Por Álvaro de Lamadrid (*)

Por qué Cambiemos debería realizar internas

En los tiempos difíciles necesitamos programas. En los tiempos difíciles los gobiernos necesitan programas. El mundo nos muestra esta realidad. Las coaliciones parecen ser el ámbito natural de promoción de programas definidos para aumentar la eficiencia tendiente a perfeccionar las acciones gubernamentales.

Para la preparación de los programas y su identificación en las áreas de implementación estratégica de la actual coyuntura hay que promover el debate profundo de los temas, para que a través de un marco institucional se avance en la definición de esos programas.
Si dejamos de mirarnos el ombligo, abandonamos el parroquialismo y vemos lo que está pasando en el mundo (migraciones, conflictos interculturales, problemas de salud y nutrición infantil, agua potable y alimentos, problemas intrafamiliares, Brexit, Francia y sus chalecos amarillos, Italia, la crisis de identidad de Europa y el preocupante repliegue del humanismo). Todo ello nos muestra que los partidos políticos se enfrentan a estos problemas y a definir programas porque el mundo cambia.
El reciente debate acerca de la posibilidad de realizar, en el marco de la ley de las PASO, elecciones internas dentro de la coalición gobernante, de la cual forma parte la UCR, pone en evidencia nuestra dificultad para habituarnos a ver las discrepancias como algo normal, pero más allá de esto, patentiza la carencia o la ausencia de instancias formales o institucionales de debate interno para confrontar ideas y programas.
Esto origina, en definitiva, una marginación en la participación de los partidos políticos integrantes de la coalición en la toma de decisiones, que vulnera la tolerancia por las identidades y las autonomías relativas de estos, y las diferencias de ideas que se expresan, que siempre enriquecen y suman.
Es necesario evitar la toma de decisiones centralizada y automatizada. La coalición funcionó mejor como coalición parlamentaria donde sí hubo coordinación legislativa, pero no se rompió el caparazón que permitiera darle entrada a otra mirada y diagnósticos, fomentando la creatividad y las propuestas que desbloquearán la inercia y la búsqueda de la unidad obligada.
La dificultad para generar planteos de fondo en la coalición y debates sustanciales y profundos impidió generar el flujo de conciencia de lo que vivimos, de dónde veníamos y su tremenda complejidad.
Eso hizo que hubiera una gestión improvisada de la crisis, dejándose de lado el debate que permitiera elaborar diagnósticos certeros y necesarios, para impedir lo que fue una simplificación absoluta de la complejidad política, económica y social en que se hallaba el país en 2015, sus causas y sus consecuencias. Una cosa es ganar, otra es gobernar. Hay que tener presente siempre la perspectiva. Ganar la elección per se no es consolidar la coalición ni darles potencia a los partidos que la integran. Cambiemos no debe cerrarse sino que debe ampliar su mirada. Si no lo hace, podría repetir la lógica de la ex Presidente y su derrotero hasta constituirse en un archipiélago sin puentes.
Creo que se ayuda al Gobierno no solo con lealtad, sino también con propuestas, ideas, visiones y aportes diferentes y constructivos que permitan evitar o limitar la toma de decisiones equivocadas que conllevan a las posteriores rectificaciones apresuradas.
Cambiemos se constituyó para materializar la oportunidad de concretar un cambio en el sistema político argentino que aún está pendiente. Para ello es necesario no solo coraje, sino también grandeza que destierre oportunismos mezquinos que desprestigian la labor a desarrollar, pero también la posibilidad misma de realización de los propósitos fundantes de la coalición.
De tal modo, necesitamos más política de diseño y menos política de remiendo. Más entendimiento, diálogo y deliberación entre los partidos integrantes de la coalición y menos imposición. Más programas y configuración del futuro y menos mera defensa, administración e inmediatez. Más política económica vista con objetivo social y al servicio de un proyecto de sociedad, y menos evaluación económica como aplicación solo de un principio de gestión.
De todas estas cuestiones prioritarias discuten en el mundo las coaliciones, en un marco de deliberación institucionalizada que permite confrontar, en un espacio definido y con reglas, todos los criterios y los aspectos de la marcha de un gobierno. Todos estos procesos en una coalición facilitarían avances siempre y cuando tengamos los programas. Los programas son herramientas de trabajo para definir metas, cumpliendo la Constitución. Qué metas. Pues las que señala nuestra Constitución, que es nuestro programa mayor.
Se trata de politizar maduramente las diferencias e ideales en vez de neutralizarlos y privatizarlos. Esta predisposición republicana valora el enriquecimiento que supone deliberar, encontrar la colaboración y los acuerdos, incluso valora la resistencia de los otros a nuestra idea o visión a la hora de discutir las propuestas y su prevalencia.
Se impone organizar la coalición gobernante de otro modo que no sea neutralizando la diversidad de identidades y las visiones de sus partidos miembros. No hay coaliciones donde no se está dispuesto a aceptar la complejidad y tematizarla. No hay coalición real si no hay democracia interna. No hay democracia sin diferenciación.
La participación es luz. La luz la encontraremos avanzando en áreas y con programas que debemos formular con la ayuda de expertos, universidades y científicos.
Los peligrosos intentos de desdiferenciación no pueden ser un objetivo de la coalición. No solo porque esto no es real, asfixia y empobrece el debate fingidamente, bajo pretexto de unanimidades forzadas, sino porque fundamentalmente estas acciones llevarían a una regresión, un desencanto y una desilusión muy grande de la sociedad con este proyecto de cambio que todos queremos consolidar y mejorar en beneficio del país.
Cambiemos debe garantizar abrirnos camino a una nueva etapa que traiga república, futuro, progreso, desarrollo, honestidad, justicia, educación y libertad. El peligro de no estar a la altura sería abrir otras puertas. Las puertas que nos conducen al regreso de un oscuro pasado que nos asedia y nos quiere deglutir.

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