Por Carlos Enrique Cabrera
El Poder es pura mudez, plúmbeo silencio. Cuando habla, si habla, impone un pedestre discurso único (uniforme, monolítico, monocorde), mortalmente soporífero, clara representación del vacío y la estolidez que representa y que lo caracteriza: eslóganes, consignas, eufemismos, clichés, frases hechas, interjecciones y onomatopeyas, obviedades sin cuento que quieren pasar, sin lograrlo, por discurso lógico y coherente, amparándose, muchas veces, en el frío y deslumbrador reverberar de los tecnicismos, de los datos y las cifras, de los complejos cuadros estadísticos.
Es por ello que el Poder requiere para perpetuarse y persistir del esplendor y belleza, del prestigio y de la legitimación, en suma, de la ideología y de la cultura y de la palabra. Por lo que tradicionalmente capta a intelectuales y plumíferos con atractivas dádivas y regalías: nombramientos en posiciones públicas relevantes, publicación y difusión de sus obras, intervenciones en significativos actos institucionales, viajes al extranjero, homenajes y reconocimientos, otorgamiento de premios, etcétera, para que éstos actúen y trabajen de forma esforzada y entregada en la dirección que se les dicta y señala, o por lo menos no mantengan una actitud frontalmente crítica ni beligerante contra el Poder y sus representantes.
Los intelectuales que no se avienen a las exigencias y requerimientos del Poder, literalmente no existen y viven como auténticos exiliados en sus propios países, reducidos sin más, al más abyecto ostracismo, al más escandaloso silencio. ¿Cuántos de estos intelectuales desterrados, que viven en un auténtico exilio interior, tenemos en nuestras cálidas repúblicas que quieren mostrarse ante los ojos del mundo como modernos Estados democráticos en pleno avance hacia el pleno desarrollo y el total progreso? Penosamente, quizá, sean hoy en día bastante más de los que cada uno de nosotros estamos dispuestos a reconocer.
El asunto tiene además otra vertiente de alta positividad para el Poder, pues la productividad artística y bibliográfica artificialmente así incentivada, ofrece al espectador no avezado la visión deslumbradora de todo un auténtico "Renacimiento" cultural de la Nación, cuando la realidad es que hay sí en efecto, cantidad de actos y eventos y actividades culturales y publicaciones, pero dado que el único criterio para su selección y gestación efectiva es el entreguismo al Poder que las genera y propicia y las hace posibles, hay muy poca o ninguna calidad en todo ello. Nada en verdad garantiza en un tal estado de cosas, la hondura y pertinencia de ningún accionar humano.
Y por esta vía de la falta de significación de los productos culturales retorna de nuevo el Poder al más cerrado y oscuro silencio.