Viernes, 13 de Diciembre de 2019

Opinión »  Hay mucha fe muerta en algunos, no pocos, bautizados en la Iglesia Católica

DOMINGO 19 DURANTE EL AÑO, TIEMPO ORDINARIO, CICLO C, EVANGELIO DE SAN LUCAS 12, 32-48

Por el arzobispo emérito de Corrientes Domingo Salvador Castagna* 

1. El necesario ejercicio de la fe.   
 
Es un texto hilvanado con imágenes parabólicas de una impresionante densidad. Jesús no deja resquicios en su exposición ante el pueblo que lo sigue. Cualquier intento de interpretar indebidamente sus enseñanzas, no haría más que distorsionarlas. 
Es preciso escucharlo con humildad, como niños que miran absortos el semblante amado de su padre. Para ello se necesita el ejercicio continuo de la fe. Es entonces cuando se produce un estado de contemplación que señala a Dios -"que es Amor"- como meta final de la perfección humana. Para llegar a ella necesitamos partir de nuestra pequeñez. Nos lo indica el mismo Jesús, al encabezar el presente texto: "No temas pequeño rebaño, porque el Padre de ustedes ha querido darles el Reino" (Lucas 12, 32). El Reino configura toda la verdad, el bien y la bienaventuranza. Para ser parte de él, o poseerlo, se requiere la práctica generosa de la humildad. Es la condición indispensable. No podremos avanzar sin ella.
 
2. La formalidad se opone a la fe viva.   
 
Nuestra sociedad no transita ese evangélico sendero. Lo podemos comprobar al echar una mirada, no demasiado escudriñadora, sobre la realidad que compartimos con nuestros contemporáneos. 
En algunos referentes actuales de la política y de la información parece producirse lo contrario de lo que Jesús enseña. No obstante, muchos de ellos se declaran "cristianos". Pero ¡qué lejos de serlo! Cuando la pertenencia a una expresión religiosa es puramente formal, la fe que la identifica se debilita, hasta desaparecer. 
Santiago lo afirma de manera contundente: "Lo mismo pasa con la fe: si no va acompañada de las obras, está completamente muerta" (Santiago 2, 14). Hay mucha fe muerta en algunos -no pocos- bautizados en la Iglesia Católica. Aunque sea muy doloroso comprobarlo y reconocerlo no debe constituir motivo de desánimo. Más bien es un desafío para quienes mantienen su fe religiosa viva. 
La fe viva por las obras -por el amor- tiende a difundirse, a recalentar los corazones de quienes la poseen débil o moribunda. Es, además, la predisposición necesaria para que el mundo no creyente sea evangelizado por quienes corresponde. 
Los santos Apóstoles constituyen el mejor ejemplo; como paradigmas, en vista al ejercicio de la misión evangelizadora que Cristo encomienda a sus actuales sucesores y testigos. Es preciso reeditar la santidad de aquellos grandes difusores de la Verdad y, de esa manera, hacer creíble su anuncio en la actualidad.
 
3. El poder de la gracia divina.
 
Para ello, es preciso revitalizar la fe, formalmente profesada. 
No podemos vivir en la incoherencia y menos aún en la mentira. 
Si nos declaramos cristianos, debemos vivir como tales y adoptar un comportamiento personal y social que se muestre fiel a los mandamientos y a los valores evangélicos. 
Los medios para lograrlo están al alcance de quienes quieran recibir la gracia divina y, de esa manera, abandonar el pecado y adoptar la "nueva forma de vida" (Hechos). 
Ninguna situación pecaminosa podrá resistirse al poder de la gracia que mana a borbotones de la Palabra y de los Sacramentos. En la historia de la santidad descubrimos ejemplos de cambios asombrosos y humanamente inexplicables. Hombres y mujeres, situados intelectual y moralmente en las antípodas del misterio cristiano, que protagonizan un salto de vértigo, desde el pecado y la negación de Dios, a la sabiduría y a la santidad. Menciono algunos de ellos: San Pablo Apóstol, San Agustín, Santa Edith Stein, Beato Carlos de Foucauld y muchos más. Eran lo que son muchos hombres y mujeres de nuestra complicada realidad. Estos también pueden convertir sus vidas y transformarse en grandes santas y santos. 
Si lo pudieron unos, sin duda lo podrán todos. Les es preciso, para que se cumpla esa transformación, abrir sus corazones a la gracia que Cristo ofrece desde los medios que la transmiten. 
 
4. Velar en la fidelidad.   
 
La Parábola del Servidor Fiel deja de manifiesto la responsabilidad que a cada uno corresponde.
La gracia de Dios otorga la posibilidad de ser santos, pero, no exime a nadie de la decisión, expresada en un generoso consentimiento de la voluntad. La misma opción libre y personal también requiere el fuerte estímulo de la gracia, visualizado en el testimonio de santidad de los auténticos evangelizadores. 
Aunque fue expresado en otras oportunidades es oportuno reiterar la afirmación de San Juan Pablo II: "El mundo necesita de los cristianos el testimonio de la santidad" (año 2001). 
Existe una evangélica exhortación a velar en la fidelidad para que la llegada del Señor no sorprenda a nadie descuidando sus personales deberes: "El servidor que, conociendo la voluntad de su señor, no tuvo las cosas preparadas y no obró conforme a lo que él había dispuesto, recibirá un castigo severo" (Lucas 12, 47). Es preciso velar, respondiendo a la exhortación de Jesús, en vísperas del Viernes de Pasión: "Oren para no caer en la tentación" (Lucas 22, 40).
 
                   * Homilía del 
           domigno 11 de agosto.