Por Germán Wiens

Intelectuales comprometidos

"Un intelectual que no comprende lo que pasa en su tiempo y en su país es una contradicción andante, y el que comprendiendo no actúa, tendrá un lugar en la antología del llanto, no en la historia viva de su tierra".

Rodolfo Walsh, en el Periódico CGT de los Argentinos N° 1, 1º de mayo de 1968.

Seguramente la idea surja por la falta de interacción del trabajo intelectual y el manual, y a que los intelectuales siempre fueron difíciles de encuadrar gremial, social y más aun políticamente, para ser específico: como integrante de una agrupación partidaria. El intelectual, y entiendo que está bien que así lo haga, suele fomentar el pensamiento crítico lo que lo lleva a chocar con la rigidez partidaria, tanto por dificultades serias para el acatamiento conductivo, como por sentirse monopolizadores del conocimiento. Así mismo les sucede a quienes basan su pensamiento en el conocimiento divergente.
Por otra parte, muchos intelectuales han sido cooptados por el poder hegemónico, así el pensamiento crítico, o en su caso el divergente, quedan atrapados por ese poder, perdiendo la capacidad de analizar la realidad separada de intereses y prejuicios, la capacidad de pensar de manera diferente.
El poder hegemónico referenciado, hoy el capitalismo neoliberal, intenta absorber todas las ramas del conocimiento, inventa el "fin de las ideologías", tratando de eliminar el compromiso del intelectual con lo político, más aún con el progreso e intentando alejarlo cada vez más de su propio pueblo.
Al mismo tiempo, desvirtúa a la intelectualidad, montando espectáculos mediáticos con "animadores" que juegan de "periodistas intelectuales", conocedores de realidades, cuando en verdad lo que intentan es "generar realidades", "atrofiar el pensamiento", "impedir la crítica y la divergencia", en definitiva, mantener el statu quo del pensamiento conservador. Perjudicando no sólo al intelectual sino también al verdadero periodista.
Pensadores unidos al campo popular, que acompañaron con su obra y accionar, el desarrollo tecnológico, la refundación de la salud pública, que legaron aportes teóricos muy importantes al universo de las ciencias sociales y humanas, pasan desapercibidos para la historiografía clásica, para la academia, para la educación y la cultura y así por lógica para la gran mayoría que desconoce su accionar y hasta su existencia. Sólo por mencionar algunos olvidados y pidiendo disculpas por las omisiones, vale recordar a Manuel Gálvez, Raúl Scalabrini Ortiz, Hernández Arregui, Leopoldo Marechal, Castiñeira de Dios, Jorge Abelardo Ramos, Manuel Ugarte, Arturo Jauretche. Otros abocados a la tarea tecnológica y a la gestión científica del desarrollo de la industria (ingeniero Juan Ignacio San Martín), siderúrgica (ingeniero Manuel Savio), la obra pública (ingeniero Juan Pistarini) o la energía atómica y la ciencia básica (José Balseiro). Eminentes docentes y funcionarios universitarios consolidaron importantes acciones en el terreno del derecho (Enrique Sampay), la economía (Ramón Cereijo) o en medicina (Ramón Carrillo).
También, es cierto, son muchos los intelectuales que piensan que deben carecer de compromiso, para evitar la politización que estaría reñida con la objetividad del análisis intelectual. No podemos caer hoy en la dicotomía entre objetividad y subjetividad, toda actividad está teñida de subjetividad. Esos están reservados para "la antología del llanto".
Pareciera, a la vista de los acontecimientos y de la observación de la cotidianeidad de nuestro país, que el intento de separar al intelectual, y por qué no decirlo al artista de las capas sociales populares y medias, está destinado al fracaso.
Así como la política se reestructura, la intelectualidad está haciendo lo propio, empujados por la visión de situaciones de tremenda precariedad y empobrecimiento del pueblo del que nutren su conocimiento y abonan su pensamiento. El nuevo tiempo debe hacer emerger nuevas generaciones de intelectuales comprometidos, dispuestos a jugar "políticamente", que no estén solamente para satisfacer el conocimiento y la vanidad de una clase "inteligente", que comprendan la realidad para poder superarla, no sólo por imperio de la necesidad acuciante de supervivencia de un pueblo, sino también por la intensa fuerza que generan las ideas.
Debe haber un ida y vuelta, el proceder se debe nutrir del pensamiento, y este requiere invariablemente del actuar. Así como existen cantidad de políticos con ideas, proyectos e inquietudes, debe haber al lado de ellos intelectuales con ideas políticas, para alimentar el pensamiento, para hacer realidad la promesa, para encender las ideologías, para avanzar al futuro sin interrupciones, para evitar los ciclos pendulares.
Ocuparse del tiempo presente, de la experiencia actual, de la contemporaneidad, genera mucho recelo y grandes oposiciones; esas críticas y objeciones que genera el poder hay que asumirlas como desafíos, como un reto para la construcción de los paradigmas interdisciplinarios, sin renunciar a la autonomía y la libertad propias del pensamiento pero que les permita saltar el cepo tradicionalista, conservador de la imposición y la censura.
La "inteligencia" establecida, pretende que el intelectual se ocupe de las utopías, mientras esté en ese lugar no molesta. Por el contrario, el compromiso debe estar dirigido a un modelo sin ingenuidades, donde la utopía sirva para la generación de esperanza, que otorgue instrumentos para construir presente y futuro, abordando realidades sin voluntarismos.
Hay que salir de la encerrona del discurso incomprensible, que no habla de nada o habla de mucho y no se entiende, de tal manera en uno y otro caso es inconsistente. Como hay público para todo, esa "inteligencia" tiene seguidores, muchos, que siguen sus parloteos y repiten sus conceptos como verdades. Retórica sin contenido. El producto de ese sistema para no pensar, produce una especie de amnesia colectiva, olvida el pasado y el futuro se hace impredecible.
Se debe precisar la misión del intelectual comprometido, identificarse con los sujetos históricos, comprenderlos, procurar la empatía y hasta la complicidad con ellos; descubrir y hasta inventar; explorar posibilidades para luego analizar e interpretar los procesos. Y su misión tal vez, debe ir un poco más allá, debería informar, denunciar, evidenciar, revelar o desenmascarar.
Es allí donde está el meollo de su responsabilidad.
Pareciera que se vislumbra una masa, en desarrollo, de intelectuales dispuestos a resistir, enhorabuena. Las herramientas políticas para su desarrollo están al alcance de la mano, apodérense de ellas, ante un gobierno que se va, puede haber un gobierno dispuesto a escuchar.
Hay un país, un pueblo que no tiene tiempo para esperar.
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