Por Manuel Alvarado Ledesma

Cuando la deuda abre una oportunidad para quebrar la inercia


E
n la economía global actual hay un signo muy claro: predomina la abundancia de liquidez y las tasas de interés se sitúan cercanas al cero por ciento anual, en moneda dura. Se estima que cerca de 120 mil millones de dólares fueron, en 2019, a financiar emisión de deuda de empresas en países emergentes.
Los inversores financieros operan tras rendimientos positivos, renta, dividendos y ganancias; pero no se focalizan precisamente en la devolución del capital prestado. Es que la devolución, por más satisfactoria que resulte, generará una nueva búsqueda (seguramente, trabajosa), a fin de colocar los fondos recibidos en otros destinos.
La sociedad en general está sometida a determinados prejuicios sobre los acreedores como si ellos fueran una suerte de Harpagón, el prototipo del avaro miserable de la obra de Molière. Un ser desalmado que quiere su riqueza a toda costa. Pero los inversores institucionales y sus administradores buscan determinada renta más cierta garantía de que su capital esté a buen resguardo.
Así las cosas, los deudores deben honrar los servicios de su pasivo voluntariamente contraído y generar las condiciones para que el capital original, neto de las amortizaciones que hubieran ido reduciéndolo, se perciba como libre de mayor riesgo que el inicialmente asumido.
Aunque resulte de Perogrullo, vale remarcarlo: no es lo mismo prestarle a alguien en la Argentina que a otro radicado en un país como Suiza: resulta claramente más riesgoso un préstamo otorgado al primero que al segundo. Pero esta circunstancia puede modificarse con el paso del tiempo. Es decir, los riesgos de recupero del capital y del cumplimiento de los servicios pueden tanto aumentar como disminuir.
Cuando el instrumento, que ese compromiso financiero representa, puede transferirse en mercados de capital, la variación de su precio de compra/venta reflejará las percepciones subjetivas del conjunto de agentes intervinientes en el mercado respecto de la evolución del riesgo.
Según lo publicado por Quantum Finanzas en diciembre pasado, 14 jurisdicciones provinciales argentinas (incluyendo la Ciudad Autónoma de Buenos Aires) tienen 28 instrumentos cotizando en aquellos mercados. El monto total del capital emitido es de 13.687 millones de dólares y la vida promedio remanente supera los 4 años. La tasa contractual promedio de esos 28 bonos es 8,14 por ciento anual pero, al cotizar por debajo de sus valores de paridad, debido al aumento de riesgo de repago, los rendimientos implícitos de un inversor que hoy decidiera comprar deuda provincial argentina quintuplican ese rendimiento contractual.
Ahora bien, ese aparentemente inasible concepto de "riesgo de repago" tiene dos componentes: la voluntad y la capacidad de pagar.
De la consideración de estos componentes surgen dos preguntas: ¿por qué se presta? y ¿por qué se toma prestado? Las respuestas son muy precisas. Se presta para recibir parte del beneficio que el capital aportado genera en el deudor. Y se toma prestado, esperando aplicar los fondos a una actividad o proyecto, que rinda más que su costo financiero.
Entonces, económicamente hablando, no es un hecho negativo endeudarse pagando intereses. Tampoco, dar prestado con el cobro de intereses resulta moralmente cuestionable. Vale recordar el papel de San Cayetano, quien otorgaba préstamos para que la gente encare emprendimientos. Es una particular forma de asociación de intercambio.
La Argentina y algunas provincias deberán renegociar con los acreedores originales o actuales de su deuda soberana o, en su caso, sub-soberana. Con tal fin, es imprescindible llegar a la mesa de negociación con un plan económico sustentable.
Nuestra historia juega en contra. El recorrido marca un error tras otro. Pero no tiene porqué ser un sendero del que dependamos hacia el futuro. El pasado argentino confirma la idea del path dependence de Douglass North (Premio Nobel). Pero como él mismo confirma, no tiene por qué ser un sendero obligado. Está en la sociedad y la dirigencia romper con tal camino.
Para lograr un futuro de desarrollo equitativo, aprendamos de nuestro pasado.
La nota también lleva la firma de Héctor Mario Rodríguez.  Rodríguez y Manuel Alvarado Ledesma son economistas.
 

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