DOMINGO 30° DURANTE EL AÑO, TIEMPO ORDINARIO, CICLO C, EVANGELIO DE SAN LUCAS 18, 9-14

El fariseo se miente y pretende mentir a Dios en su repudiable oración pública

La soberbia se opone a la virtud de la fe y, por lo mismo, cierra el paso a la gracia de la salvación. La ausencia, explícita o implícita, de toda manifestación de fe auténtica, está relacionada -en nuestra sociedad- con el deterioro producido por una infame erosión que enferma su cultura y vuelve delincuencial su comportamiento... Entonces, más que una razonable distinción entre la Iglesia Católica y el Estado argentino, parece subyacer el odio indisimulado contra los valores cristianos, y contra quienes los testimonian, con el pretexto de cierta laicidad.

1.  El fariseo y el publicano.   

 
Jesús se presenta ante el pueblo como un agudo observador. Ve cómo se comportan sus conciudadanos, impulsados por la ambición y el desprecio de quienes no disponen del acceso a bienes con que esa sociedad -y la nuestra- galardona a unos, ensoberbecidos, y margina a los humildes. 
Esta parábola hace un retrato fiel de aquella y de esta actualidad. 
El fariseo se miente y pretende mentir a Dios en su repudiable oración pública. Se apoya en observancias legales, como si agotaran las verdaderas exigencias de los mandamientos de Dios. Se trampea e intenta trampear a Dios exhibiendo títulos que únicamente lo maquillan: "El fariseo, de pie, oraba así: "Dios mío, te doy gracias porque no soy como los demás hombres, que son ladrones, injustos y adúlteros; ni tampoco como ese publicano. Ayuno dos veces por semana y pago la décima parte de todas mis entradas" (Lucas 18, 11-12). 
La soberbia se opone a la virtud de la fe y, por lo mismo, cierra el paso a la gracia de la salvación. El fariseo de la parábola no baja de su ficticio pedestal y su oración pierde sustento ante Dios, más bien se desdibuja hasta perder su valor relacional. Se convierte en una autoacusación, una especie de gol en contra, que define la contienda en favor del adversario.
 
2. Trasciende una confesión religiosa.   
 
La Palabra de Dios es confrontativa, si se la lee inteligentemente. Su poco aprovechamiento -en gran número de sus lectores y oyentes- se manifiesta en el desmejoramiento de la moral pública y en el desfasaje creado por la corrupción, ideológica y económica, y su impúdica exhibición. Más aún cuando se comprueba que la mayoría de los hombres y mujeres no han tenido, ni tienen, el mínimo contacto con la Palabra de Dios. 
San Pablo nos dice que el Evangelio -la Palabra-: "…es el poder de Dios para la salvación de todos los que creen…" (Romanos 3, 16). 
Su importancia salta a la vista de inmediato. 
La ausencia, explícita o implícita, de toda manifestación de fe auténtica, está relacionada -en nuestra sociedad- con el deterioro producido por una infame erosión que enferma su cultura y vuelve delincuencial su comportamiento. 
Se advierte que el problema trasciende el contenido doctrinal de un Credo y afecta a todos los ciudadanos y a sus instituciones. Sorprende la actitud agresiva contra la Iglesia Católica, por parte de algunos actores sociales y sus colectivos, en defensa de la legalización del aborto o de la ideología de género. 
Muchos ciudadanos, no pertenecientes a la Iglesia Católica, defienden el respeto a las dos vidas con argumentos no confesionales, pero de una enorme solidez científica. 
Algunos piensan que la Iglesia tiene cierto poder de veto moral por culpa de su unión constitucional con el Estado. De allí la campaña "anaranjada" con el fin de hacer efectiva esa separación. 
Entonces, más que una razonable distinción entre la Iglesia Católica y el Estado argentino, parece subyacer el odio indisimulado contra los valores cristianos, y contra quienes los testimonian, con el pretexto de cierta laicidad opuesta a toda expresión religiosa y, en última instancia, a Dios mismo.
 
3. La soberbia de uno y la humildad de otro.   
 
El fariseo está allí, frente a Dios, de pie, con toda su autosuficiencia al descubierto, componiendo una oración mentirosa y ultrajante. El otro protagonista de la parábola, el publicano, es la antítesis del fariseo: humilde, oculto en el rincón más distante del templo, sin atreverse a levantar la mirada y, menos aún, a buscar, en su entorno, amigos que lo exculpen de sus pecados: "En cambio el publicano, manteniéndose a distancia, no se animaba siquiera a levantar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo: "¡Dios mío, ten piedad de mí, que soy un pecador!" (Lucas 18, 13). Es la actitud humana que más atrae la atención de Dios: "Pero en ése pondré mis ojos: en el humilde y en el abatido que se estremece ante mis palabras" (Isaías 66, 2).
El humilde publicano, convencido de su indignidad, es atendido con benevolencia por Dios y, en la perspectiva del Evangelio, atrae sobre sí la misericordia y el perdón. Mucho más aún, Dios se le acerca tanto que lo transforma, lo justifica. Es liberado de sus pecados, aunque hayan sido numerosos y graves, y vuelve a su casa sin ellos; con una novedad impensada en su corazón, causada por Dios que se ha conmovido ante su estremecimiento y humildad: "Les aseguro que este último volvió a su casa justificado, pero no el primero. Porque todo el que se ensalza será humillado y el que se humilla será ensalzado" (Lucas 18, 14).
 
4. El sendero estrecho que conduce a la Vida.   
 
La sentenciosa afirmación de Jesús es desechada por muchos hombres y mujeres de nuestro tiempo. 
De difícil digestión psicológica y cultural es la humildad, y el propósito de no aparecer o de no protagonizar constituyen, no obstante, el secreto de la vida virtuosa que el mundo necesita para renovarse. 
Es el sendero estrecho, señalado por Jesús, que conduce a la Vida. 
La resistencia a recorrerlo es el obstáculo constante y humanamente irremovible, a pesar de la impactante advertencia del Maestro divino: "Entren por la puerta estrecha, porque es ancha la puerta y espacioso el camino que lleva a la perdición, y son muchos los que van por allí. Pero es angosta la puerta y estrecho el camino que lleva a la Vida, y son pocos los que lo encuentran" (Mateo 7, 13-14).
Es imperioso que nuestra sociedad reciba esta oportuna advertencia. Está incluida en el Evangelio predicado por los Apóstoles y la Iglesia. Se la distorsiona cuando se la disimula, o aguachenta, en la predicación alicaída y en la ausencia del testimonio de santidad de quienes deben encarnarla. 
 
        * Homilía del domingo 
                   27 de octubre.

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