miembros.
Aquellos discípulos deben aprender de Él a alternar con los saduceos -y sus eternos contradictores, los fariseos-, sin ceder a la ambigüedad del lenguaje corriente. 
La palabra del Señor es tan simple, directa y transparente, que no ofrece ninguna alternativa entre su aceptación o su rechazo.
Hace pocos días hemos celebrado, con especial recogimiento, la conmemoración de los Fieles Difuntos. Toda la Liturgia nos ha recordado nuestro destino de resurrección. La primera Carta de San Pablo a los Tesalonicenses lo formula de esta manera: "Porque nosotros creemos que Jesús murió y resucitó: de la misma manera, Dios llevará con Jesús a los que murieron con Él" (4, 14). Los santos no cesan de pensar en la realidad e inminencia de la muerte. El Señor resucitado, a Quien estamos adheridos por su muerte y resurrección, infunde la virtud de la esperanza, ausente en esta civilización del vacío y de la intrascendencia.
 
4. La esperanza de la Vida eterna.   
 
La fe produce el conocimiento de la realidad que no vemos. Es entonces cuando las personas se diferencian y enfocan sus vidas de maneras tan divergentes.
Vivir asistidos por la esperanza de la Vida eterna ofrece a nuestra historia un sentido nuevo, muy alejado -en las antípodas-, de una concepción pesimista y desalentadora. La expresión: "Dejó de existir", referida a una persona fallecida, indica la ausencia de la esperanza en la definitivez de la vida o Vida eterna. Es, por cierto, una fórmula anticristiana que, lamentablemente, se ha adueñado del lenguaje cultural de nuestra "cristiana" sociedad. Siempre es preciso volver al Evangelio. 
Cristo es el autor y garante de la fe que profesamos o decimos profesar.
 
          * Homilía del domingo 
                 10 de noviembre.

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